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Considerando todas las vicisitudes de la humanidad, uno se queda asombrado frente a las manifestaciones complejas y varias de las culturas humanas. Cada una de ellas se diferencia de las otras por su itinerario histórico y por una serie de rasgos muy suyos, personalísimos. Cada cultura se caracteriza por elementos estables. En la mayor parte de los casos, las culturas se desarrollan sobre territorios concretos (aunque no siempre, como le pasa a los kurdos, que son unos pobres parias sin techo que vagabundean por el mundo sin referencias de terruño familiar). Sin un enraizamiento en un humus cultural definido, la persona corre el riesgo de verse expuesta, en edad aún temprana, a un exceso de estímulos que le pu Por otra parte, también hay que tomar conciencia de que cada cultura implica necesariamente unos límites. Para que el sentido de pertenencia cultural no se transforme en cerrazón (lo mejor es lo mío y no te cuelas en mi territorio ni jarto vino), un antídoto eficaz es el conocimiento sereno de las otras culturas ya que, en un análisis atento y riguroso, frecuentemente las culturas muestran elementos comunes significativos. Hay muchas cosas que no cambian. Las diferencias culturales han de ser comprendidas desde la perspectiva fundamental de la unidad del género humano. En realidad, sólo la visión de conjunto tanto de los elementos de unidad como de las diferencias hace posible la comprensión y la interpretación de la verdad plena de toda cultura humana. La autenticidad de cada cultura humana, el valor de su verdad, la solidez de su orientación moral, se puede medir por su razón de ser a favor del hombre y en la promoción de su dignidad. Por ejemplo, hay culturas que han llegado a lesionar gravemente la dignidad humana, es el caso de la cultura azteca que se quitaba de encima a los infantes con una soltura de atleta. Cientos de miles de niños murieron en las amplias terrazas de los zigurats para calmar las iras de los dioses. Si tan preocupante es la radicalización de las identidades culturales, no es menos preocupante el ver cómo en nuestra cultura occidental la realidad se acerca a un individualismo radical y a una concepción secularizada de la vida, un modelo cultural con un progresivo empobrecimiento humanístico, espiritual y moral. El Papa Juan Pablo II ha llegado a decir, "una cultura que rechaza referirse a Dios pierde la propia alma". El alma humana necesita verdad y libertad de expresión. La necesidad de verdad exige que todos tengan acceso a la cultura del espíritu, y exige que no se ejerza en el dominio del pensamiento ninguna presión material o moral que proceda de una preocupación por la verdad. El diálogo entre las culturas surge como una experiencia intrínseca de la naturaleza misma del hombre y de la cultura, no es una especie de operación espuria que hay que hacer para llevarnos bien. El concepto de comunión entre culturas no supone anularse en la uniformidad o caer en una forzada homologación o asimilación; es más bien expresión de la convergencia de una multiforme variedad, y por ello se convierte en un signo de riqueza y una promesa de desarrollo. El estilo y la cultura del diálogo son particularmente significativos respecto a la problemática de la inmigración. Está claro que no hay fórmulas mágicas, pero cualquier medida legislativa en materia de inmigración tiene que considerar el respeto a la dignidad de toda persona humana. La Iglesia Católica siempre ha sido rotunda en este aspecto, la inmigración es un derecho del que solicita alojo y un deber del receptor. Necesitamos por tanto, una cultura de la acogida que sepa conjugar las razones a favor de la identidad y el diálogo. Es necesario, por tanto, un cierto equilibrio cultural, siempre abierto a las minorías y a sus derechos fundamentales, que permita, al tiempo, la permanencia de los que llegan y el desarrollo de una determinada fisonomía cultural, del patrimonio fundamental de lengua, tradiciones y valores propios, del receptor. Ya vemos, hay valores comunes a todas las culturas, porque están arraigados a la naturaleza de la persona. Hace falta cultivar la conciencia de estos valores, dejando de lado prejuicios ideológicos y egoísmos partidarios, para alimentar ese humus cultural, universal por naturaleza, que hace posible el desarrollo fecundo de un diálogo constructivo. |
- El valor de SOLIDARIDAD Una auténtica cultura de la solidaridad ha de tener como principal objetivo, la promoción de la justicia, cambiando si hiciera falta los estilos de vida, los modelos de producción y de consumo, las estructuras consolidadas de poder que rigen hoy la sociedad. - El valor de la PAZ A pesar del preocupante aumento de los armamentos, y de que no acaba de consolidarse el compromiso por la no proliferación de las armas nucleares. Todavía no vivimos en un mundo de paz y sufrimos aún las consecuencias de guerras pasadas (como las minas antipersonas) y la presencia de armas químicas y biológicas... - El valor de la VIDA Evitando a toda costa homicidios, suicidios, abortos, eutanasia, mutilaciones, torturas físicas y psicológicas, formas de coacción injusta, encarcelamiento arbitrario, recurso absolutamente innecesario a la pena de muerte, deportaciones, esclavitud, prostitución, compra-venta de mujeres y niños. A esta relación se han de añadir prácticas irresponsables de ingeniería genética, como la clonación y la utilización de embriones para la investigación. - El valor de la EDUCACIÓN. La educación puede contribuir a la consolidación del humanismo integral, abierto a la dimensión ética y religiosa, que atribuye la debida importancia al conocimiento y a la estima de las culturas y de los valores espirituales de las diversas civilizaciones. |