Número 24, junio 2001

María Zambrano
un pensamiento necesario






Echarle el guante a la Zambrano es pegar un parón en la vida, un frenazo en seco para aprender a usar la razón con propiedad. La filósofa malagueña se exasperaba cuando percibía un uso inmanentista de la razón (sólo enmarcada en lo físico-matemático) que desde Galileo a Descartes había orientado el pensamiento científico europeo. La razón propuesta por María Zambrano es la poética, una razón que llega más allá de sí misma, razón personal, de un alguien a otro alguien, razón de vida, razón abierta a la trascendencia.

María Zambrano nos legó un principio que no podemos olvidar: hay que saber definir adecuadamente a la razón para no caer en un "imperialismo racionalista", tipo Hegel. Ese racionalismo salvaje impide al hombre vivir íntegramente una experiencia total de vida. Habría que adoptar, según sus palabras, una "actitud más religiosa" para acercar la vida a la razón.

Por eso, a la filósofa le ponía de los nervios su querido maestro, Ortega y Gasset, partidario de un vitalismo que pone toda su confianza en esa razón que es pura "voluptuosidad intelectual". En Ortega lo esencial es la razón y la acción, así es como el hombre se "futuriza". Al tiempo, a la Zambrano le exasperaba la postura de Freud y lo acusa de cínico al construir una teoría que deshace la trascendencia y deja la vida humana reducida en un puro devenir sin cometido ni misión. Para ella, el horizonte donde el hombre puede descubrirse verdaderamente ser humano no está en esta "razón racionalista" sino en los momentos críticos, en esos estados que denominamos "crisis". María Zambrano los denomina momentos de revelación. Cuando creemos que nada tiene sentido, cuando parece no saberse nada de nada, cuando la muerte de un próximo parece arrojarnos fuera de este mundo y nos impermeabiliza frente a lo cotidiano, es en ese momento de "desnudez" cuando se descubre qué es la vida humana. Si el hombre encuentra valor para mirar despacio esa desnudez, la crisis puede transformarse en camino esperanzador que conduce al verdadero conocimiento, pues toda situación límite o estado vital de crisis ofrece al hombre la posibilidad de apurarla hasta sus últimas consecuencias. Lo que está en crisis no son las creencias, como lo había afirmado Ortega, sino el fundamento último de esas creencias, el sustrato primero de nuestro ser: la confianza en que la sed de trascender que siente el hombre cuente con un soporte auténtico, hasta un fundamento radical, hasta la realidad de lo sagrado. Por eso, la nada en Zambrano no es la nada de Heidegger y Sartre, una especie de losa, bota de hierro, grito al oído, sino una experiencia límite que abre un portillo esperanzador a la dimensión de lo sagrado, enmascarada y reprimida por una razón tiránica y fascistoide, acompañada de una idea de progreso típica de una concepción racionalista de la historia. Y es que para Zambrano el conocimiento que el hombre tiene de sí mismo "proviene de aquello que siente que le falta". Ejemplo, cuando nos encontramos en un estado de aparente plenitud (vida sentimental resuelta, puesta de sol al frente, coca-cola fresquita, lo último de REM que despega suave desde la minicadena) experimentamos, a pesar del presunto equilibrio, una insatisfacción, una carencia, una sensación que, para ser consecuentes con ella, deberíamos exprimir con rigor. Y aquí es donde la filósofa malagueña entra con su célebre teoría de la "razón poética", el arma para indagar en vertical (como Ed Harris en Abyss) hacia las profundidades abisales del ser. La poesía es la que puede despertar el alma dormida, propiciar un respingo vital. Una poesía, una razón integral y creadora, una expresión filosófico-poética que hable del misterio del hombre. Así lo explica ella en "Por qué se escribe": "La escritura se define como una defensa de la soledad, como lugar de la revelación y de silencio, donde el ser humano siente la sed de verdad". Por eso, ella diferenciará al "escritor" del "autor". El escritor es el que utiliza palabras que no salvan al individuo de su aislamiento, y el verdadero autor es aquel que concede la palabra que sirve al lector para escarbar en la verdad. El conocimiento poético, la razón poética, ha de abrir, según ella, el horizonte de una nueva filosofía, cuyo fundamento es la fe y no la razón dogmática. 

Sobre España y Europa

Ahora que España busca como una descosida no desengancharse de los fondos estructurales europeos que, según parece, penden de un hilo, convendría indagar un pelo en la importancia que Zambrano dio al papel de España en Europa, y no precisamente, desde el horizonte económico. El libro más conocido de la Zambrano sobre Europa es "La agonía de Europa". En él nos habla de la tradición cristiana que se encuentra en las raíces continentales (tradición optimista, que se obstina en vivir, cuya razón es razón de vida), frente al pesimismo griego, que sólo tuvo sed de razón pura, de belleza pura, pero en ningún lugar de su poesía se puede encontrar un himno de acción de gracias por haber nacido. Por ejemplo, el culto a Dionisos, dios de la vida, no es un culto alegre sino terrible.

Ortega había hablado de europeizar España, ya que estaba muy atrasada y era pueblerina. Precisamente huyó siempre del término "pueblo" para referirse a los españoles y mantuvo en todo momento una posición aristocrática. Con ello se enfrentaba a ese, según él, "casticismo" de Unamuno que, frente al espíritu científico de los países europeos, defendía la superioridad del espíritu de los valores culturales genuinos de la tradición española. Unamuno enfocaba la crisis de Europa y del mundo occidental de fin de siglo hacia la necesidad de una vivificación hacia adentro. En España, según el autor de San Manuel Bueno mártir, habría de llevarse a cabo una revisión del pasado que hiciera posible la actualización de su "intrahistoria" y la recuperación de lo que habían sido los valores culturales más destacados: especialmente la mística y el espíritu de encuentro con el Nuevo Mundo. La fe, la esperanza, la sed de verdad y el hambre de lo absoluto del pueblo español, de las que hablaba Unamuno, dejaron huellas en el pensamiento de María Zambrano. La filósofa veía cualidades enormes en España que eran divergentes de las europeas, ya que habían traicionado su tradición cristiana. La realidad de las dictaduras totalitarias y los fascismos que dominaban Europa, se presentaba en el discurso zambraniano como la consecuencia directa del racionalismo y de los excesos del idealismo alemán. "Hay una cáscara en el fascismo, hay un mundo estrangulado en el alma del fascista que le cierra a la vida. Es la misma que veíamos en el idealismo europeo hacia la realidad, es la misma cerrazón que desde el romanticismo se ha ido agravando hasta llegar al tedio". Por eso, ella clamaba por un proceso de rehumanización europea, ya que la destrucción de lo humano era un hecho en la civilización europea. "España había renunciado desde la modernidad humildemente a la violencia de la razón científica, para conservar unos valores éticos que Europa había rechazado, entregándose frenéticamente a la técnica y al progreso". Ahora el continente europeo necesitaba la ayuda de esta "hermana cenicienta".

Fotos: Fundación María Zambrano
Vélez, Málaga