Número 24, junio 2001





(A propósito de la huelga de hambre). " Cuando una reclamación no es legítima, o se convierte en prepotente, ¿es justo ceder sólo porque el que la efectúa simula arriesgar la vida o se mata si no es escuchado? Una vida humana vale más que cualquier otra cosa, pero utilizar - poco importa si con astucia calculada o con exaltada buena fe - la sacralidad de la vida como un arma política o sentimental puede convertirse en un chantaje violento. ¿Es admisible, por ejemplo, amenazar con suicidarse porque a uno le ha abandonado su pareja? ¿Cómo deberíamos comportarnos si alguien se pusiese en huelga de hambre hasta la muerte para invocar el restablecimiento de las leyes racistas? ¿No sería impensable restablecerlas, aunque sólo fuera por el humanísimo deseo de no dejar morir a esa persona?"

Claudio Magris
El Mundo, 19 de mayo de 2001