Número 24, junio 2001

El Festival de Cannes
ya no es lo que era






De vuelta de un festival de cine, y más si es el complicado e influyente de Cannes, uno de los mejores de la Costa Azul francesa, por no decir el mejor, cualquier crítico petulante tiene motivos para sentirse como el portador de la llave que abre los secretos del cine que se llevará ese año. Tela. A poco perspicaz que se sea, después de tragarse las dos semanas del celuloide elegido por la selecta organización de Cannes, uno ya puede vislumbrar con claridad cuáles películas serán las que no se van a estrenar en un montón de meses. Y la que no suele fallar es la ganadora de la Palma de Oro: ésa no se ve hasta que el público se haya olvidado por completo de que ganó un gran premio en un Festival.

La razón es obvia: todo el mundo sabe que en los festivales se ven películas que no acaban hasta que se va el último de la sala, que son analizadas por un montón de gente verdosa y que silba cuando pasa por la taquilla de los cines..., unas películas que son premiadas por unos fulanos como reunidos para un anuncio de Unicef, un chino, un americano, un lapón... Por eso, uno no acaba de creerse que haya ganado la recién terminada edición de Cannes la de Nanni Moretti, "La habitación del hijo", que no solamente se estrenará, sino que, además, el público irá a verla y se lo pasará igual de bien que si fuera un crítico. De todo lo cual se pueden extraer, si uno tiene tiempo y nada mejor que hacer, varias conclusiones: La primera, y más facilona, es que el Festival de Cannes ya no es lo que era: en vez de darle este año el premio a la película insoportable de Godard, al superfrancés Jacques Rivette, al centenario Manoel de Oliveira o a algún chino, han elegido una película italiana, de llorar mucho y dirigida por el insolente Nanni Moretti, uno de los tíos más antipáticos en cien kilómetros a la redonda del Coliseo. La segunda, y más rebuscadilla, es que quienes no son lo que eran son los franceses: hacen un festival para no ganarlo casi nunca. O sea, como si hubieran ajustado su tradicional chauvinismo a los baremos de la unión europea. Unos tenemos que talar olivos y otros tienen que recortar chauvinismo. Y la tercera, y que ya no hay por donde cogerla, es que todo esto pasa porque se ha perdido completamente el respeto: al cine americano, a los grandes estudios y sus estrellas, a la divina trinidad de la modernez (Godard, Hou Hsiao Hsien y David Lynch), y al santoral en pleno.

Pues, como siga el festival por ese camino, el año menos pensado lo mismo le dan el premio a una película española. A Torrente 3, la recaída, por ejemplo.


Oti Rodríguez Marchante