![]() Dominique Wolton, director del Laboratorio de Comunicación y Política de París dice que el papel de la televisión es tan importante en una sociedad democrática como la educación, la investigación, la salud o el urbanismo. "El hecho de que la aplastante mayoría de ciudadanos comenta acceda al mundo y su representación por medio de la televisión crea responsabilidades. La primera es resistir a las tres ideologías que amenazan a la televisión y la ahogan. La ideología política, que pretende controlarlo todo; la ideología económica que en nombre de las leyes del mercado quiere llevarlo todo a una cuestión de beneficio, y, finalmente, la ideología técnica, que hace creer que todos los problemas serán resueltos por el cable, el satélite o las cadenas temáticas". Las imágenes del impacto de los aviones comerciales en las torres gemelas aún nos hacen temblar. Desde aquel 11 de septiembre hemos aprendido una gran verdad, y es que el espectador sabe discriminar perfectamente cuándo una imagen es pura ficción (los combates personalísimos de Bruce Willis, las luchas de Harrison Ford a bordo del Air Force One) y cuándo lo que nos muestra es la vida misma. Ha habido muchos especialistas q ue en los últimos tiempos, con la explosión tecnológica y el perfeccionamiento de la imagen audiovisual, decían que lo que veíamos en televisión no era más que una producción artificial y lejana del dato real. Sin embargo, con los atentados de hace un par de meses (y usando la terminología de Javier Zubiri), el espectador ha tenido una directa "impresión de realidad", en la que no existía ni imagen trucada ni invención. Sin embargo, tras el inicio de los bombardeos sobre suelo afgano, la realidad sí que parece haber sido secuestrada por una imagen reconducida, racauchutada y dirigida por autoridades que quieren dar a conocer nada más que lo imprescindible. El Pentágono filtra las noticias y nos enteramos de muy poquito.
Para conocer la verdad hace falta transparencia. Para tomar decisiones hace falta exigir que se nos cuente la verdad. Los EEUU han caído en esta trampa mediática de la que hablaba Dominique Wolton: la ideología política de "querer controlarlo todo" en televisión. No es nada nuevo, los norteamericanos han sido unos linces a la hora de ocultar información o extender tinta de calamar cuando procedía, como en tiempos de Henry Kisinguer en Hispanoamérica o, sin ir más lejos, los negocios que muchas empresas farmacéuticas tienen en la actualidad en el corazón de la Amazonía: se valen de las hierbas medicinales de aquellas tierras para hacer negocio a base de una explotación inhumana. Y nosotros no nos enteramos. Una película impagable en cuanto a su capacidad para atinar con ese afán de la administración norteamericana por inficionar a la opinión pública a través de los medios de comunicación con "otras historias" que nos son "las historias", es Cortina de humo, dirigida por Barry Levinson, en la que el asesor del inquilino de la Casa Blanca se tiene que "inventar literalmente una guerra" para obviar los devaneos sentimentales del presidente. Hay un pasaje de la obra póstuma de Saint Exupéry, Ciudadela, en el que alude al papel del educador, y nos viene muy al pelo de lo que aquí decimos para hablar de la responsabilidad de unos medios de comunicación libres y de su función como constructores de una sociedad verdaderamente hábil para tomar decisiones: "No estáis encargados de matar al hombre en los pequeños, ni de transformarlos en hormigas para la vida en el hormiguero. Porque poco me importa que el hombre esté más o menos colmado. Lo que me importa es que sea más o menos hombre. No pregunto primero si el hombre será o no feliz, sino qué hombre será feliz. No los llenaréis de conocimientos muertos. Sino que les forjaréis un estilo para que puedan asir. Lucharéis contra los lazos del hombre con los bienes materiales. Les enseñaréis la meditación y la plegaria porque en ellas se dilata el alma. Y el ejercicio del amor. Porque, ¿quién lo reemplazaría? Y el amor de sí mismo es lo contrario del amor. Enseñaréis el gusto por la perfección porque toda obra es una marcha hacia Dios". |