![]() George Steiner, sí, gracias. Y Steiner vino a nosotros, habló y venció. La editorial Siruela pronta al castizo paseillo intelectual del discurso crítico. No es, ni mucho menos, el problema del conocimiento de un intelectual orgánicamente desorgánico lo que nos ocupa y preocupa. Es el concepto de anhelo de lo Absoluto, o la suma de sumandos conceptuales, de radicales preguntas sin respuestas, imagen de nuestro tiempo. Porque ahora, con esto de la ultramodernidad se habían acabado los macrorelatos, las explicación holísticas, llenas, repletas, engordadas de sentido, del sentido del hombre, del mundo y de la historia. Después que la denominada teología sistemática claudicara de su función y perdiera su vigencia, por cierto, método de deslegitimación no clarificado del proceso (pro-Celso) de la nostalgia de lo Absoluto en la obra de Steiner, llega Horkheimer y nos habla del "anhel o de lo totalmente Otro", sin citar, para nada, al padre de la criatura, al señor Otto, teólogo liberal donde los haya. Nos viene la segunda, casi tercera, Escuela de Frankfort y nos explica que ese anhelo sólo sirve para que el horror no tenga la última palabra. Por cierto, qué causalidad, hombre, qué causalidad, dice Steiner en aquel castillo de hadas madrinas que "la adormecida prodigalidad de nuestra familiaridad con el horror es una radical derrota humana". Es decir, que la teología se ha convertido en la antropología de Frankestien y su familia del horror. Y el principio de la nostalgia, ¿el miedo?, ¿a lo desconocido? Porque, y ahora vuelvo a nuestro ensayista y profesor de las prestigiadas y prestigiosas universidades de Stanford, Nueva York y Princenton, la verdad tiene futuro; el hombre, no tanto. Ya me explicarán ustedes, queridos hombres, queridas verdades, qué hacem os si Kant no hubiese sido superado. O quizá sea que no lo ha sido, no sé, debo preguntar a mi gen cognoscitivo y cognoscente. Pero, para mayor gloria de Dios y del hombre, de lo totalmente Otro y de lo totalmente nuestro, vayamos por partes.
Si nos quedamos en el castillo de Barbazul; si nos encasquillamos transitando por las almenas de esta aventura cultural, nos damos cuenta de que con el chapucero intento de dar muerte a Dios y con el intento, mucho más próximo al éxito, de dar muerte a aquellos que lo habían "inventado", la civilización entró, precisamente como lo pronosticó Nietzsche, en un período de "noche y más noche". Por eso buscamos un poco de luz, "promesas de luz", faros y focos, focos y faros. Aunque seamos una generación sin maestros, la llave maestra de nuestra generación está en nuestra inquieta y admirada capacidad de interrogación. Habla Steiner: "Si mi planteamiento es acertado, seguiremos formulando preguntas una y otra vez. El filósofo alemán Heidegger lo expresa bien. Dice que las preguntas son la devoción, la oración, del pensamiento humano". Y habla George Steiner: "Esa nostalgia, y yo me pregunto si nostalgia no será el nuevo nombre de pregunta- tan profunda, yo creo, en la mayor parte de nosotros, fue directamente provocada por la decadencia del hombre y la sociedad occidental, por la decadencia de la antigua y magnífica arquitectura de la certeza religiosa. Como nunca anteriormente, hoy, en este momento del siglo XX, tenemos hambre de mitos, de explicaciones totales, y anhelamos profundamente una profecía con garantías". Pero el señor Steiner no nos dice cuáles fueron los factores que causaron esa decadencia. ¿Quizás la dialéctica de la Ilustración? O, ¿quizás la pérdida del hombre por la perdida certeza?¿Hay certeza sin Absoluto? ¿Hay verdad sin realidad, o/y verdad sin hombre? Bien es cierto que nuestro autor no es teólogo. Mejor dicho. Es lo que es y dice lo que dice porque le falta la teología, y porque a muchas de nuestras teologías les ha faltado más de un Steiner. Que se lo pregunten a J. B. Metz. Empezó con el giro antropológico, la secularización y la teología política, más política que teología; siguió con la "memoria peligrosa"; flirteó con la teología narrativa, para terminar en su última lección de la Universidad de Münster afirmando qu Lo más curioso, ojo con la curiosidad que mató al gato, es que sustituimos lo insustituible, y eso ya se ve, con Freud, Marx y Lévi-Strauss, padres y hermanos de una sospecha insospechada. Tengo que confesar que Freud me produce bastante morbo, del gótico que es el mejor y el más sano. Y si no que se lo digan a Henri Ellenberger, por ejemplo, quien nos dijo aquello de Freud y lo freudiano, "una gran leyenda". O a Han Israëls, con su reciente estudio sobre uno de los mayores mentirosos empedernidos de la historia que fue capaz de rescribir la realidad con tal de que le permitiera salir del apuro. Y Marx, no digamos. O sí digamos. Con el Steiner en su castillo, decimos. "Al colocar el infierno sobre la superficie de la tierra, nos hemos salido del orden primordial y de las simetrías de la civilización occidental". Con el Steiner nostálgico de una nostalgia con objeto dibujado por la borrosa percepción de la naturaleza del hombre, nos tenemos que preguntar cuáles son los mecanismos que han conducido a que los intentos de reemplazar a un supuesto cristianismo agonizante los hayan realizado sucedáneos de una forma de cristianismo secular. Ya decía aquel sabio que la herejía es una verdad que se ha vuelto loca. Ya lo escribió Vattimo en su Creer que se cree: la disolución de lo sagrado-natural-vilento. Aunque esto último suene más a René Girard. Al final, lo que uno echa en falta es que el autor dé un paso atrás en el frente del pensamiento. Un paso en firme en una cadena de preguntas, que no de radio ni de televisión, que nos ayuden a penetrar en lo que significa la lógica de la encarnación, la lógica de la carne, la lógica del hombre que va "tras la verdad de forma desinteresada". De un hombre que necesita la totalidad porque necesita de la humanidad en sí y en los otros, y de lo otros. Es la lógica del Verbo que rompe con las nostalgia de los nostálgicos en la medida en que es Presencia. "Al final, uno debe comenzar a amar para no enfermarse", dice Steiner. Y tiene razón, sin sólo nostalgia, sin sólo anhelo. Antes que ellos, era la Verdad, la pregunta por la Verdad, que nos hará libres. Y la libertad, nos hará verdaderos. |