Número 26, noviembre 2001

La historia del coleccionista
de jardines






Esta historia me la contó mi abuelo, que a su vez se la había contado su abuelo, que decía que era auténtica y que le ocurió a un amigo suyo.

El amigo del abuelo de mi abuelo trabajaba como operario técnico del Ayuntamiento de Madrid, cargo, que como casi todos a principios del siglo XX, no tenía una función concreta, y lo mismo una mañana reparaba una letra de bronce de la placa en honor a los héroes del 2 de mayo que una tarde cambiaba las bombillas fundidas del tranvía Sol-Princesa.

Una mañana de noviembre le encargaron llenar las estanterías de las nuevas bibliotecas públicas que se habían construido al aire libre en el Retiro.

El Parque tenía ese olor a tierra mojada que no pasa por los pulmones sino que va directo a la memoria, y el color de hoja seca recordaba a fotografía vieja. Ni niñeras ni soldados, aquella mañana nadie paseaba excepto el operario técnico del Ayuntamiento de Madrid, que cargaba con las pesadas obras casi completas de Beníto Pérez Galdós. Autor muy recomendado para el pueblo desde la pérdida de Cuba y Filipinas.

La biblioteca, construida en ladrillo cocido y decorada con azulejos, se levantaba sobre la hierba como un monumento a la inocencia, esperando inmóvil e indefensa ser llenada de tesoros para después ser saqueda por piratas.

El operario técnico secaba las baldas de madera cuando se empezó a oír el sonido discontinuo de las primeras gotas de una tormenta, y como el otoño es implacable el amigo del abuelo de mi abuelo decidió refugiarse entre las ruinas de una antigua ermita que pocos años antes había ido a dar con sus piedras en el Retiro. Con la caja de los libros a cubierto sacó del bolsillo de su chaquetón de pana un cigarrillo, y mientras lo encendía se dio cuenta de que no estaba sólo. Sentado con la espalda apoyada sobre uno de los muros y su brazo sobre una mochila de lona verde, se encontraba un hombre con la cara cubierta por un sombrero de ala ancha, que tan solo dejaba asomar una cuidada barba del color de la plata.

-¿Le ocurre algo, señor? - Preguntó tímidamente el funcionario.

El hombre levantó ligeramente el ala de su sombrero dejando ver sus ojos azules, ese tipo de ojos son capaces de contarte historias que van más allá de los libros con una sola mirada.

- Estoy bien, gracias. Sólo escuchaba la lluvia.

- Usted no es de aquí, ¿verdad?

- Soy de donde estoy. - Contestó el hombre de ojos azules mientras se incorporaba ligeramente.- ¿Me da un cigarrillo?

- Es el último, lo siento, pero si quiere podemos compartir este.

- Se lo agradezco. Es curioso este lugar. ¿Usted sabe quién colocó estas ruinas aquí? - preguntó mientras saboreaba una calada del cigarro.

- ¡Yo! … bueno en realidad fuimos unos cuantos, en la primavera del 97. Cánovas del Castillo compró estas piedras por dieciocho mil pesetas a Don Emilio Rotondo con la intención de que su amigo, el arquitecto Ricardo Velásquez lo restaurara, ya ve usted que forma de tirar el dinero… ¿Sabe quién era Cánovas del Castillo?

- No- contestó mientras le pasaba el cigarrillo.

Pues mejor así, se lo aseguro. El caso es que las piedras estuvieron diez años sin que nadie las hiciera ni caso en el jardín del Museo Arqueológico, y desde allí que nos las trajimos. No nos pagan lo suficiente como para estar con caprichos.

- En cualquier caso, es un capricho que merecía la pena.

- Aquí descansó San Isidoro cuando trasladaron su cadáver de Sevilla a León. Esta ermita se encontraba a los pies de Ávila, fuera de sus murallas, pero de eso hace casi mil años, y ya nadie debe acordarse. El funcionario apagó el cigarrillo, pisándolo sobre la tierra, con la vista fija en la mirada de los ojos azules, adivinando lo mucho que debían haber visto. Pero seguramente le estaré aburriendo con mis historias.

- Me gusta sentarme a escuchar la música de la lluvia en los jardines, y aprender de las piedras, como usted dice. He recorrido muchos. El templo de Diana en Villa Borghese, los Jardines Acuáticos de Varsovia, El Diary de Central Park en Nueva York, las islas del Bois de Boulogne… pero en ninguno ha descansado como en este.

- ¿Y de qué vive usted?

- De los cigarrillos que alguien me da de vez en cuando. La vida es demasiado corta y son muchos los jardines que ver.

La lluvia dio una tregua y los dos hombres se despidieron con un apretón de manos, el tipo de los ojos azules recogió su mochila del suelo y el funcionario su caja de libros, que rápidamente colocó sobre las baldas de madera mojada por que se había hecho tarde para comer en Casa Ciriaco con sus compañeros del Ayuntamiento. Pero el amigo del abuelo de mi abuelo no acudió ese martes a comer la gallina en pepitoria de Casa Ciriaco. Desapareció sin decir nada a nadie, sin despedirse de la dueña de su pensión, y no se supo nada de él hasta que al cabo de unos meses, sus amigos empezaron a recibir postales de los mejores jardines del mundo.

Como era de esperar, los libros de Galdós duraron poco sobre las estanterías de madera, y con los años la ruina conquistó aquellas bibliotecas públicas, como antes los había hecho con la ermita románica de San Pelayo de Avila.

Ahora, casi cien años despues, en el Ayuntamiento se siguen recibiendo postales de jardines con la letra del amigo del abuelo de mi abuelo.

  José Cabanach