Número 21, marzo 2001

Ética y Docencia
Hace unos años Derek Bok, entonces Rector de la Universidad de Harvard, planteaba como necesidad acuciante la enseñanza de la ética en la Universidad. La iniciativa ha tenido resultados desiguales en las Universidades de nuestro entorno. En todo caso, ha servido para poner en primer plano la importancia de la responsabilidad en el ejercicio de la función docente universitaria. Piénsese que actualmente existen en España más de millón y medio de alumnos universitarios, liderados por unos 60.000 profesores. No puede afirmarse que los resultados sean satisfactorios. Por un lado existe un altísimo porcentaje de fracasos en las carreras universitarias. Y, por otro, la calidad del producto final es tan discutible que, con ironía, se insiste en que con alarmante frecuencia "los médicos españoles entierran sus errores, los periodistas los divulgan y los juristas los ahorcan". ¿Cuáles son las causas de esta especie de bancarrota intelectual?

La palabra "sabiduría", cuya transmisión es el primer objetivo de la Universidad —viene de "sapida scientia", "ciencia sabrosa". Y el caso es que, con demasiada frecuencia, ni los profesores alimentamos con la ciencia necesaria a los alumnos ni sabemos hacerla atractiva. Lo cual —entiéndaseme bien- no es un mal generalizado. La verdad es que existen dos Universidades superpuestas. Una, la que el italiano Mario Losano llama la "Universidad de Bronxford", es decir, una Universidad que dice perseguir la excelencia de campus oxoniense, pero con métodos y miserias de los bajos fondos neoyorkinos. Una Universidad que malévolamente se ha descrito como "un conjunto de Departamentos unidos por la red de calefacción" y que más que enseñanza universitaria lo que imparte en realidad es una "formación secundaria continuada" o, en el mejor de los casos, una "formación postsecundaria". Pero junto a esta Universidad esperpéntica, existe otra paralela, que comienza a llamarse "universidad sumergida"; una Universidad en que una minoría de profesores se toma en serio su labor y a cuyo encuentro salen algunos alumnos que trabajan al margen de papeletas y de exámenes. La suma de ambas minorías produce un pequeño colectivo que permite que ese enfermo crónico que es la Universidad española en su conjunto no llegue nunca a morir. De lo que se trataría es de intentar trasfundir de esta Universidad minoritaria a aquella inquietante de Bronxford, sangre arterial nueva. Principalmente potenciando aquellos rasgos éticos que enmarcan la fisonomía de lo que debe ser un profesor universitario.

En España se ha aprobado no hace mucho lo que creo es el primer Código deontológico de los profesionales de la educación. En su artículo 2.9 se incluye, entre los deberes fundamentales del educador hacia los educandos: "Poner a disposición de los alumnos todos sus conocimientos con ilusión, y fomentar el máximo interés hacia el conocimiento y conservación de todo aquello que constituye el Patrimonio de la Humanidad". En esta línea se encuadra lo que es una de las misiones primordiales del profesor universitario hacia el alumno: "despertar, primero, su atención; luego su confianza, y finalmente su fervor". Es decir, una dedicación pedagógica esforzada. Sin embargo, lo cierto es —como acaba de diagnosticarse en un análisis sobre "las satisfacciones e insatisfacciones" de los docentes —que para un importante colectivo de profesores universitarios "las clases son una desagradable obligación", algo que quita tiempo a la investigación, un esfuerzo "que crea tensión y no proporciona curriculum". Algo, en suma, a lo que se dedica poco tiempo. La realidad es que a demasiados profesores de Universidad no les interesan las cuestiones pedagógicas. Por contraste, cada vez se insiste más en la cualificación no solamente investigadora sino didáctica del profesorado de Universidad. Así, el Institute for Research on Higher Education de la Universidad de Pensilvania, en un amplio informe sobre la Enseñanza Superior, concluía: "Todos los Colleges y Universidades deberían hacer de la enseñanza el criterio central a la hora de controlar y promover a sus profesores. Porque de poco serviría defender formalmente la calidad de la docencia si el profesorado tiene la impresión de que lo único que cuenta es la investigación".

