Calibán.- En su posfacio de Verde Agua, la maravillosa obra de su mujer, Marisa Madieri, habla del peso de lo insignificante y pequeño en la literatura, capaz de expresar lo más grande, ¿qué quiere decir? Claudio Magris.- Siento fuertemente -y Marisa Madieri lo sentía todavía más- la necesidad, la vocación de la literatura de dirigirse a aquello que queda al margen de la historia, del debate cultural, de la resonancia mundana. Hay que prestar atención a aquello que parece insignificante, a aquello que parece pequeño, que se queda detrás... y descubrir toda la gran riqueza humana, tan a menudo conculcada y aplastada por la violencia histórica, social, personal o de otro género que oprimen al individuo. Pero en esta búsqueda no hay ningún interés por el llamado "small is beautiful", eslogan que considero falso. Se trata de dirigir la mirada a aquello que la Sagrada Escritura llama "la piedra rechazada por los constructores", a esos casos extremos de pequeñez, de dolor, de opresión, incluso de silencio o de C.- ¿Cuál debe ser el compromiso de la literatura en nuestro tiempo? CM.- Me es imposible responder en pocas palabras a esta pregunta que es capital y exigiría un ensayo entero. He intentado responder a ello un poco en algunos textos incluidos en Utopía y desencanto: especialmente en el que se llama ¿Fuera de la Republica los poetas? Creo que la literatura no deba tener un encargo particular más que cualquier otra actividad humana; no hay que creer que los escritores, por el sólo hecho de ser escritores, entiendan mejor la vida o puedan dar más. Cada uno tiene sus talentos y sus caídas. Algunos de los más grandes escritores de nuestro siglo han cometido errores desastrosos, demostrando no entender casi nada de política; han sido nazis, fascistas, estalinistas... Nosotros seguimos amándolos, porque comprendemos el camino torcido y autodestructivo que ha podido llevar a algunas nobles figuras, a algunas personalidades de franco y noble sentimiento humano, a hacer elecciones que destruían su misma humanidad. De este recorrido torcido podemos y debemos comprender las razones, siguiendo en el amor a estos escritores y aprendiendo lo que nos enseñan, pero distinguiendo sus errores y viendo sus debilidades; sabiendo que Céline, Pirandello o Hamsun comprendieron de la política de su tiempo mucho menos que cualquiera de sus vecinos ignorantes. La literatura se ocupa de cada hombre y, por tanto, del mismo escritor. No puede eludir las obligaciones, las preguntas fundamentales, los encargos que le son asignados. Así como un escritor los vuelca en la escritura, un médico lo hará en su trabajo, un sacerdote en su misión y así otros; es más, cada uno lo hará en cada aspecto de su vida, también en su vida más privada, por ejemplo en su vida sentimental. Pero sin que sea una especie de obligación especial. Creo que la literatura es moralmente grande no cuando se propone fines explícitamente morales. La literatura no debe proponerse algún fin moral: debe contar, tiene que tener una cierta irresponsabilidad, no debe querer enseñar nada. Pero la literatura tiene una gran función moral, porque muestra, narra una vida y, sin predicar (la literatura es lo opuesto a un sermón, un sermón no puede ser literatura) habla, en la concreta realidad de una persona, de la culpa o la libertad, del pecado o la generosidad. Joseph Conrad no nos hace sermones sobre el valor, pero contándonos la grandísima historia de Lord Jim nos muestra concretamente, sin predicar y sin querer enseñarnos ni prescribirnos nada, qué significa para un hombre, haber faltado, como le sucede al protagonista de su novela, a un deber moral y haber por tanto causado la ruina de otros hombres. La literatura tiene una gran función moral sólo en cuanto no se propone explícitamente una función pedagógica, pero enseña la moral indirectamente, contando historias, creando una atmósfera, una dimensión de la vida. Creo, además, que la educación moral es eficaz sólo cuando es indirecta, cuando no predica, pero muestra, o hace sentir, ciertos valores. Por ejemplo, mis padres no me dijeron explícitamente que no había que ser racista, tampoco me dijeron que no había que comer en el cuarto de baño; simplemente he crecido en un ambiente en el cual, a través del modo en el que mis padres trabajaban, se comportaban, se divertían con sus amigos, y cosas así, era impensable ser racista o comer los espaguetis en el cuarto de baño. Y esta creo que es la función de la literatura. Además, lo vemos también en el Evangelio: cuando los discípulos no comprenden la enunciación teórica de una verdad, Jesús cuenta una parábola, hace ver, tocar, muestra concretamente la moral resuelta y calada en la vida, como ocurre por ejemplo con el amor al prójimo de la parábola del buen samaritano. C.- Claudio, según Borges, el escritor, el literato, no es el creador sino el observador del misterio de la realidad, de las palabras escondidas de las cosas, ¿cómo se pueden aunar creación literaria y una necesaria humildad a la hora de la realización de una obra? CM.- Para mí, la humildad deriva del hecho de que escribir significa siempre transcribir algo que es más grande que quien escribe y de lo que se escribe. Es el caso también de una obra de arte. Narrar la historia de una persona que nace, se enamora, envejece, enferma, muere, es algo que da el sentido de "grandeza de la vida", a la que hay que acercarse con humildad. Así, Svevo decía que la vida es original, más de lo que puedan inventar los novelistas. Esta humildad, que impide cualquier tipo de narcisismo literario, exije la necesaria conciencia de la autonomía de la literatura en su proceder, en su modo de contar, de cambiar o variar las realidades del mundo que toma como pretexto para su representación. La literatura puede coger dos trozos de la realidad y combinarlos en un modo nuevo, sin ningún complejo. Pero esto no excluye aquella humildad del sentimiento. C.- ¿La literatura es capaz de interpretar toda la realidad? CM.- No, creo que no existe ninguna obra literaria y ni si quiera ninguna dimensión del espíritu humano que pueda representar toda la realidad. Ni la literatura, ni la música, ni la filosofía, ni siquiera la religión. Nosotros debemos tener la conciencia humilde de la relatividad de cada una de nuestras acciones y comprensiones; como dice el apóstol Pablo, vemos como en un espejo y a través de enigmas. No podemos ver la totalidad, la rosa del Paraíso dantesco. Tenemos que contentarnos, desde la humildad y la autoironía, con percibir los fragmentos, los reflejos de la realidad completa que nos es dado comprender. O sea, debemos aceptar en pleno nuestra existencia terrena, que condiciona también las más grandes obras de arte. Ni siquiera para el creyente más convencido, el Credo de su religión interpreta toda la realidad.

insignificancia a los que el individuo es reducido. Pero, como dice la Escritura, con esa piedra rechazada por los constructores se puede hacer incluso la piedra angular de la casa del Señor. O sea, descubrir en aquellos destinos mudos y pequeños, el gran destino: la pasión, el sentimiento, el significado, la grandeza de la vida. Así como en un pequeño charco se refleja el infinito del cielo, así el amor por lo pequeño es el amor más grande.