Número 26, noviembre 2001

Minorías resueltas




Seguramente la mayoría de los lectores no conoce a un musulmán iraní llamado Medi Sladatan. No se trata de un filósofo, de un economista, de un escritor o de uno de los dirigentes de la revolución islámica en Irán. Sin embargo, su importancia potencial puede superar la de cualquiera de los integrantes de los grupos ya mencionados. El señor Sladatan vive actualmente en Gran Bretaña — donde se desenvuelve con éxito en la industria hostelera — y se encuentra incurso en una batalla judicial para que el sistema legal británico reconozca su relación polígama con tres esposas de las que ya ha tenido nueve hijos. Semejante pretensión, que choca con las raíces cristianas pero también clásicas de occidente, ha recibido el apoyo, entre otros, de Susan Vogel, una abogada afincada en Birmingham y especializada en defender a los inmigrantes asiáticos, que ha indicado la posibilidad de que la ley de derechos humanos de 1998 pueda otorgar su cobertura a los deseos del señor Sladatan. Imagino que para muchos la lucha legal del señor Sladatan no pasa de ser una anécdota jocosa que no tiene posibilidades de llegar a ningún sitio. Discrepo. En realidad, el aguerrido iraní nos está dejando de manifiesto hasta qué punto una minoría convencida y resuelta puede imponer su criterio, sea el que sea, sobre la aplastante mayoría de la sociedad incluso aunque sea abiertamente perjudicial. La institución matrimonial resulta esencial para todas las culturas, por mucho que se diga no cuenta con sustituto y constituye un barómetro bien ajustado de la realidad social. Sin embargo, en las últimas décadas ha sido sometida a un asedio verdaderamente incansable, amén de injusto, por diversas instancias marginales de las que, hoy por hoy, una de las más poderosas es el movimiento gay. La presión ha sido tan grande que, al menos en las encuestas, no son muchos los que se atreven a decir que el matrimonio es una institución monógama y heterosexual por miedo a ser calificados de retrógrados. Incluso, en un ejemplo de dislate jurídico, Holanda junto con un lejano país oriental ha terminado por legalizar dicho tipo de uniones calificándolas de matrimonio aunque no merezcan más ese apelativo que la gaseosa, el de champán. Roto el consenso sobre el elemento "hetero" del matrimonio, no es disparatado temer que, tarde o temprano, caerá su característica "mono". ¿Acaso no se podría apelar — como en el caso de los matrimonios gays — a la voluntad de las partes, al hecho de que los contrayentes se aman, a la defensa de los hijos, a la necesidad de cubrir legalmente a la pareja (parejas) sentimental con beneficios como la seguridad social o la ley testamentaria? Como decía Burke, el triunfo del mal deriva no pocas veces más de la pasividad de los buenos que de la actividad de los malos. Finalmente, que acabe imponiéndose dependerá únicamente de dos factores: la resolución de la minoría por imponer su discurso y el papanatismo y el miedo de la mayoría a la hora de aceptarlo.

César Vidal