Número 24, junio 2001





Michel Tournier
El espejo de las ideas

Editorial El acantilado

No se le puede reprochar a Tournier el que su obra no sea atractiva. Más bien habría que catalogarla como brillante y extraordinariamente ocurrente. El espejo de las ideas es un juego de emparejamientos de conceptos. Muchos de ellos son hermanos de leche: (el gato y el perro, la salud y la enfermedad, la prosa y la poesía, Pierrot y Arlequín, Apolo y Dionisio), pero otros son menos próximos (la irrisión y la celebración, cronología y meteorología, el medio y la herencia). De todas formas, se muestra marcadamente relativista en los grandes conceptos, y esto desmerece parte del valor de la obra. Por ejemplo, considera que la auténtica cultura siempre desemboca en escepticismo, o que la tranquilidad moral del creyente le lleva en gran medida a la sordera y ceguera hacia los demás. En el trasfondo de los juegos de Tournier hay una visión muy individualista de la naturaleza humana, configurada por mónadas desestructuradas. El ser humano es capaz de crear culturas diferentes pero sin conexiones, y puede ser moralmente irreprochable pero en virtud, incluso, de la ausencia del otro.


Lorenzo Silva
El nombre de los nuestros

Editorial Destino

No sé de dónde saca tiempo Lorenzo Silva, pero es prolífico como pocos. Además, oírle es siempre una delicia porque es una narrador oral consumado. Con El nombre de los nuestros nos lega un homenaje a la decepción que supuso la intervención colonial española en el Marruecos del primer tercio del siglo XX. En la historia hay un puñado de protagonistas sin protagonismo que deambulan como almas sin corteza por un mundo desconocido que les ocasiona mutaciones afectivas y morales (al igual que ocurriera con las voces principales de El cielo protector, la magistral novela de Paul Bowles). La novela no es espesa en descripciones, ya que el hilo conductor se mantiene gracias a unas conversaciones rudas y poderosas. Quizá El nombre de los nuestros peque por los excesivos énfasis en mostrarnos un panorama desolador: "No te lo cargues sobre la conciencia. Déjaselo a los moros", "para lo que me queda de conciencia". Pero en el fondo, las páginas de Silva son un sentido recuerdo de aquellos a quienes siempre olvidamos, ya que "los nuestros" son los infelices, los que siempre salen mal parados.





Javier Reverte
Dios, el diablo y la aventura

Editorial Plaza y Janés

Uno piensa que los calores de la aventura le sobrevienen al ser humano cuando la sangre aún es joven. Javier Reverte se acerca ya a los 60 años y tiene las emociones de los más jóvenes cuando emprende un viaje a Centroamérica o navega por las aguas del Lago Tana. Un día se enamoró de la historia de un misionero que convirtió a la fe católica a dos emperadores etíopes, descubrió las fuentes del Nilo Azul y se convirtió en el primer europeo que habló del café, y se dedicó a transcribirla. Resulta que el misionero era de Madrid, vamos, de un pueblecito denominado Olmeda de las Cebollas, que en la actualidad lleva por nombre Olmeda de las Fuentes. La obra se lee con atención y creciente interés. Las referencias históricas no son nada sumarias. En el libro hay comparaciones esperpénticas (a San Ignacio de Loyola con Lenin y a Los ejercicios espirituales con ¿Qué hacer?) Y además hay un interés en hacer del misionero un puro aventurero, aunque el personaje es tan atractivo que se escapa a cualquier prejuicio.

Agustín Guzmán del Buey