Número 25, octubre 2001

Seis duros por un casino


Hay pocas cosas que pesen tanto como los libros, y aquellos libros pesaban más que cualquier otro. Hasta los caballos parecían aliviarse al ver cómo los mozos descargaban las cajas una tras otra y las dejaban cuidadosamente sobre la acera de la calle de Alcalá, bajo la atenta mirada de un hombrecillo de bigote fino con traje oscuro vigilando que ninguna se golpeara.

Aquel parecía que iba a ser el destino definitivo de aquellos libros que llevaban más de medio siglo peregrinando por el centro de Madrid, entre revoluciones, monarquías, golpes de Estado y veladores de café.

Muy lejos quedaba aquel destartalado piso de la calle Visitación esquina con Príncipe, donde Fernando Fernández de Córdoba, Mariano Girón, Fernando Fernández de la Peña y Carlos Latorre decidieron fundar una sociedad denominándola Casino, por primera vez en España, con un capital de seis duros de los del frío enero de 1836.

Ahora, alguno de los libros que Pedro estaba descargando, ya valían los seis duros, que era algo más de lo que él y su amigo, reclutados en Embajadores, iban a cobrar por el transporte.

El "todo Madrid" de 1910 estaba pendiente de la inauguración de la nueva sede del Casino, atrás quedaba el polémico concurso que los socios-propietarios habían convocado once años antes, y que dividió a los madrileños entre los que deseaban un estilo europeo, más acorde con los tiempos, y los que defendían una arquitectura más ligada a la tradición ibérica. Hasta tal punto llegaron las discusiones, que el proyecto ganador firmado por el francés Tronchet, tuvo que compartir gloria con el resto de españoles que participaban, ya que la sociedad se vio obligada a comprar todos los proyectos, incluido el de Antonio Palacios, y encargar a Los Farge, padre e hijo, que los refundieran en uno solo que contentara a todos.

Poco les importaba la "gloria" a Pedro y su amigo Cosme cada vez que tenían que levantar aquellas pesadas cajas llenas de libros de plomo y no de papel.

-¿Un pitillito Pedro?- preguntó Cosme cuando bajaron la última caja del carro.

-¡Si invitas! - respondió mientras sacaba un pañuelo para secarse el sudor.

-Pero señores, por el amor de Dios, ¿qué hacen ahí sentados?- interrumpió nervioso el hombrecillo de bigote fino -. No se dan cuenta de que estos libros no pueden estar en medio de la calle.

-De eso estoy seguro- contestó Pedro mientras se liaba el cigarrillo -. Y también de que usted se los ha leído casi todos, pero de uno en uno. Nosotros acabamos de traerlos todos, y de una vez.

Poco imaginaban, incluido el hombrecillo del bigote fino, las historias de que habían sido testigos aquellos libros, casi tanto como la mesa de billar francés que ya llevaba varios años incinerada en cualquier estufa de pensión. Conspiraciones y alzamientos en el tresillo del local de la calle del Príncipe, cuando el general Prim, entre risas joviales y rostro sereno, planeó una intentona contra Espartero, mientras que el Marqués de Salamanca, que por entonces no era marqués, sino un diputado recién llegado de Málaga, joven, elegante y capaz de seducir con la mirada, comenzaba a ser conocido en el mundo de la política, los negocios y las carambolas que practicaba en el Casino cada noche.

Pedro y Cosme fueron, con toda seguridad, los primeros madrileños sin relación con el Casino en pisar su interior, donde no quedaba un solo rincón que no estuviera cubierto por la elegancia. A Pedro casi se le cayó la caja que llevaba sobre el hombro al contemplar la impresionante escalera principal, que en ese momento estaba siendo forrada con alfombras rojas, mientras el servicio, uniformado de inmaculado blanco, se afanaba en limpiar y sacar brillo a cristaleras, lámparas y pasamanos cromado en oro, con las prisas y los nervios propios de un estreno. Poco tenía que ver todo aquello con la palabra prestada del italiano y que significa casa de pueblo.

Un tipo, delgado, moreno y con espeso bigote que gastaba cuello rígido en su camisa, ayudó a los mozos a desprenderse de las cajas mientras sostenía un cigarrillo entre sus labios.

-Muchas gracias don Julio — dijo Pedro mientras le estrechaba la mano.

-¿Me conoce? — preguntó extrañado el improvisado ayudante.

-Usted es Julio Romero de Torres, le he visto alguna vez por la cristalera del Gijón, a mi novia le encantan sus cuadros.

-¿Y a usted?

-Yo... yo no entiendo mucho don Julio, a mí me gustan más sus modelos. Eso si que son mujeres guapas.

-Estoy de acuerdo- respondió sonriendo -. La próxima vez que me vea en el Gijón estaré encantado de invitarle a un café y presentarle a alguna de ellas. Cuando suban a dejar los libros en la biblioteca fíjese en lo que he pintado, a lo mejor ya le empiezan a gustar más mis cuadros.

-Descuide - contestó Pedro.

Aquellos libros que ya habían correteado de Visitación a Príncipe, y ahora subían por las suntuosas escaleras de Alcalá, se habían trasladado años antes al veintinueve de la Carrera de San Jerónimo, ocupando una palaciega casa del Marqués de Santiago sobre el popular café La Ibérica. Fue allí donde Cánovas del Castillo entró como socio y donde, el por entonces Ministro de Hacienda y luego premio Nobel de Literatura, don José Echegaray, tuvo que refugiarse para no ser linchado por las masas en las revueltas de 1873.

Demasiadas cosas habían visto aquellos libros que se trasladaron a la última biblioteca del Casino de Madrid, no menos de las que aún les quedaban por ver.

El día de su apertura Madrid se vistió de gala mientras Pedro y Cosme se gastaban sus seis duros en Vistillas. Menos quince céntimos que les costó un libro de aventuras de segunda mano que compraron en la calle del Olmo.

  José Cabanach