![]() Una nueva laicidad En suma, parece que desde sectores diversos, lo que se critica de la noción de laicidad no es tanto la alianza entre democracia y neutralidad cuanto entre democracia y relativismo ético. Es decir, la visión de una neutralidad entendida como divorcio de la democracia de toda objetivación de valores de la persona. Lo que se critica no es que el Estado legítimamente rechace cualquier intento de convertirse en el brazo secular de tal o cual Iglesia para conseguir los fines espirituales que inculca en sus adeptos, sino que el Estado olvide el humus histórico al que debe su propia consistencia. Pero este retorno de lo religioso no puede convertirse en moneda falsa para el lucro de algunos especuladores. De ahí que sea especialmente necesario "pensar la religión, so riesgo de que la religión nos piense en su peculiar modo extremo que es el integrismo" (E. Trías). Y al decir integrismo no debe entenderse sólo el fundamentalismo religioso. La verdad es que tanto la ideología marxista como la tradición freudiana han actuado como catalizadores integristas de la religión, al reducirla unas veces a una omnipresente vertiente social (como ideología o falsa conciencia) y otras a ilusorias manifestaciones psíquicas (expresión de las miserias mentales del hombre). Junto a estos dos integrismos, todavía se suma un tercero: el llamado "fundamentalismo de la purificación social", que si en el día a día tiende a eliminar lo discrepante, en el complejo marco de las relaciones conciencia civil-conciencia religiosa ha decretado curiosamente que la segunda es sólo un residuo en el horizonte agnóstico. En esta línea, el primer intento sería desmentir el carácter supuestamente religioso del fanatismo integrista, en todas sus formas violentas, ya sean físicas o psíquicas, laicistas o espiritualistas. En realidad, como se ha dicho, el fanático es irreligioso en la exacta medida en que recurre a la violencia que, lo sagrado o lo simplemente razonable rechaza y detesta. Fundamentalismo y Relativismo Como es sabido, en el plano de las convicciones - incluidas las religiosas - existe una doble patología: la del fundamentalismo y la del relativismo. El fundamentalista racionaliza una verdad - para él universal -, y de esta racionalización deduce el derecho de imponerla a los demás. El relativista hace también una afirmación, pero de sentido negativo y contrario: la verdad objetiva no existe: de ahí su radical escepticismo. El interrogante surge espontáneo: ¿existe una tercera posición frente a la verdad que, simultáneamente, lleve a respetar la libertad, y que los Estados no sólo no deben atrincherarse frente a ella, sino que deben respetar y promover? Los fundamentalistas afirman una verdad que no necesita el consentimiento de la libertad de los otros para ser asumida y los relativistas afirman una libertad que no tiene el deber de reconocer la verdad (R. Buttiglione). La posición intermedia es la unidad de verdad y libertad. La libertad del hombre tiene una necesidad interior de reconocer la verdad, allí donde la encuentra. Pero, por otro lado, no es posible imponer la verdad, hay que proponerla, que es algo muy distinto. Cuando se confunden ambas mentalidades y el Estado reacciona intentando, indiscriminada e irreflexivamente, con una suerte de "fundamentalismo de la purificación social", arrojar fuera del ámbito de lo público todo valor moral o religioso, entonces es cuando el peligro se torna mayor, es decir, es entonces cuando el otro fundamentalismo - por reacción- pasa de ser un peligro latente para el Estado a un peligro efectivo. Conviene entender bien que el enemigo del Estado no es la religión sino esa su corrupción que es la teocracia. Conviene entenderlo, repito, porque, después de la caída del muro de Berlín, se ha difundido en la cultura europea lo que se ha llamado una cierta "mentalidad de búnker", tras la que alguna intelligentzia se atrinchera, y que arroja en el mismo saco esas dos categorías tan disímiles entre sí. Mentalidad de búnker que - como se ha hecho notar- tiene como resultado de su latente agresividad estimular ciertas fuerzas internas de las religiones, que llevan a algunas personas, por reacción irracional, a la búsqueda de lo religioso de manos de fundamentalistas prontos a aprovecharse de la imagen hostil que se le ha etiquetado. Para prevenir este peligro es necesario, ante todo, redescubir la verdadera laicidad e instar a los Estados a que "corran el peligro de la libertad" en sus relaciones con las Iglesias. Rafael Navarro-Valls |