Número 26, noviembre 2001

A propósito de Kreutznaer,
Robinson y Viernes






La admirable peripecia, los extraordinarios esfuerzos, la casi ilimitada astucia, junto con la inaudita perseverancia de Robinson Crusoe han regocijado a los lectores desde hace casi trescientos años. La publicación en 1719 de The life and strange surprizing adventures of Robinson Crusoe marca, según algunos críticos, uno de los hitos de la novela moderna. Desde aquel año, muchas son las recreaciones, visitas y nuevas formas que este tema, casi me atrevería a llamarlo mito — Meletinszki así lo denomina - ha ido adquiriendo a lo largo del tiempo. La última recreación que conozco es la película Naúfrago de Tom Hanks. En ella el marinero aventurero y rico hacendado de Brasil que era Robinson se convierte en un ajetreado y apurado empleado de una empresa de mensajería. Siempre nervioso, viaja de una punta del mundo a otra sin tener tiempo para nada.

Pero si en el primero de los robinsones el personaje debía explicar sus orígenes, especialmente la difícil relación con su padre, en el caso de Naúfrago la referencia a los orígenes del personaje, a sus relaciones familiares o a sus raíces se ha perdido. Su única familia es la empresa a la que se dedica en cuerpo y alma. Entre las dos obras han pasado casi trescientos años y la conciencia europea y americana ha cambiado extraordinariamente. La mentalidad contemporánea, en cierto modo, se ha enorgullecido de ir en contra del padre. Será Robinson Crusoe quien describa a su progenitor en las primeras páginas de la novela, un hombre anciano, sabio, prudente, procedente de Bremen y de ahí el apellido alemán Kreutznaer que en Inglaterra pasa a ser Crusoe. Las recomendaciones que Kreutznaer hace a su descendiente, Crusoe, son un buen resumen del ideal burgués: mantenerse en el estado medio, conservar el "aura mediocritas" y que como explica "según su larga experiencia era el mejor estado del mundo, el más adecuado a la felicidad humana, que no estaba expuesto a las miserias y sinsabores, al trabajo y a los sufrimientos del estado manual de la humanidad, ni se veía tampoco dificultado por el orgullo, el lujo, la ambición y la envidia del estado superior". Parece lógico que el joven Robinson - tiene entonces dieciocho años - quiera romper con esa vida acomodada que, efectivamente, le puede procurar la seguridad pero que tapona su horizonte y defiende su existencia contra cualquier imprevisto. Siente, entonces, la pasión por el mar, por la aventura, por el riesgo y el peligro; experimenta la necesidad de conocer lo desconocido. Y así partirá lejos de su casa, sin el consentimiento paterno. Las aventuras que vive durante sus primeros años lejos del hogar, en las que corre el riesgo de perder la vida - se enfrenta con el furor del mar, conoce la traición, también el valor de la amistad, etc. - las vive como una maldición. En las ocasiones de peligro se desprecia a sí mismo por haberse escapado de la casa del padre y sueña arrepentido en volver, como nuevo hijo pródigo, a los brazos del padre pero esta fuerza por la aventura lo arrastra de nuevo al mar. Incluso llegará a despreciar la riqueza y opulencia obtenidas como hacendado en Brasil, el mar lo vuelve a llamar.

