Número 20, febrero 2001

Enrique Jardiel Poncela
el hombre sin generación

Cuando los americanos hablan de tipos como Hemingway o Scott Fitzgerald, se refieren a ellos llamándolos: la generación perdida. Aún así, la huella que aquellos escritores, que arrastran su leyenda, más que su obra, nos ha quedado en Europa como parte de nuestra propia historia.

El hotel Gran Vía recuerda cómo un joven Hemingway enviaba desde allí sus crónicas sobre nuestra Guerra Civil. En Pamplona, el Café Iruña exhibe con orgullo la mesa desde donde exportó los San Fermines. Locales como la brasserie Lipp o Les Deux Magots fueron testigos de que París era una fiesta, en esa mezcla de olor a café, alcohol y tinta que desprenden sus relatos. El Harry´s Bar de Venecia presume de su cocktail Bellini, que acompañó durante tanto tiempo al americano, y sirvió para brindar cuando le concedieron el Nobel. Y así podríamos seguir el rastro de aquella generación perdida, que no lo es tanto, sino más bien todo lo contrario.

Aquí también tenemos nuestra generación perdida, pero está tan perdida que no tiene ni nombre. Es una especie de conjura que comienza desde los libros de texto y recorre los medios como un fantasma que todo lo ocupa.

Lorca, Albertí... son ya iconos intocables de nuestra cultura, símbolos del genio español que sospechosamente provocan una reacción de admiración unánime. Genios, sin duda, que tenían su cátedra en la Cervecería de Correos en la calle de Alcalá, a unos metros del clásico Café Lyon, ahora convertido en pub irlandés - olé por nosotros — donde los del 98, con Valle a la cabeza, ejercían de viejos sabios llenos de cicatrices y mirada triste por unos tiempos que corrían demasiado deprisa.

A pocos metros de esta concentración de talentos, pero demasiado lejos como para ser olvidados por nuestra débil memoria, un tipo delgado, con ojos grandes y burlones, seriedad sostenida y traje gris a rayas, pedía un café con leche en el Gijón, mientras extendía sobre la mesa, como en un ritual, cuartillas, pluma y pegamento.

-Aquí tiene Don Enrique. Su café.
-¿Caliente? Hace un frío que pela.
-Como siempre. Han preguntado por usted.
-¿Era guapa?
-Un periodista del ABC.
-Lástima

Jardiel Poncela es el maestro de aquel grupo de escritores como Miguel Mihura o Tono, que formaron la sonrisa del 27.

Si algo puede definir su estilo, es la generosidad. Cada línea, es un regalo lleno de imaginación y talento. Ninguno de sus contemporáneos podía presumir de tener tanto éxito con el público. Nadie subió tan alto para caer tan rápido. Se sentía orgulloso de tener un Ford, sin otro ingreso que el de la literatura. Todo un logro en un país como éste, que le colocaba a la altura de los autores europeos.

Sus líneas están llenas de ternura, ironía y humor. Se dejó robar la patente del teatro de lo absurdo por Ionesco y La cantante calva, mientras Noel Coward copiaba sin ningún pudor, casi literalmente, su Marido de ida y vuelta para titularlo Un espíritu burlón y colgar el cartel de NO HAY BILLETES en medio mundo. A Jardiel le sobraba imaginación, su pluma producía más rápido de lo que los demás podían copiar.

Durante una temporada, cambió el Café Infantas por algún Snack-bar de Hollywood y escribió guiones para el cine americano. Groucho Marx le admiraba hasta tal punto que confesó estar en deuda con su humor. - Y aquí ni caso, así es la vida-.

Cortes de luz por falta de pago, dificultades para comprar en el mercado, deudas que en no pocas ocasiones canceló su amigo Fernando Fernán Gómez, papeletas del "Monte", que se pasaban de fecha en algún cajón de su ático en Infantas 40, donde Jardiel repetía —Lo importante es que hablen de ti, ¡Aunque sea bien!- al leer las criticas de chupatintas sin talento, que atacaban con saña todo lo que él firmaba.

El régimen de Franco prohibió La tournée de Dios, su cuarta novela, corroborando la prohibición que ya había hecho la República.- Original hasta para eso, ya ves tú -.

-?En el teatro el público juzga con los pies lo que se ha escrito con las manos y la cabeza- decía. No era un improvisador, sabía muy bien lo que hacía.- El talento es trabajo -.

Su pasión por el teatro era tan grande, que uno de sus últimos proyectos fue la creación de un espacio escénico en Madrid, en el que cualquier obra pudiera ser representada. Su modelo de escenario se adelantó en medio siglo, como ya lo hicieron sus textos. Para ello, quiso que el Ayuntamiento reformara el Teatro Español, donde jamás pudo estrenar, sobre unos planos que él mismo había diseñado, en la línea de los que hoy sólo pueden verse en Londres y Nueva York. Su proyecto fue publicado por prestigiosas revistas de arquitectura, pero en las instituciones oficiales nadie le tomó en serio. Éste, tan sólo fue un golpe más que Jardiel asumió, resignado desde hace tiempo, a dejarse morir.

Todo esto me viene a la memoria en el entreacto de una función en el Teatro Español, mientras me fumo un cigarrillo en el bar, y veo una nueva placa que conmemora las más de 600 representaciones ininterrumpidas durante dos años de Los habitantes de la casa deshabitada de Don Enrique Jardiel Polcela, un éxito sin precedentes en el Teatro Municipal. Tarde... demasiado tarde, como casi siempre.

Poncela falleció en su casa de Madrid el 18 de febrero de 1952. Cuatro novelas, más de treinta comedias, varios guiones cinematográficos, centenares de artículos y relatos cortos, arruinado y casi sin amigos, no tuvo, ni tiene, una GENERACIÓN en la que apoyarse, aún así, a mí me ha enseñado como ningún otro de los autores de su tiempo. Gracias.- Lo siento, qué puedo decir -.

En cualquier caso, cuando un redactor que escribe sobre historia de Madrid, habla acerca de Jardiel, me acuerdo de una de sus frases: Cuando un pobre come merluza, es que uno de los dos está muy mal.