Cuando era niño, uno de los primeros lugares a donde me dejaron ir solo fue a la panadería. Antes ya había ido a la lechería, pero estaba en frente de mi casa y mi madre vigilaba desde el balcón, así que no cuenta.
Eran tiempos sin supermercados, y el novamás del surtido estaba reservado a los ultramarinos. Pues bien, en aquella panadería con mostrador de mármol blanco, la conversación estaba exenta de complicaciones. Buenos días, hola chaval, dos pistolas y una piña por favor, el candeal aún no ha salido tendrás que esperar un poco, si quieres te voy cobrando. Tic-Tac. Aquí tienes, cuidado no te quemes, muchas gracias y adiós, hasta mañana. Eso era todo. Con los Y aunque ahora creamos que esto es el colmo de la modernidad panadera, lo cierto es que a principios de siglo, sin necesidad de progresos técnicos ni gaitas, hubo una tahona que se adelantó a su época. Viena Capellanes era un pequeño horno especializado en una receta importada, el pan de Viena, es decir, nuestra entrañable y practica pistola a la que tanto debe el mundo de la construcción y el fútbol -, situada en la antigua calle de Capellanes, hoy más conocida como la calle del Cortylandia, Maestro Victoria esquina con la calle de la Tahona. Este pequeño negocio familiar fundado en 1873, estuvo regentado durante algún tiempo por un joven médico llamado Pío Baroja, sobrino de la dueña, la Baroja estudió medicina en la Universidad de Valencia y se doctoró en la de Madrid. Después de aburrirse durante dos años como médico rural en Cestona, decidió cambiar el maletín de cuero por la harina, mientras coqueteaba con la literatura y el periodismo. Al fallecer su tía, Pío y su hermano Ricardo se convirtieron en flamantes dueños de la tahona Viena Capellanes. Afortunadamente su interés por el pan se centraba básicamente en comerlo uno ya triunfaba como escritor y las pinturas del otro empezaban a cotizarse en las galerías de Madrid -, por lo que decidieron vender el negocio a su encargado. En apenas meses, la fama de la tahona corrió por la ciudad y el carácter visionario de su nuevo propietario le llevó a extender el negocio. Abrió sucursales en las que no sólo se despachaba pan, pronto la repostería se hizo protagonista de sus escaparates. Baroja publica Los últimos románticos y Las tragedias grotescas, mientras Viena Capellanes abre nuevos establecimientos. En 1928 se presenta en sociedad el Café Restaurante Viena, "un lugar de postín", situado desde entonces en el número 23 de la calle Luisa Fernanda, que pronto albergará las más importantes tertulias de políticos y artistas. Poco después, la cadena vuelve a revolucionar la vida de la capital, un automóvil distribuye el pan y los pasteles desde la central al resto de sus locales. Es este el primer vehículo de motor dedicado al transporte público en Madrid. La producción literaria de Baroja crece aún más rápido que su antiguo negocio, sus lectores esperan con ansiedad nuevos títulos, q Viena Capellanes tiene ya más de quince sucursales. En 1935 Pío es nombrado miembro de la Real Academia de la Lengua Española, ocupando el asiento a. En aquella misma época, un coche descubierto hace el recorrido desde la Puerta del Sol hasta el Café Restaurante Viena de forma gratuita para los clientes, todo un símbolo de modernidad y una brillante estrategia de marketing, con medio siglo de adelanto, para vergüenza de los que ahora se llaman creativos y cobran una fortuna por tener ideas de otros. La Guerra Civil empujó a Baroja hasta París, desde donde regresó antes de terminar la contienda para tomar parte en la Conversaciones de Salamanca que dieron lugar a la creación del Instituto de España. Viena Capellanes sufrió, como todos, la escasez de materias primas y el exceso de bombardeos sobre Madrid. Con el tiempo, la velocidad se ha ido adueñando de nuestras vidas, cadenas de comida rápida, sandwiches en barra con servilletas de papel, poca tertulia y mucha prisa. La vieja furgoneta que asombró a los madrileños por su eficacia y rapidez en el reparto del pan, seguramente ahora se encontraría atascada en doble fila con un concierto de pitidos tras de sí, y los clientes que viajaban en coche descubierto desde Sol a Luisa Fernanda ahora llegarían antes si fueran andando. Da gusto ver como se conquista el progreso. Pío dejó de escribir definitivamente en 1956, aunque nunca dejó de ser leído. Viena Capellanes sigue regentado por la familia Lance. Las cosas en Madrid han cambiado en estos cien años, y muchas gracias a Viena, a Baroja y a Capellanes. |