Número 24, junio 2001

Pero ¿qué hay de verdad en
la informática?




Cualquier usuario de la informática habrá observado un fenómeno que, no por repetido, deja de ser sorprendente. Si queremos eliminar un archivo, lo seleccionamos con el ratón y lo arrastramos hacia un icono llamado papelera. Después, escogemos la opción "vaciar papelera" y el archivo en cuestión desaparece. La pregunta inmediata es: ¿dónde se ha vaciado esa papelera?, ¿dónde está el archivo o el programa con el que hasta hace poco podíamos interactuar y que de repente ya nos es inaccesible? Por más que se dé vueltas al ordenador, por arriba o por abajo, no parece que se den en él filtraciones. ¿Qué ha sucedió pues? Simplemente que alguien ha ejercido un acto de libertad por el cual ha decidido que no quiere que una parte del software siga interactuando sobre él. Pero ese ejercicio de libertad, cuando se hace conscientemente, siempre nos deja ante la duda de si ha desaparecido de verdad lo que nosotros quisiéramos que ya no fuera, es decir, si verdaderamente, tenemos una capacidad radical de enfrentarnos libremente a todo lo que la informática es; o sí, por el contrario, la verdadera decisión radical consistiría, para preservar la libertad del individuo, en no encender nunca más una computadora.

Si ponemos nuestra mirada atenta a las cosas que el hombre hace, el progreso mismo de la técnica, el sentido si se quiere de la física, lo que motiva a que se escriba una obra literaria o se pinte un cuadro, descubriremos en todo ello una finalidad: que el hombre pueda ser más libre. Por contrapartida, lo que no manifiesta la libertad de las personas no es expresión de una creatividad consciente, no tiene en el orden de lo humano prácticamente ningún sentido. Se nos ocurre que el entusiasmo que pueda suscitar, por ejemplo, las pirámides de Egipto es sospechoso; porque, ante Keops, es muy difícil que el espíritu humano sienta que salga de sí, y no se vea, por el contrario, oprimido por la sensación de estar bajo otro. El tema es sencillo: las pirámides las edificaron esclavos, como expresión de una esclavitud más profunda: el miedo a lo que estaba más allá. ¿Qué queda?, ¿simplemente la admiración por la estructura geométrica?

La pregunta, por tanto, resulta evidente: ¿Por qué, pues, el hombre fácilmente se siente libre en contacto con la naturaleza y, al mismo tiempo, las mayores expresiones de claustrofobia y de esclavitud se producen en contacto con las obras, producto del progreso humano?

Si todo arte, incluso en su escalafón más bajo (el decorativo doméstico, por ejemplo) hace una referencia hacia fuera, y permite un éxtasis que nos pone en contacto con el más allá, la informática no hace eso. ¿Quién se pregunta, por ejemplo, por quienes han ideado los programas con los que trabaja el usuario medio? ¿Quién es capaz de una verdadera admiración que no quede inmediatamente supeditada a la autoridad ante un nuevo producto lanzado en el mercado? Entonces, la técnica es admirada por ella misma, y el hombre quiere ser técnica. Cuando uno, por ejemplo, lee la Iliada o la Odisea, se revelan verdades universales. Y entonces nace el deseo de conocer al que fue capaz de escribirlo. Porque el personaje con el que verdaderamente nos queremos identificar es con Homero, que es el único verdaderamente libre, y no sus personajes. Con la informática no pasa eso. No se quiere conocer al autor, o a los programadores, porque en el fondo no son portadores de una singularidad que valga la pena imitar, sino simples artistas que combinan reglas bien conocidas, matemáticamente dispuestas, y que dan resultados previsibles. En definitiva, sólo los nuevos microprocesadores o los últimos "discos duros" de ingente capacidad serán capaces de producir "realmente" cosas nuevas, pero en verdad se trata de cuantificar o almacenar información, no de crear algo verdaderamente humano. Podemos preguntarnos, ¿todo esto manifiesta el espíritu del hombre o lo oculta?

Juan Pedro Ortuño
(jpom@planalfa.es)