Y así, andando la narración, contada por el mismo héroe, llegamos a ese episodio crucial por el que se ha hecho famoso Robinson Crusoe, el naufragio que lo deja desnudo, descalzo, inerme frente al peligro, desvalido en las costas de una isla desconocida. En ese momento sólo ve a su alrededor, y son símbolos de su desolación, tres sombreros, una gorra y dos zapatos desparejados. Justo en ese instante se da cuenta de que está solo y que lo que cobra importancia son las cosas que le puedan ayudar a crear de nuevo un acomodo que le procure aquellos elementos — casa, alimento, vestido - a los que está acostumbrado y que le permitan una vida más fácil. Tras el naufragio se sigue respirando esa sensación de determinismo fatal que el protagonista atribuye a su peripecia. Su existencia se le presenta como el resultado de un castigo. Además, a partir de este momento, cambia ese enfrentamiento con la figura paterna. Parece que los remordimientos por la desobediencia se han rebajado. Sin embargo, en el desarrollo de la obra cobra importancia un elemento nuevo: la única salida posible para esta tortura que le produce el haber roto con el padre parece ser rehacer el orden heredado, volver a crear las condiciones, a partir de cero, de ese estado apacible y burgués al que había llegado Kreutznaer. La ruptura con sus raíces se produce en la primera parte de la novela, pero cuando Robinson Crusoe debe reconstruir su vida, empezar de nuevo y además, hacerlo sobre una cuartilla en blanco, sigue los modelos que ha visto en su casa. Es como si no tuviese alternativas o estuviese forzado a repetir lo ya conocido; por eso, la ruptura con el padre parece una rebeldía frustrada. Para ello, el narrador debe mostrarnos a nosotros lectores - y lo hace prodigiosamente - el sometimiento de la naturaleza al hombre. Robinson, aunque no quiera reconocerlo, está repitiendo, aunque ahora el narrador quiera demostrar a los lectores que lo hace solo, la creación de la civilización, es decir, cosecha, caza, cría de animales, agricultura, artesanado y orden social. Robinson nos señala que la civilización es fruto del trabajo terco y perseverante. La gran diferencia, entonces, entre Kreutznaer y Crusoe es que éste no cuenta con apoyos, no se sostiene sobre el legado de una tradición ni con compañeros de fatigas que le ayuden en su tarea. Casi me atrevería a decir que Robinson Crusoe es la demostración de la autonomía del hombre que no necesita del padre para lograr la civilización y el dominio de la naturaleza.

Como ya he dicho, las referencias al padre han disminuido, éstas ahora han tomado otra forma, se tornan increpaciones contra los hombres, es sintomático el temor que le produce una huella en la playa y que, casi en ningún momento, sienta nostalgia de amigos de dolores, antes al contrario, habla a menudo de la liberación que supone vivir sin la compañía de los hombres.

Esta alabanza de la autonomía humana se refleja con claridad en la relación con Viernes, el nativo al que enseña Robinson los hallazgos de la civilización, Pero ¡qué inmensa tristeza de relación! Entre ellos no existe la amistad, la enorme distancia de saberes aprendidos en la civilización está siempre presente, la relación es de vasallaje, jamás se atisba la amistad. Es casi inevitable rememorar la relación que más de un siglo antes recreaba Cervantes entre dos personajes de distinta clase y cultura pero a los que unía la amistad e igual dignidad, la del Quijote y Sancho. Es sencillo pensar, entonces que la relación con Viernes está truncada desde el momento en que la paternidad de Kreutznaer se frustró. No me refiero a que Robinson no pueda empezar de nuevo, sino a la ambigüedad de esta ruptura con el padre que se convierte en asimilación acrítica de lo recibido — el orden burgués - y en demostración individual de las fuerzas de este héroe que comienza ya a encarnar las características de un héroe poderoso, sabio, astuto... un superhombre que, por fin, no necesita de nada ni de nadie para construir de nuevo el mundo seguro del que viene en esa isla deshabitada. Por eso a Viernes no puede amarlo, sólo puede instruirlo.

En la adaptación protagonizada por Tom Hanks han cambiado muchos elementos pero dos son los que me interesa resaltar al hilo de mi argumento: el primero es que el personaje aparece ya sin padre, es un perfecto hombre autónomo, no tiene que luchar con lo que le precede, es un perfecto "self-made-man" y, sin embargo, con una extraordinaria necesidad de compañía. Entre las cosas que conserva están la fotografía de su novia y un balón de reglamento que, adecuadamente disfrazado, se convierte en un confidente imaginario. ¿No serán esto señales de la necesidad que tiene el hombre de una compañía humana? Aunque con un tono un poco sentimental, la película muestra el ocaso de la mentalidad iniciada en la modernidad europea en que se pensó que para ser hombre había que romper con cualquier vínculo, ya fuese éste anterior en el tiempo - es decir, la tradición - o contemporáneo - es decir una verdadera compañía humana que permita y ayude a criticar lo heredado, a amar la aventura y a construir lo venidero, entre otras muchas cosas.

Guadalupe Arbona Abascal