No debería sucederme porque, a fín de cuentas, vivo de manejar las palabras e incluso de escribirlas. Aún así me pasa. No deja de causarme sorpresa la manera en que ciertos términos se despegan de su sentido original, adquieren un significado nuevo y presuntamente positivo y, al final, se convierten en una mentira nada inocente. Un ejemplo de lo que estoy señalando se encuentra en palabras como transgresión o transgresor. Etimológicamente, el significado de estas palabras era profundamente negativo en la medida en que implicaba la ruptura de la ley. Un transgresor podía ser el ladrón, el violador o el asesino y, precisamente por ello, ser denominado de esa manera implicaba un nada dudoso insulto. De repente, sin embargo, la palabra transgresor recibió hace unos años un contenido nuevo y positivo. Lo trangresor pasó a ser lo que chocaba con lo aceptado, con lo normal, con lo establecido y, precisamente por ello, se convirtió en magnífico. El cine de Almodóvar era transgresor fundamentalmente porque en términos estéticos resulta espeluznante y porque sus personajes son marginales, profundamente desagradables. ¿Era trangresor? ¡Pues era bueno! El movimiento gay se convirtió en transgresor porque no sólo se enfrentaba con una visión milenaria de la sexualidad sino que además pretendía provocar cambios legales que socavaban directamente la posición de la familia. ¿Era transgresor? ¡Pues era bueno! Apoyar el aborto se convirtió en un valiente acto transgresor en la medida en que arrancaba del orden social la protección de la vida del no-nato y entregaba en exclusiva a la madre tal decisión permitiendo y legitimando que le privara de la existencia. ¿Era transgresor? ¡Pues era bueno! No sólo bueno. Además gozaba del aliciente - tan querido para tantos jóvenes y para tantos que pretenden seguir siéndolo - de lo prohibido, lo rechazado, lo atrevido. Lo grave es que esa versión de lo transgresor ha terminado primando sobre cualquier otra consideración y laminando todo lo opuesto a la misma. Ese sectarismo propio de los supuestamente transgresores es lo que, al fín y a la postre, ha tergiversado totalmente el nuevo sentido de la palabra. En realidad, ser transgresor hoy en día no es propugnar la promiscuidad sexual sino abogar por la castidad. Ser transgresor hoy en día no es apoyar el aborto libre y gratuito sino apoyar la defensa y la esperanza de vida de los aún no nacidos. Ser transgresor hoy en día es reconocer el sello indeleble de trascendencia que tiene esta vida frente a los que consideran que lo transgresor es ser ateo o agnótico. Ser transgresor hoy en día es optar por la sensatez y el sentido común frente a la demagogia y la repetición de fórmulas sociales rancias. Ser transgresor hoy en día es preguntarse lo que se puede dar a la sociedad en lugar de buscar lo que la sociedad puede darnos. Ser transgresor hoy en día es, a fín de cuentas, todo lo contrario de lo que, por regla general, se cree que significa ser transgresor. No sé cómo lo consiguen pero parece una ley histórica que los progres de ayer acaben siendo los carcas de hoy y de mañana.