Número 24, junio 2001

Torrentemanía



S
i algo hay claro en la película es que Santiago Segura sabe venderse como nadie en este país, ha convertido a Torrente en un personaje que inevitablemente está en boca de todos, no importa si te encuentras en la barra de una taberna de barrio o en las oficinas de dirección de una gran multinacional. Es un fenómeno que ocurre muy raras veces dentro del cine español, ha creado un icono que es imitado y seguido por multitud de fans. El aspecto, las frases, la voz... son inconfundibles, y no es que eso sea malo, ni mucho menos, simplemente es un reflejo de la propia película. Es posible que exista un Torrente oculto en cada uno de los seguidores de este personaje y aflora sin pudor al verse reflejado en la pantalla. Segura es un director mediocre, sin apenas recursos cinematográficos, simplemente correcto en la realización, pero que sabe moverse mejor fuera que dentro de la pantalla, que ha querido reírse de lo más cutre de la sociedad y al final resulta que tiene razón, lo cutre atrae y eso no está precisamente dentro de su película sino en todo lo que la rodea, desde la hábil campaña publicitaria hasta las parodias de Crónicas Marcianas, que se sube a cualquier tren para mantener sus índices de audiencia (y lo triste es que parece que da resultado). Es una pelota que parece imparable, que carece de sentido, que sin embargo existe y cada vez camina con más fuerza.

La taquilla es injusta, cientos de directores, actores, guionistas y profesionales del cine jamás recaudarán a lo largo de toda su carrera lo que Segura con cualquiera de sus Torrentes, y eso es triste... sobre todo para un público que se perderá buenas películas, que solamente visitarán un cine cuando la saga continúe... y mientras, saciarán su deseo de imágenes y sonidos pegados al Gran Hermano.

Sería estúpido ser productor y no apostar por un caballo que seguro resultará ganador, y eso me da miedo, la facilidad con la que nuestra ya de por sí raquítica industria se puede venir abajo por falta de beneficios multimillonarios. El dinero manda, es cierto, pero también los medios de comunicación, que deberían no dejarse secuestrar por una página de publicidad, unas cuantas cuñas al día o un spot a la hora del PRIME TIME.

Torrente puede ser sin duda un buen divertimento, pero la balanza siempre ha de ir compensada. El cine es mucho más, y necesita de un apoyo que muchas veces se le niega a favor de las modas, los beneficios y las audiencias.

Es la eterna pregunta. ¿El profesional produce lo que el público demanda o el público consume lo que el profesional produce?