Número 25, octubre 2001

Siempre el diálogo





T
odavía sigue sin alejarse el espectro de aquella desasosegante jornada del 11 de septiembre, como una niña que no se despega de las faldas de su madre y le reclama atención. Hubo banderas de EEUU en muchos balcones de Madrid (aspecto absolutamente inusitado de nuestra geografía) y el Metro, acostumbrado a viajeros aburridos que matan el tiempo entre D. Steel, J. Grisham y N. Gordon, amaneció cargadito de lectores de periódicos. Nadie se atrevía a distraerse con la ficción. Apareció la sombra de la superchería de Nostradamus (como que el Anticristo vendría con bufanda en la cabeza, en "clara" alusión a Bin Laden, ya ves tú) y a los psiquiatras se les llenó la consulta con pacientes que iniciaron la jornada del día después con una ansiedad desconocida. Hubo frivolidades palmarias, como la famosa oración multi-religiosa en la catedral de Washington, en la que el presidente Bush soltó su speech político aludiendo al ardor del pueblo americano en un contexto que tenía que haber sido exclusivamente contemplativo. ¡Qué diferencia con aquel espléndido encuentro en Asís de hace unos años! En él, el Papa Juan Pablo II se dio la mano de un muftí musulmán, de un lama budista, de un indio navajo... no por montar la parafernalia del sincretismo sino por ofrecer la ocasión de rezar uno al lado del otro, siempre en el respeto del otro.

De la barbarie terrorista del mes pasado se extraen un par de conclusiones, no se puede satanizar al Islam sino al terrorismo, venga de donde venga (que se lo digan a los yanquis, que padecieron recientemente el latigazo del vandalismo fundamentalista de la mano de Mac Veigh, un chico de su propia parcela); y no se puede acusar a la religión de venero y caldo de cultivo del integrismo. Todo fundamentalismo religioso es una caricatura de la religión, su cadáver en descomposición. Por eso, sonaban extraños algunos comentarios de periodistas, de presunto temple, cuando decían que el atentado terrorista de las gemelas fue un crimen de la teología contra la tecnología, o que la fe mueve montañas y también aviones para matar. El mismísimo director español Alejandro Amenábar, en declaraciones a los medios en los días del estreno de Los Otros, dijo que en el papel de Nicole Kidman había querido expresar en imágenes toda una definición de la religión: un mundo rodeado de oscurantismo, irracionalidad, obsesión, dureza, ceguera, intransigencia...

¿Y ahora, qué hacemos?, pues además de tomar las oportunas medidas antiterroristas habrá que afrontar el reto definitivo de un diálogo serio con el mundo musulmán, como así ha comentado Andrea Riccardi. Andrea Riccardi es el fundador de una comunidad cristiana católica denominada San Egidio que ha sido nominada para el premio Nobel de la Paz gracias a su labor infatigable para el dialogo entre distintas partes en situaciones conflictivas. Ellos fueron los intermediarios del acuerdo de paz en Mozambique, que se firmó el 4 de octubre de 1992 en Roma, tras 27 meses de arduas negociaciones. "Nuestra fuerza moral - dijo entonces Riccardi - fue la de ser realmente la voz, la única voz de las poblaciones afectadas". El espíritu de San Egidio ha hecho posible un diálogo fructífero entre el Islam y la fe cristiana. "Nos hemos conocido mejor y hemos puesto sobre la mesa algunos problemas concretos. Entre otras cosas, tenemos que trabajar para que los diversos estados musulmanes aseguren a las minorías religiosas unas mejores condiciones de existencia y garanticen la alternancia de los regímenes mediante el voto. No hay alternativa al diálogo, a un diálogo serio. De no ser así, ¿qué se puede hacer?, ¿construir un muro? O existe la lógica del bloque contra bloque, o la del diálogo. En mi opinión es perjudicial e infantil la actitud que consiste en agitar el espantapájaros del Islam. ¿Para llegar a qué? ¿A la organización de una cruzada europea? El diálogo tiene que ser firme y fuerte. Nuestro secreto no es ni la fuerza militar ni la económica. Nosotros podemos dar un testimonio de fuerza moral, de fuerza de civilización que después de todo es una fuerza de amor".