![]() Mil novecientos cuarenta y cinco fue un año duro, frío y sobre todo, triste. Todos esperábamos que los chicos de la División Azul regresaran de un momento a otro, pero no volvían. Quien mas y quien menos oía rumores. Por aquella época Madrid era una ciudad plagada de rumores, en la que todo se hablaba en voz baja. Unos decían que jamás les dejarían salir de Rusia, otros, que ya estaban de camino. Rumores, siempre rumores, pero nadie volvía. Llegué del sur para hacer fortuna, siempre se viaja hacia el norte si se quiere hacer fortuna. Mi padre, que había luchado en la Casa de Campo en el 37, me hablaba siempre de Madrid como si se tratara de América, la tierra de las oportunidades. Y cuando murió, me pareció que se soltaban las amarras, y un billete de tercera me trajo hasta la estación de Delicias. Setenta y cinco pesetas y la dirección de una casa de huéspedes de la Plaza del Progreso eran todo lo que llenaban mis bolsillos. La aventura de desembarcar en una ciudad desconocida comienza por comer, y yo quería conservar mi dinero el máximo tiempo que me fuera posible, pero el hambre en la ciudad aprieta lo mismo que en el campo, y según bajaba por Mesón de Paredes en busca de una taberna económica, el cartel de Una torrija a 15 céntimos, me hizo pasar por primera vez a Casa Antonio, y desde entonces no dejé de hacerlo ni un solo día en mi vida. Sobre la oscuridad del local destacaban los brillos de la barra de cinc, que un camarero se encargaba de pulir con su bayeta.
Buenos días - me contestó el camarero poniendo la bayeta sobre su hombro derecho. - ¿Qué va a ser? Una torrija, por favor. En la mesa de la esquina, frente a la cabeza disecada de un toro que se llamó Fogonero, estaba sentado un señor leyendo el ABC, mientras se rascaba la cabeza por debajo de su boina. El camarero puso la torrija en un plato blanco sobre la barra de cinc. ¿Algo para beber? - preguntó - ¿Un vino de la casa? Pensé que quince céntimos eran suficientes para hacer callar a mí estomago y rechacé el vino que me hubiera bebido de buena gana. Me senté en un banco de madera que estaba junto a la mesa del lector. Dobló cuidadosamente su periódico mientras murmuraba algo entre dientes, como resignado. ¿Le gusta Madrid, joven? - me preguntó sin presentarse. ¿Tanto se nota que no soy de aquí? Joven, nadie de Madrid se comería una de esas torrijas sin acompañarla con un buen trago de vino.- Replicó soltando una carcajada. ¡Don Ignacio! ¡Por Dios!- dijo el camarero -. Qué va a pensar el muchacho. El hombre se levantó y puso un billete de veinticinco pesetas sobre la barra. Ponle al chico un vaso de vino y otra torrija, y cóbrate lo mío también. No es necesario, muchas gracias - contesté desde mi mesa. Seguro que te veré mucho por aquí, ya tendrás oportunidad de devolverme la invitación. Así fue mi primera comida en Madrid, dos torrijas y un vino que me supo a gloria. El local tenía las paredes cubiertas con pinturas de toros y toreros ahumados por el tiempo y el tabaco. Sobre ellas, sin aparente orden, una colección de óleos a caballo entre Goya y El Greco. Uno de los cuadros era un retrato del hombre de la boina, aunque con unos cuantos años menos, al pie tenía una dedicatoria que decía: "Al buen torero y buen pintor, del mal torero y mal pintor. Ignacio Zuloaga". No tardé mucho tiempo en encontrar trabajo como linotipista en una imprenta de la calle de la Palma, y volví a Casa Antonio con la intención de saldar mi deuda. Zuloaga estaba al mando de una animada tertulia, esta vez en la parte interior, alejado de la puerta. El camarero, que me recordaba como el chico de la torrija, me contó que don Ignacio no faltaba un solo día, allí se reunía con pintores, escritores, toreros o simplemente amigos. Don Ignacio, que estaba de espaldas, debió reconocer mi voz y se levantó para invitarme a su mesa como si nos conociéramos desde hacia tiempo. Me presentó a sus compañeros, entre los que estaba Antonio Sánchez, dueño de la taberna, heredada de su padre, torero y pintor. Muchacho, la otra mañana me recordaste a mí el primer día que entré a un café de París cuando fui allí a estudiar. Y de eso hace mucho tiempo ya. Todos rieron y enseguida me acomodé en una de las sillas. Con el tiempo me hice asiduo de aquella tertulia, aprendí todo lo que no me enseñaron en la escuela, aprendí a pensar en libertad y a decir lo que pensaba. Zuloaga llenó el hueco que había dejado mi padre, y cada minuto que tenía libre lo dedicaba a observar como llenaba de color sus últimas telas en el estudio de las Vistillas. Aunque por aquel entonces aún no lo sabía, en pocos meses me había hecho mayor. Y cuando Don Ignacio murió, ese mismo año de mil novecientos cuarenta y cinco, noté que mis amarras ya no se soltaban. La taberna no volvió a ser la misma, ni las tertulias... ni yo. Los compañeros colocamos una placa sobre el lugar que él solía ocupar, y durante algún tiempo las torrijas no me supieron igual. Ahora, soy yo el que lee el periódico cada mañana y recuerdo todo lo que aprendí sobre las mesas de la Taberna de Antonio Sánchez. José Cabanach |