Otro tema importante en la ética docente es la humildad intelectual. Como se sabe, el sueldo de un profesor de Universidad es exiguo. Sin embargo, entre las muchas compensaciones que le retienen en la Universidad está una que parece poca cosa, pero en realidad es importante. No hay ningún profesional en el mundo que pueda diariamente dirigirse a un auditorio de cien o más personas, durante una hora, transmitiéndole sus puntos de vista sobre cuestiones importantes. Obsérvese la prontitud con que escritores, políticos, empresarios, jueces, etc.. aceptan invitaciones para impartir conferencias en nuestros campus universitarios. Habitualmente sus auditorios son de escasas personas, pequeños cenáculos, unos cuantos miembros de un consejo de administración etc. Y es que todos necesitamos "enseñar viejos sueños en nuevas mentes, calentarnos, en suma, en el fuego de la juventud" (Le Carré).

Esta continua —y, casi siempre, muda- atención de centenares de alumnos, unido a las tareas creativas de investigación y publicación de trabajos con mayor o menor influencia en el marco de las ciencias sociales, no es infrecuente que contribuyan a desarrollar en el profesorado universitario una cierta soberbia intelectual. Soberbia que ha llevado a decir que "los intelectuales son unos seres que no pueden admirar nada durante largo tiempo aparte de a ellos mismos". Algo de razón tiene esa apreciación. En realidad, los intelectuales y profesores somos como los médicos: "algunos te salvan la vida, la mayor parte te curan algo, y unos cuantos te matan". Es decir, nuestra mediocritas aurea ayuda a bastantes, sin llegar a los extremos de la sabiduría máxima ni de la estulticia memorable. De ahí que no sea infrecuente el pequeño error en las explicaciones de clase o en las publicaciones científicas: un dato equivocado, una sentencia mal transcrita, una fecha alterada, una fórmula mal planteada, un autor incorrectamente citado, una explicación confusa que complica más que aclara, en suma, un error que si no es rectificado a tiempo producirá una equivocidad, una contradicción, una laguna que más tarde traerá consecuencias no estrictamente positivas en la vida intelectual o académica de los actuales alumnos. La deontología docente exige saber rectificar sin rubores de novicia. Churchill decía con alguna frecuencia: "a veces he tenido que comerme mis propias palabras y he llegado a la conclusión de que es una dieta muy nutritiva". Para esa rectificación se requiere alguna dosis de humildad intelectual, de saber decir sin embages: me equivoqué y rectifico en esto o en aquello. Lo cual, claro está, requiere un proceso continuado de estudio personal. No es extraño que el propio Código deontológico al que me he referido, indique entre los deberes del profesor hacia los alumnos: "Procurar la autoformación y puesta al día en el dominio de las técnicas educativas, en la actualización científica y, en general, de las técnicas profesionales" (2.1)

Está de moda hablar de la corrupción del profesorado universitario y de la necesidad de su redención. Pero suele olvidarse que la negligencia y la mediocridad no es exclusiva del estamento docente. Copio de noticias de prensa: "joven atropellada en el anonimato de una fiesta universitaria", "campus en penoso estado", "vandalismo con daños por 2.5 millones de pesetas", "fraude de varios millones en cabinas telefónicas de seis Colegios Mayores", etc. Como ha hecho notar Andrés Ollero, también entre el alumno tiende a sustituirse "el amor al saber por el amor al saber a qué atenerse". Con demasiada frecuencia, el estudiante no es un enamorado del "saber", sino del saber "lo que se lleva para el examen". Lo accesorio se convierte en lo principal. Como concluye el propio Ollero, algo parecido "a lo que ocurre en las autoescuelas, donde no se pretende tanto aprender a conducir como más modestamente sacarse el carnet". Ante esta situación de cosas, el profesor debe dejar bien claro que los universitarios somos privilegiados. Es decir, que las matrículas cubren solamente el 20% de coste real. La Universidad no la pagan los usuarios, sino el sufrido contribuyente. En otras palabras: ocho familias de cada diez pagan todos los años a los chicos de las dos restantes un montaje que se aproxima al 80% del coste de su plaza universitaria.

Conviene insistir en que no es verdad que "estudiar no deja tiempo". En Harvard, el 65% de estudiantes participa en labores sociales como ayudar a marginados, dar clases en prisiones o trabajar en instituciones benéficas subvencionadas por la propia Universidad. De ahí que obligación del profesor sea también exigir, no sólo comprender. Hacer notar que "hacia el éxito no lleva ningún ascensor, que hay que subir fatigosamente por la escalera". Recordar, en suma, que el genio es tan sólo un 2% de inspiración y un 98% de transpiración. Pero esto no podrá hacerlo si no va él por delante. A esto, entre otras cosas, apunta la ética en la función docente.

Rafael Navarro-Valls ,
catedrático de la Universidad Complutense