Número 24, junio 2001

La osadía de la verdad


Es cuestión de pasión. "Una de las pasiones más fuertes en el hombre de genio —decía Laplace- es el amor por la verdad". El vigor, la audacia y la tenacidad, hace de todo joven un hombre de genio. Y un hombre de genio quiere vencer, quiere alcanzar la meta de la victoria. La victoria es, en definitiva, la verdad de la vida. Así lo expresó el joven e inquieto Agustín de Hipona: "únicamente la verdad alcanza la victoria; la victoria de la verdad es el amor". Pero.. ¿qué es la verdad?

Que la Tierra gira alrededor del Sol ya nadie lo discute. Es una realidad objetiva, científica, una verdad que se tiene con certeza. Sin embargo, esto no siempre fue así. No hay más que remontarse unos siglos atrás, periodo ciertamente breve si se considera la edad de las galaxias o de nuestro propio planeta, para caer en la cuenta de que la teoría heliocéntrica tardó mucho tiempo en imponerse. Esto ocurrió así porque la humanidad mantuvo durante épocas una idea equivocada, una opinión falsa sobre el funcionamiento de nuestro sistema solar.

No es que la verdad del sol, como centro de nuestro sistema, no fuese tal hace siglos. Lo que ocurre es que el hombre descubrió esta verdad en un determinado momento histórico, como fruto de su inquietud de saber y de su búsqueda de certezas. Como es obvio la conquista de esta verdad objetivable no resultó fácil, pues siempre sorprende que alguien se oponga o enfrente al pensamiento dominante, a la tesis generalmente admitida sin discusión alguna.

Semejantes posturas acomodaticias no suelen plantear grandes problemas, dado que seguir la opinión mayoritariamente aceptada no entraña riesgos de desviación de lo que se considera normal. Esta aparente comodidad conlleva, sin embargo, un riesgo: el cercenar la capacidad del hombre para aproximarse a la verdad de las cosas, una actitud que exige valentía para elevarse sobre la común opinión, vulgar la mayoría de las veces.

Este peligro es todavía mayor si, como sucede en la actualidad, el pensamiento dominante se construye sobre la base de una desmedida defensa de la autonomía del hombre, de su libertad absoluta. Así entendida la libertad, se convierte en un fin en sí misma y no en un instrumento que faculta al hombre para alcanzar su dignidad de persona.

Resulta, pues, que hay que ser libres en el sentido en que marca el pensamiento dominante: libres para elegir lo que apetezca, lo que más satisfacción produzca, lo que más dinero genere, todo aquello que adormezca esa chispa de anhelo de verdad que el hombre lleva dentro.

Es como si todo girase en torno a un "yo" omnipresente. Se busca "mi" apetencia, "mi" satisfacción, "mi" capacidad adquisitiva, "mi" seguridad aparente que evite inútiles preocupaciones. Todo lo más, se opta por algún tipo de apoyo a determinadas asociaciones humanitarias que acalle la posibilidad de una protesta que surja del fondo del corazón.

Estorba la verdad, molesta que alguien proponga el "giro copernicano" de hacer ver que el "yo" no es el centro del sistema humano, sino un punto de partida para indagar cuál haya de ser el verdadero centro del actuar y del querer del hombre.