Número 20, febrero 2001
Este milenio
a mí no me engañan

Hasta hace poco más de un mes, podía uno mirar hacia otro lado; ahora, ya no. El hecho de ser un tipo del siglo pasado (condición que comparto con ustedes, supongo) tiene sus desventajas, las cuales no vienen al caso, pero también me (nos) otorga ciertos derechos, como el de no tragar más con las mismas chorradas. No estoy dispuesto a tolerar durante todo este milenio lo tolerado con mucha manga ancha en los últimos años del anterior: Falsos prestigios, nombres absurdos, artistillas infectos, intelectuales de media suela, obras maestras que huyen despavoridas al rumor de las cisternas... O empezamos ya a mandar el excremento de finales del milenio pasado al pasado, o lo llevaremos pegado a la suela del zapato lo que nos queda de este milenio, que no es poco. Este ejercicio sería interminable si no se le pusiera coto a las fobias. Es decir, no consiste en hacerse una lista de "tontos del haba", impostores, sobrevalorados y acicuércalos... Personalmente, no manejo la información necesaria para desjaezar jumentos como Umbral, Haro Tecglen y tanto y tanto pontífice del papel de envolver, ni a pintores pícaros, comunicadores estafadores, intelectuales de pacotilla y críticos tragaldabas. Otros con más datos y mejor prosa empiezan a intentarlo (Juan Goytisolo, El País del 10 de enero del corriente) y señalan y orean las imposturas y los impostores. Pongámosle una tapia a los gloriosos de este milenio e impidamos que la salte cualquiera: el prestigio para quien se lo merezca. Y, en fin, para no ser el último en hacerlo, ventilo aquí mis manías y hago públicas las cosas y cosos que este milenio no estoy dispuesto a soportar: El Guggenheim, hasta que no cuelguen dentro algún cuadro (hay más pintura en mi salón), porque ya está bien de alabarlo sólo por fuera.

El tertuliano melón, que todo lo sabe y todo lo comenta, medio filósofo,medio escritor, medio ideólogo, medio...cre.

Los famosos que, en vez de leerlos, escriben y venden libros como churros, porque es la prueba palpable de que los demás somos tontos... Los ridículos poetas cinematográficos, completamente hueros, chirles y hebenes, que se refugian detrás de películas "guggenheim", esplendorosas por fuera y vacías por dentro, en plan Álex... O lo contrario, que es peor, absurdas por fuera y pretenciosas por dentro, del tipo Medem.

Los cantautores poetastros, que le dan vueltas a la noria de lo obvio, que riman camión con subvención, que se tiran el pisto de progres y enrollaos y que dan la paliza a cualquier cosa que tenga orejas. Y..., en fin, no tengo por qué disimular, es mejor confesarlo ya: ¡Internet! el mayor de los camelos. Todo está en Internet. Cualquier duda, a Internet.

Si quiere verlo, oírlo, olerlo..., en Internet. Allá cada cual, pero no quisiera pasarme lo que queda de milenio colgado de ese dichoso relojillo de arena. Total, ¿para qué?, aún no he leído en Internet algo que haya producido él y digno de ser recordado, como una frase de Cunqueiro, un soneto de Garcilaso, un pellizco de Quevedo o un artículo pequeñito e infinito de Camba o Manolo Alcántara. Internet está lleno de plancton y bañistas... Parece el borde del mar.