![]() George Steiner en uno de sus artículos afirma que "nuestra civilización de hoy es, en puntos decisivos, una civilización después de la palabra". Esta afirmación aparentemente genérica se traduce en un abandono -práctico, no teórico- de la lectura y, consecuentemente, de estima por los libros. De hecho los datos de las estadísticas son elocuentes, a pesar del elevado número de títulos publicados en España, los índices de lectura descienden sin parar. Parece que la decisión de emprender la lectura de un libro entraña fatigas, esfuerzos y pocas esperanzas de compensación. ¿Qué es lo que ha pasado, por qué un libro hace bien poco era un bien precioso y hoy uno de los graves problemas de las editoriales es saldar o destruir los fondos que de ser nuevos pasan en poco tiempo a ser un estorbo? ¿Por qué los libros son mirados con recelo, casi de reojo y rehusando todo lo que huele a clásico, como si clásico fuese sinónimo de tedioso? El libro se ha convertido en un objeto molesto y ajeno, y eso en el mejor de los casos, y si se exceptúa algún best-seller que se estructura con la gramática del serial televisivo o en el caso de que guarden alguna relación con la dinámica de la película de aventuras. Sería fácil echarle la culpa a la cultura de la imagen. Casi todos lo piensan: después de la palabra, la imagen. Ya no se lee, dicen algunos, porque la palabra ha sido sustituida por la imagen. Demasiado simplificadora esta respuesta, e ingenua, porque la palabra crea imágenes. El problema no es la competencia del mundo visual, que bienvenido sea, la cuestión es más profunda y radica en la terrible escisión que se ha producido ente palabra y mundo, entre lenguaje y realidad, como señala el reciente Premio Príncipe de Asturias de Humanidades. Ya para Kant el realismo inocente de poder nombrar lo que se ve aparece herido de muerte; después llegó el refuerzo del psicoanálisis que vino a fortalecer la desconfianza en la palabra, cualquier historia o relato parecía encubrir una colección de oscuras pulsiones. A estos dos movimientos se añaden la campaña emprendida por el universalismo cien Este abismo entre mundo y palabra ha sido testimoniado dolorosamente por algunos, baste pensar en Finnegans Wake de Joyce, donde las lenguas se dehacen; en La tierra baldía de T.S. Eliot, poema en el que describe esa Europa desolada y sin primaveras. Y de manera diferente, esta disociación se refleja en ese mundo que busca perpetuar un tiempo autónomo y autosuficiente de En busca del tiempo perdido de Proust. O esos terribles libros que Kafka quería que fuesen como "hachas que quiebren la mar helada que llevamos dentro". Son distintas formas de describir el dolor de un mundo quebrado en su inocencia primera. Pero todo empezó antes y esto son destellos elegíacos o proféticos de un proceso que quiso negar la misteriosa, que no inexistente, relación entre ficción y realidad. Y con esta fractura se perdía la confianza en poder nombrar las cosas, explicarlas con parábolas, fantasear a partir de ellas, preguntarse por el sentido, denunciar sus miserias, jugar con agradecimiento o divertirse con sus gracias. Mientras esto ocurría, el receptor moderno de palabras literarias, heredero del que asistía al teatro de Epidauro subvencionado por el gobierno ateniense, o el atento receptor de las gestas de sus héroes o de las aventuras de los caballeros andantes, o incluso el lector cuya única compañía era el libro pero del que hablaba a amigos y enemigos, ha ido perdiendo su interés por la lectura. "En nuestra sociedad ya no se habla de libros", me decía no hace mucho un editor de una de las casa editoriales más importantes de España. ¿Ha sido porque el lector actual es incapaz de hacer cuentas con lo desconocido, con historias ajenas o ha sido porque se le han dejado de ofrecer "historias fabulosas"? Decía Cervantes que eso era la novela, que lleguen al "entendimiento del que las leyere". ¿Ha sido porque la lectura es una actividad en desuso y para raros o es que literatura ha dejado de contar, embellecer, perturbar, aclarar, en definitiva constituir un acontecimiento de tal naturaleza que no se pueda dejar de hacer porque abandonándola perderíamos media vida? ¿O es qué el lector cansado de buscar en los libros una historia bien contada, una experiencia significativa, un planteamiento, nudo y desenlace que le aclare algo de lo que él padece, ha tirado la toalla o, casi con la misma desidia que vergüenza, sigue comprando libros que nunca acaba y de los que es incapaz de decir algo significativo? Pero además de molesto por ajeno, el libro es innecesario. La sensación de saciedad informativa que nos procuran los medios y lo colmados de conocimientos que nos sentimos con la facilidad de poder viajar a cualquier lugar del mundo hacen esforzadísimo amén de superfluo el trabajo de la lectura. ¿Qué necesidad tenemos de viajar a Liliput, a Blefuscu o al país de los Houyhnhnms con Gulliver cuándo podemos viajar a las antípodas con bastante comodidad y sin que nos guíe la pluma de Swift? ¿Cómo encontrar deleite en la búsqueda infatigable y en salvar multitud de peligros para lograr la unidad de dos amantes, tales como Persiles y Segismunda, cuando sabemos que a Roma se viaja sin temor a naufragios y piraterías y por poco dinero? ¿Qué nos puede interesar la traición de Macbeth cuando estamos cansados de vilezas e infamias? El libro deja de ser ajeno cuando el mundo que refleja es elocuente para nuestra experiencia; cuando se convierte en una verdadera experiencia estética de participación en algo que antes no teníamos. De pronto, ante nosotros aparece el libro con su prodigiosa estructura material: la página de papel, blanca, lisa de la que nacen - en negro- amores y muerte, contemplaciones y rebeliones, amigos y enemigos. Así comienza a ser necesario cuando admitimos, como el niño que reclama el cuento de los labios de su madre, que nos adentramos en un mundo, en una experiencia, en una situación que no hemos generado nosotros, cuyo recorrido tenemos que aprender a descubrir, y del que desconocemos el final. Ya lo decía C.S. Lewis, la lectura es una aventura sólo si es equiparable con un paseo en bicicleta por caminos desconocidos y guiados por alguien que ya los conoce. A esta actividad la llama recibir -en el sentido activo del término, participar de lo que se recibe- la obra de arte. Lo contrario es montar en bicicleta, con un motor añadido, por caminos ya trillados. A esto lo llama usar la obra de arte. Solamente es posible abrir y pasar las páginas de un libro cuando nos sentimos necesitados de más mundos, cuando anhelamos más tiempos, cuando queremos codearnos con reyes traidores, con enanos liliputienses o paraísos fantásticos, cuando se quiere sufrir y gozar de nuevo con los amores de dos que se juraron amor eterno o descubrir algo más de nosotros mismos, de nuestras aspiraciones y melancolías y de quién las ha satisfecho En definitiva, esos ajenos e innecesarios objetos dejan de serlo cuando con ellos queremos poseer un poco más este mundo, que no es "ancho y ajeno" sino grande y desafiante, y poseerlo un poco más con las palabras. Guadalupe Arbona Abascal |