Número 20, febrero 2001

RÉQUIEM Y OTROS ESCRITOS

Anna Ajmátova
Editorial Galaxia Gutemberg-Círculo de lectores

DESCARNADA Y ESREMECEDORA se hace la posibilidad de imaginarnos cómo podía sobrevivir un escritor, escultor, artista en ciernes o principiante de pincel y medio (que careciera del menor apego por los burdos trazos artísticos del régimen), en la oscura Rusia comunista. Cuando machacaron a la Ajmátova (1889-1966), y junto con ella a su familia, las letras rusas se resintieron duramente. Pero los cánones eran los cánones, Lenin no entendía una literatura que no se plegara a los dictados del "director de los dictados" y así, a fuerza de dictados, se movía el régimen totalitario, sin dar respiro a los que buscaban oxígeno en otros pastos. A pesar de la persecución y de que la totalidad de sus obras formó parte del índice de los apestados (1924), Anna Ajmátova no se marchó de su tierra, su formación y crianza habían bebido de su Moscú natal y a sus gentes debía consagrarse. "Junto a mi pueblo permanecí estos años, donde la gente padeció su desdicha". Y en las páginas de Réquiem, va soltando con cuentagotas las miserias de su entorno y el dolor desencajado de los rostros, "esto sucedió en tiempos en que sólo los muertos sonreían". A pesar del ultraje de una vida preparada para la desdicha, la escritora rusa no abandonó nunca la esperanza, la esperanza en la posibilidad del hombre de construir la bondad y la belleza, y la esperanza en un Dios que se encuentra al filo de lo cotidiano, doliente. "Te llevaron al amanecer, fui tras de ti como quien despide un cadáver. Lloraban los niños en la estancia oscura y humeaba la vela bajo el icono". Cuando Stalin cumple 70 años, Anna escribe el "ciclo dedicado a Stalin", unos versos en honor al tirano. ¿Por qué? Por su hijo, para que la bota del tirano no le pisara la frente una vez que lo detuvieron en el 49 y lo internaran en un campo de trabajo correccional. "Hace diecisiete años que grito llamándote a casa. Me he arrojado a los pies del verdugo, por ti, hijo mío, horror mío. Todo ha perdido sus contornos, y ya soy incapaz de distinguir a la fiera del hombre, al hombre de la fiera, ni sé cuántos días faltan para la ejecución".

Lo primero para leer a esta espléndida escritora, estómago, y lo segundo, no perder esa intensidad narrativa que no ceja y se cuela…


La vida de sir tomás moro

William Roper
Edicitorial Eunsa

20 AÑOS DESPUES DE LA MUERTE de Tomás Moro, su yerno se decide por escribir una biografía memorable del suegro ejemplar. Hay especialistas que consideran que esta obra es "la primera narrativa prolongada de la vida de un individuo en lengua inglesa" (Nicholson). Una biografía del hombre que, como decía su amigo Erasmo de Rotterdam, "tiene sus horas en las que dice a Dios sus oraciones, y no por mero hábito sino como salidas desde dentro". Y una obra novedosísima, porque las historias de los hombres ilustres y de los santos medievales estaban trufadas de exageraciones, como el mismo Moro apuntaba, "apenas hay una vida de un mártir o una vida de una virgen que hayan dejado pasar sin insertar diversas falsedades. Se hace con intención piadosa pero, de este modo, corremos el peligro de que la verdad no se pudiera mantener en pie". La verdad. Esa fue la palabra que había capturado a lazo su vida, la verdad y la fidelidad a la propia conciencia. A pesar de su intimidad con Enrique VIII (Roper relata sus frecuentes paseos por los jardines de la casa de Moro con sus brazos sobre los hombros), el que había llegado a ser Lord Canciller de la corte se niega a suscribir el juramento de Supremacía por el que el rey se convertía en jefe de la Iglesia inglesa. Y lo hace por el principio de universalidad de la Iglesia Católica. Nadie le pudo disuadir de este principio aunque se encontraba en franca desventaja, matemáticamente solo frente a todos los obispos, profesores de universidad y frente a los más doctos del reino. Le cortaron la cabeza, tenía que suceder.