![]() Todavía sigue sin alejarse el espectro de aquella desasosegante jornada del 11 de septiembre, como una niña que no se despega de las faldas de su madre y le reclama atención. Hubo banderas de EEUU en muchos balcones de Madrid (aspecto absolutamente inusitado de nuestra geografía) y el Metro, acostumbrado a viajeros aburridos que matan el tiempo entre D. Steel, J. Grisham y N. Gordon, amaneció cargadito de lectores de periódicos. Nadie se atrevía a distraerse con la ficción. Apareció la sombra de la superchería de Nostradamus (como que el Anticristo vendría con bufanda en la cabeza, en "clara" alusión a Bin Laden, ya ves tú) y a los psiquiatras se les llenó la consulta con pacientes que iniciaron la jornada del día después con una ansiedad desconocida. Hubo frivolidades palmarias, como la famosa oración multi-religiosa en la catedral de Washington, en la que el presidente Bush soltó su speech político aludiendo al ardor del pueblo americano en un contexto que tenía que haber sido exclusivamente contemplativo. ¡Qué diferencia con aquel espléndido encuentro en Asís de hace unos años! En él, el Papa Juan Pablo II se dio la mano de un muftí musulmán, de un lama budista, de un indio navajo... no por montar la parafernalia del sincretismo sino por ofrecer la ocasión de rezar uno al lado del otro, siempre en el respeto del otro. De la barbarie terrorista del mes pasado se extraen un par de conclusiones, no se puede satanizar al Islam sino al terrorismo, venga de donde venga (que se lo digan a los yanquis, que padecieron recientemente el latigazo del vandalismo fundamentalista de la mano de Mac Veigh, un chico de su propia parcela); y no se puede acusar a la religión de venero y caldo de cultivo del integrismo. Todo fundamentalismo religioso es una caricatura de la religión, su cadáver en descomposición. Por eso, sonaban extraños algunos comentarios de periodistas, de presunto temple, cuando decían que el atentado terrorista de las gemelas fue un crimen de la teología contra la tecnología, o que la fe mueve montañas y también aviones para matar. El mismísimo director español Alejandro Amenábar, en declaraciones a los medios en los días del estreno de Los Otros, dijo que en el papel de Nicole Kidman había querido expresar en imágenes toda una definición de la religión: un mundo rodeado de oscurantismo, irracionalidad, obsesión, dureza, ceguera, intransigencia... ¿Y ahora, qué hacemos?, pues además de tomar las oportunas medidas antiterroristas habrá que afrontar el reto definitivo de un diálogo serio con el mundo musulmán, como así ha comentado Andrea Riccardi. Andrea Riccardi es el fundador de una comunidad cristiana católica denominada San Egidio que ha sido nominada para el premio Nobel de la Paz gracias a su labor infatigable para el dialogo entre distintas partes en sit |