Cuando salimos del cine y vemos a un personaje corriente que la historia le pone en comprometidas situaciones que supera como un auténtico héroe, un pequeño fuego se enciende en nuestro interior. El secreto deseo de poder mostrar que en el fondo de nosotros también existe una persona excepcional, la seguridad más absoluta de que nosotros habríamos actuado con la misma maestría. Sin embargo, no nos identificamos con el malo de la película. Cuando nos pone delante a una persona que lleva una vida alejada de lo que entendemos todos por correcta; un ser humano que vive de la prostitución o que evade su existencia a través de las drogas, con lo que semejante práctica deteriora a la persona; nadie, ninguno, pensamos que nos podría haber sucedido a nosotros. Que si las circunstancias de nuestra existencia hubieran sido diferentes, a lo mejor nos encontraríamos como ellos...o quizás peor.
Cuando le conocí en la planta de infecciosos de un gran hospital supe que se encontraba más muerto que vivo. El virus del SIDA iba deteriorando progresivamente su organismo y se encontraba en una situación terminal a pesar de sus 22 años. Sólo conocía su nombre y su mirada. El más grande de los mutismos cerraba su alma al exterior. Su nombre... da igual. Yo llevaba poco tiempo trabajando en el hospital y todo a mi alrededor era grande. Trataba con tenacidad que mi actitud fuera lo más profesional posible, pero la miseria, el dolor y la soledad no se contemplan en los libros de Medicina. Nuestros jefes nos dijeron que la muerte era parte de la profesión que habíamos elegido y que ésta se encontraba rondando la existencia de este muchacho. Todas las mañanas le explorábamos, le modificábamos el tratamiento, y sus ojos traslucían una distancia aterradora. Gracias a la ciencia de mis mayores, él iba ganando minutos a la parca. Tratamos de localizar a su familia sin resultado. Pero un día, una joven preguntó por nuestro paciente. Una chica normal, con la misma cara que él, pero sana. Sin embargo la mirada de sus grandes ojos negros delataba el sufrimiento. Él era su hermano y había perdido contacto con él desde que el abuelo de ambos, que les había criado murió. Ella rehizo su vida, se casó y tuvo un niño. Nuestro enigmático amigo no pudo superar la dolorosa situación de perder a su abuelo y comenzó a buscar la evasión en el mundo de la droga. Después vino todo lo demás, atracos, enfermedades, intentos de suicidio... Desapareció de casa de su hermana, a la que estaba torturando con su comportamiento. Nadie supo lo que sucedería en su vida durante aquellos dos años, quizás mejor no imaginarlo. La chica venía a verle con el alma hecha añicos, pero no podía hacerse cargo de él. Milagrosamente nuestro enfermo fue mejorando dentro de la gravedad de su enfermedad. Llegó el momento de darle el alta. Se trasladó a casa de Las Hermanas de la Madre Teresa de Calcuta. Cuando se fue casi no conocíamos su voz... Al mes aproximadamente reingresó por fiebre. Cuando nos vimos de sus ojos salió una mirada de complicidad, de picardía propia de su edad y me dijo "¿Cuánto tiempo me vais a tener aquí?" Traté de disimular mi asombro ante tanta vitalidad y le contesté que aún no lo sabía. "Vale, pero daos prisa que tengo mucho que hacer fuera". Le pregunté que dónde se encontraba que cómo vivía y me explico que en su casa, "bueno, en casa de las monjitas". Que estaba conviviendo con mucha gente y que estaba completamente feliz. Y que la prisa le venía porque en dos semanas tenían programado un viaje a Lourdes y era lo que más le apetecía en el mundo "Ir a dar gracias a la Virgen y a conocer otros lugares". Desde aquel día apunté en mi libreta de remedios médicos que la única curación es posible con amor dentro del alma del paciente.
Las Hermanas de la Caridad de la Madre Teresa de Calcuta, llevan ayudando a morir y cuidando enfermos terminales en Madrid desde hace veinte años. Cuando la Madre Teresa visitó Madrid pidió unos terrenos al ayuntamiento de la Villa que rápidamente fueron cedidos. Ellas dan un amor universal a todo aquel que lo necesita, fundamentalmente en el trance de la vida a la muerte.