Número 20, febrero 2001

La nueva tristeza de Saramago

Saramago nos ha arrojado otra frase triste, La caverna, obra de la que alguno ha tenido el valor (el arrojo siempre es bienvenido) de criticar por su falta de talento. Juan Manuel de Prada va más allá y dice que Saramago no es buen escritor, ¡el premio Nobel, el intelectual... sometido a descrédito! ¿Qué le pasa al escritor portugués que no levanta cabeza?, ¿por qué nos cuenta que el hombre es una pasión inútil y que es una desgracia el estar vivos? "El alfarero paró la furgoneta, bajó los cristales de un lado y de otro, y esperó que alguien viniese a robarle". ¿Es esa la imagen del hombre que necesitamos para este milenio recién inaugurado? "Ni la juventud sabe lo que quiere, ni la vejez puede lo que sabe". ¿Es que a nuestros sesudos intelectuales les flojean las pilas de las linternas con las que pretenden orientarnos por los valles de lo cotidiano?

Es inevitable que salga a disipar el frente frío portugués los brazos de luz del escritor Claudio Magris. Un hombre de letras italiano, no tan reconocido como el mago luso, pero cargado de ilusionantes proyectos para hacer del hombre una vocación posible. "Tal vez sea eso el pecado original - dice en su obra Microcosmos - ser incapaces de amar y de ser felices, de vivir a fondo el tiempo, el instante sin la manía de quemarlo, de hacer que acabe pronto. Matar el tiempo es un forma educada de suicidio". Y mientras Saramago huye de los centros comerciales, símbolos de la modernidad, del palpable presente, Magris se vuelve al corazón de la urbe, a la Medusa de la época para, incluso, poder encontrarse en ella con lo sagrado. "Lo sagrado, si existe, hay que ir a buscarlo mirándole a la cara a la Medusa de la época, que es terrible pero también salvífica; en el meollo de la secularización más violenta, de las fuerzas que transforman el mundo".