No existe espejo más claro que los ojos de un niño. Si los observas fijamente puedes incluso adivinar su pensamiento, porque no tiene rincones oscuros en el alma donde esconderlos. Los años, la vida, van creando compartimentos infranqueables que nos distancian y nos diferencian hasta puntos irreconciliables. Del mismo modo, la mirada de un niño que ha vivido lo que nadie debería vivir, atraviesa como una espada nuestro corazón, desgarrando el interior e hiriendo los pilares de la compresión.El verano es el momento de la infancia. Cuando finalizan las arduas tareas escolares y las ganas de aventura y diversión son las prioridades que flotan entre el calor. Si los niños por circunstancias familiares no pueden disfrutar plenamente de la época estival, su mirada y su carácter se endurecen. Familias rotas por la violencia, el miedo hacia un padre al que has visto pegar y llorar, las dificultades económicas que la madre vence con el sudor de la frente aceptando trabajos temporales en la peor época del año, el calor asfixiante de una gran ciudad que Así, el traslado aquel verano de madres con sus hijos a una casa de la sierra madrileña, era mucho más que una aventura. La casa pertenecía a una congregación de monjas que prestan auxilio a madres maltratadas que continuan trabajando en verano para que sus hijos puedan tener vacaciones. El traslado constituyó en sí mismo una aventura: provisiones para un mes, objetos necesarios para vivir, juegos y materiales para la diversión de los pequeños, pañales, cunas... Mujeres y niños de diferentes culturas: madrileñas, gitanas, árabes, centroeuropeas... iniciaban un viaje por la sierra lleno de esperanzas y de ilusiones, tratando de atrapar en su retina y en su corazón un momento inolvidable. Aquella casa se convirtió en seguida en un collage del mundo y un sumidero de duras historias experimentadas . Todo transcurría con la normalidad que permite el tener bajo el mismo techo y bajo el mismo rayo de sol a un grupo de niños entre los dos meses y los 16 años. Todo era normal excepto comentarios y reacciones que parecían pertenecer a un adulto y que salían por la boca de un niño. Comentarios que parecía que les predestinaban a un futuro de sufrimiento irrevocable y que ellos aceptaban con calma y cierto humor. ¿Sería así?¿Ya no serían capaces de soñar y de luchar por sus deseos, debido a la violencia vivida? Sin embargo, en otros momentos, una rebeldía violenta y atronadora les embargaba, adoptando una actitud que les conducía directos al fracaso y a la infelicidad . La vida transcurría tranquila. Al levantarse, las tareas domésticas. Después, el desayuno, que era como un auténtico banquete donde era importantísimo el sitio que ocupaba cada uno; lejos de sus madres, pero desde donde pudieran verlas para tener la seguridad de que se encontraban bien y que las podían proteger fácilmente. La mañana se dedicaba a actividades manuales, a juegos a riñas, diversión... La comida y... la insufrible siesta, remanso de paz para los mayores y auténtica tortura para los más jóvenes. Si todo transcurría sin incidentes, la mayoría de las tardes se iba a la piscina. ¡Allí sí que se desfogaban las energías! Uno de los mejores momentos del día era la llegada de la noche, contemplando las estrellas mientras se leía El Principito, un niño-adulto que lucha por sus sueños y por las cosas bellas. El último día, en la fiesta de despedida, el principito vino a la casa, traía regalos de lejanos planetas llenos de esperanza, demostrando que siempre existe un lugar en el mundo, lejos del sufrimiento, desde donde se puede luchar por los sueños. Lugares cercanos donde todos tengan los mismos derechos para vivir con dignidad. No es necesario recrearse en los males del mundo, con ayudar a remediar los que tenemos cerca, es suficiente. |