Número 25, octubre 2001

Aborto: la batalla que
se puede ganar





Reconozco que siento debilidad por Paul Johnson. Aunque algunos historiadores se resisten a otorgarle un lugar en el seno de su gremio, lo cierto es que Paul Johnson ha demostrado una capacidad historiográfica ciertamente muy superior a la de muchos especialistas. A él le debemos magníficas descripciones sobre la evolución histórica de los judíos, sobre el nacimiento del mundo contemporáneo y, muy especialmente, sobre la verdadera catadura de ese segmento social al que pomposamente se denomina "intelectuales". Ahora acaba de publicarse en España uno de los mejores libros de Johnson dedicado a la historia de los Estados Unidos. La obra resulta, desde luego, excepcional por la manera en que, de forma documentada, clara y sólida, deshace los tópicos que sobre esta nación se han tejido durante las últimas décadas. Nos recuerda, por ejemplo, que la democracia americana es incomprensible sin referirnos al sustrato cristiano de los padres peregrinos y que las grandes causas como la lucha contra la esclavitud jamás hubieran triunfado sin esa referencia. Sin embargo, lo más interesantes es, a mi juicio, la forma en que Johnson somete a una diatriba irresistible muchos de los mitos de lo políticamente correcto. Podría aducir varios ejemplos concretos pero me voy a detener por su carácter práctico en el del aborto. De creer a los ilustres "progres" que pretenden configurar un pensamiento único a su imagen y semejanza, el aborto no sólo constituye una conquista social sino que además está llamado a tener un apoyo estatal cada vez mayor vinculado a un respaldo social creciente. Que millones de personas en nuestro país y en todo el mundo han terminado por creer estas afirmaciones es innegable; que constituyen una suma de falacias es, en mi opinión, todavía más claro. En la obra de Johnson podemos ver que la lucha contra el aborto es un combate ético que permite diagnosticar la verdadera fibra moral de la sociedad. Así, las asociaciones pro-vida contemporáneas constituyen en su opinión el equivalente exacto de lo que fueron las sociedades anti-esclavistas en los Estados Unidos del siglo XIX. Su postura puede ser minoritaria, tiene en contra a buena parte de una sociedad engañada, moralmente tibia o incluso perversa, pero, poco a poco, está llamada a tener éxito. Su actividad firme y resuelta, dotada de esa seguridad que sólo proporciona saber que se combate por lo más sagrado, ha permitido en las dos últimas décadas que en Estados Unidos, a diferencia de lo que sucede en el resto del mundo, el número de abortos no sólo no se haya incrementado sino que se haya reducido anualmente en torno a un cuarto de millón de casos. Frente a una sociedad infectada de lo "políticamente correcto", la lucha contra el aborto es una brega, dura e ingrata en la que, día a día, hay que cargar con la cruz de la ciega incomprensión, la burla mezquina o el desdén progre. A fín de cuentas, ¿quién desea ser tachado de antiguo en medio de una sociedad que adora lo novedoso y lo juvenil sea como sea? Sin embargo, el enfrentamiento con el abortismo no es una guerra perdida. Más bien todo lo contrario. Igual que la lucha contra el esclavismo del siglo XIX o que la oposición al nazismo y al comunismo durante el siglo XX, puede ser difícil y, en ocasiones, parecer desesperado, pero está llamado a triunfar. Los pro-abortistas, en lo más íntimo de su ser, así lo saben. De lo contrario, permitirían un debate libre sobre el tema y que en televisión, a una hora de máxima audiencia, se proyectara un documental en el que la población pudiera ver los sufrimientos de un feto inocente cuando es objeto de un aborto.

César Vidal