Número 24, junio 2001

La flor cortada




Existen algunos principios elementales de acción de la Naturaleza que resultan tan extendidos, sencillos y lógicos que los entiende hasta un perfecto ignorante en esas cuestiones, como es mi caso. Uno de esos principios es el que establece que una flor cortada de sus raíces por muy hermosa que pueda resultar está condenada a marchitarse y a morir en un plazo relativamente corto de tiempo. Guste o no, sin recibir la savia nutricia que las raíces han obtenido de la tierra, la flor está irremisiblemente perdida. En buena medida creo que el lamentable destino de esa flor está pendiendo desde hace décadas sobre la sociedad en la que vivimos. Si bien se mira las declaraciones de derechos humanos, las tablas de derechos de las constituciones occidentales, las proclamas contra el racismo y tantos y tantos documentos donde el ser humano intenta distanciarse de las fieras reflejan una serie de valores que serían incomprensibles sin una referencia al cristianismo. Ni siquiera se puede apelar a la cultura clásica como su origen por la sencilla razón de que esa cultura, admirable por tantas razones, profesaba pasión por los juegos en los que se derramaba sangre humana, consideraba más que justificado el abandono de criaturas recién nacidas y defendía la esclavitud como una institución indispensable para la estabilidad social. Lo sepan o no, los que vocean consignas en pro de la justicia, de la defensa de los pobres y desvalidos y de la tolerancia; los que se manifiestan en contra del racismo y de la explotación, no están sino haciéndose eco de principios de origen cristiano. El problema es que, al fin y a la postre, manifestaciones, proclamas, programas sociales, declaraciones y textos legales no pasan de ser una flor hermosa cuyas raíces se han cortado voluntariamente y que, por lo tanto, está irremisiblemente condenada a morir. Uno de los grandes dramas que aquejan a nuestra sociedad occidental es que ha recibido un magnífico legado, el del cristianismo, y que ha decidido sustituirlo por la más que dudosa afirmación de que no existen absolutos morales. Bueno, no existen absolutos morales salvo el de aquellos que pretenden que no existen y que, por lo tanto, imponen la asfixiante dictadura de lo políticamente correcto. El resultado final es un relativismo cuyas siniestras consecuencias no se perciben del todo porque aún se encuentran opacadas, siquiera en parte, por el aroma, el color y la textura de los valores de origen cristiano. Sin embargo, una flor sin raíces no puede persistir. O nuevamente nuestra sociedad occidental se injerta en la corriente que la ha convertido en lo que es o está condenada a perecer en medio de una ciénaga que proclama que la visión relativa está por encima de cualquier consideración ética. Si esta segunda opción emerge triunfante lo que nos esperará será una sociedad neo-pagana en la que se dispondrá despreocupadamente de la vida de los no-nacidos, de los niños y de los ancianos; en la que se instaurarán formas de esclavitud encubierta y en la que la familia se verá sometida a ataques aún más contundentes que aquellos que ha venido sufriendo en las últimas décadas. Aunque puede que ya hayamos visto sus primeros huertecillos en la Holanda de los tulipanes, esa sociedad no va a ser precisamente un jardín de rosas.

César Vidal