Número 21, marzo 2001

Hoy es lunes, doce de febrero del año 2001. Son las 23:30 de la noche y ya estoy tranquilita en mi casa cuando de repente... me doy cuenta de que mañana (martes y trece tenía que ser) tengo entrega de Calibán, y este mes me tocaba a mi hacer lo de Copas y algo mas... ¡Qué pereza!

- ¡Charlie!
- (Él desde arriba me contesta) ¿Qué?
- Que me tengo que ir a un garito.
- ¿A estas horas? ¿Tú estás loca?
- Es que me acabo de acordar. Ya lo siento.
- ¿Y a dónde tienes que ir?
- A un local que se llama "La peluquería" y que está en Lavapiés.
- ¿Lavapiés?
- Si hijo Lavapiés, ni que no hubieras oído nunca ese nombre.
- Bueno tu verás, pero por esa zona y a estas horas no vas a encontrar nada bueno.

Le doy las gracias por los ánimos, cojo mi cámara, mi abrigo y con todos los ánimos que soy capaz de encontrar, salgo a la calle y me dirijo al susodicho.

Hace mucho frío, la verdad, pero nada como el calor del hogar... En fin, la obligación es la obligación... Llego a la zona. Pues vaya, no es tan oscura ni tan tétrica como me habían dicho. Es más, tiene un cierto saborcillo a barrio de pueblecito donde todo el mundo es bienvenido. Todavía quedan lugares con personalidad en este Madrid mío... Se acerca un camión de la basura. Los hombres me ven con mi cámara.

- ¡Eh!, una foto a mí.
- ¿Estoy guapo? ¿Salgo bien?

Me pregunto, ¿qué tiene de terrorífico este barrio?... Por fin llego al local. "La Peluquería". C/ Ave María 46. La fachada es cachonda. Han conservado la estética de las peluquerías antiguas. La cosa empieza a animarse. La dueña del local Karmele Tamayo, bilbaína de pura cepa ella, me atiende muy calurosamente. El sitio parece ser un baúl de los recuerdos con encanto, en donde los muebles, la decoración y el ambiente en general invitan a la conversación íntima, a la tertulia familiar. "Eso precisamente es lo que quiero que sea mi local. Un sitio con buena música de lo más diversa. Tampoco busco un tipo de gente concreta: intelectuales, postmodernos, yuppies... Quiero que sea un sitio caracterizado por la variedad y la mezcla".

Las paredes están repletas de curiosos tapices. Es la exposición de Pocho, un artista bastante ecléctico y original. Karmele ofrece sus paredes para todo aquel artista que quiera exponer y vender, aunque el que no quiera vender sino simplemente exponer su trabajo, también tiene aquí su sitio. Sólo se requiere un requisito, que la obra del artista le guste a ella, para eso es la dueña, digo yo. Además de agradar la vista al cliente con las distintas exposiciones, se vende artesanía (collares, pulseras, pendientes). Curiosa mezcla, arte y artesanía "Sí, porque ¿dónde está el límite entre una cosa y otra?". Dice ella. Y yo ante su afirmación, me callo y asiento.

La especialidad de la casa es el famoso té, que se realiza con mucho amor y buen hacer, así como todo tipo de infusiones varias. Y en breve se especializarán en "pinchitos del Norte", por eso de la morriña del hogar. También se puede tomar buen vino; y para los menos atrevidos, las tradicionales copas a buen precio. Abren todos los días desde las 12:00 hasta las 24:00 (yo por poco no entro hoy). Y los fines de semana hasta la 1:30 o 2:00. No parece ser un mal sitio para pasar un rato agradable y distinto, y si además veo algún cuadro que me pegue en casa, pues voy y me lo compro. Karmele quiere ampliar las posibilidades de ingresos (es actriz y, ya se sabe, nunca hay suficiente). Próximamente, además de poder vender los cuadros de las exposiciones, se podrá también comprar el mobiliario. Después de tanto esfuerzo... ha merecido la pena.