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Pido perdón por la reiterada intención del interrogante morboso. He rezado por aquellas víctimas y por los vivos que sufrirán las consecuencias. Estados Unidos es una nación que me merece tanto respeto como cualquier otra, en cuanto todos y cada uno de sus ciudadanos son portadores de dignidad y respeto. Sin embargo, mi reflexión quiere ir más allá de la "anécdota". Los hombres y mujeres del cualquier mundo de esta tierra globalizada, tenemos la tentación (una vez inmersos en la rutina del activismo y del codazo oportuno que nos hace avanzar un puesto más) de sacar conclusiones epidérmicas de aquello que consideramos fruto del mero progreso humano. Me explico: una vez puestos a cada uno la etiqueta correspondiente (léase buenos y malos, capitalistas y tercermundistas, tiranos y sometidos, Occidente e Islam,
), la lógica del momento nos lleva a buscar responsabilidades últimas (no me quedo en el trasunto del merecido castig Es el momento del instante (y valga la redundancia) el que, sin embargo, determina el ejercicio de mis reflexiones. Mi obrar, que es consecuencia de mi pensar (a no ser que mi único argumento sea el "estímulo-respuesta"), tiene como determinante formal mi propia libertad, y ya es hora de que aceptemos esta inexorable realidad. No podemos escondernos en las arenas de terceras responsabilidades, cuando en realidad (y ya lo decía alguien en el siglo V) las cosas del mundo no cambiarán hasta que sean testigos de mi propio cambio. El error nunca puede ser achacado a ningún dios (grande o menor), porque Dios ya se encarga de mantener las cosas en su existencia; y una de ellas no es otra sino el ejercicio de la libertad humana, y otra la de predisponer a las conciencias a tener conciencia de sí mismas. ¿Por qué habremos olvidado el gran principio de "haz el bien y evita el mal"? ¿No será que la corrupción que nos invade hace que soslayemos la única verdad que nos hace libres? Escribía un autor francés que el "instante" es mensajero de la huella de lo eterno en lo contingente. ¿Qué vemos a nuestro alrededor? Cada uno será capaz de poner a prueba su órgano ocular, pero de lo que no podremos apartarnos jamás es de la realidad más inmediata: uno mismo. Quizás nos tenemos tan sobradamente vistos que creemos conocernos lo suficiente, pero bueno sería preguntarse en que desperdiciamos los instantes de nuestra vida, cuáles los propósitos que nos animan a realizar esfuerzos descomunales por alcanzar el puesto que merecemos, cuánta la saliva gastaba por justificaciones inútiles, cuántas manos muertas que mendigaron reconocimiento a nuestra vanidad engreída. Me importa mucho, por último, la frase de aquel poeta levantino: "aún me queda la esperanza". Y la Esperanza de la que hablo la transcribo en mayúsculas
es aquella que pude ver (después de reiterados zappings en aquel martes negro de septiembre) cuando unos cuantos bomberos americanos que sabían que iban a morir a causa de su esfuerzo por salvar vidas (desproporcionadamente inútil, casi siempre, ante tal desmadre de escombros, ceniza y fuego), se acercaron a un sacerdote para pedir confesión
muchos sabían, repito, que no iban a volver, pero no quisieron cometer el último error de sus vidas; y su libertad quedó marcada a fuego cuando trascendieron el "instante", transformándolo en un diálogo con la misericordia de lo eterno. Juan Pedro Ortuño |