Número 28, enero 2002


A VUELTAS CON EL EVOLUCIONISMO

El tema de la evolución siempre es actualidad y tiene muchos flecos y flequillos a los que conviene echar un vistazo detenidamente. Por ejemplo: la evolución y la condición moral del ser humano. En el libro Descent of man, publicado después del Origen de las especies, Darwin consideraba la moralidad del hombre como un mero producto de la evolución, un efecto más de la selección natural. Nuestras facultades morales no nos son inherentes sino que provienen del elemento social. En este punto mantenía el mismo criterio de Hobbes, Locke y Rousseau: somos naturalmente asociales y amorales, sólo con la evolución histórica conseguimos ser sociales y morales. Para Darwin la conciencia, la que nos advierte de lo que está bien y mal, es el resultado de la selección natural. Tenía la típica concepción del siglo XIX en cuanto a la idea del progreso moral. "Esperamos - comentaba - que los hábitos virtuosos crecerán con fuerza y llegarán a triunfar".

Pero para Darwin la evolución de la moralidad exigía la exterminación de individuos y razas menos preparadas, era lógico que así lo pensara por el criterio ciego de la selección natural. Donde había prevalecido el principio, defendido por el filósofo Santo Tomás, de la ley natural como esa realidad que pertenecía a cada ser humano independientemente de su raza (ya que todos somos la misma especie), Darwin diferenciaba razas como si fueran especies distintas. Por ejemplo, para él existía una gran diferencia entre los aborígenes americanos, los negros y los europeos, y hacía de estos el grupo emergente, la especie distintiva y dominante que hará que las demás se extinguirán. Esta selección natural en Darwin funcionaba no sólo entre razas sino entre los mismos individuos. Mantenía que en el hombre salvaje las cualidades morales e intelectuales no estaban tan desarrolladas como en el civilizado, y eran carne de cañón para su desaparición.

¡Caramba con Darwin! Pero lo más triste es que Juan Luis Arsuaga, uno de los paleoantropólogos más reputados de nuestro país, dedica su última obra, El enigma de la esfinge, a hacer todo un elogio del darwinismo. De hecho, el título hace referencia a la esfinge de la tragedia griega Edipo Rey. La esfinge, que se encontraba a la entrada de la ciudad de Tebas, interpelaba a los transeúntes con un enigma. Para el autor español, Darwin es el Edipo que sacó a la humanidad "de las tinieblas de la ignorancia", gracias al cual la humanidad descubrió "la verdad liberadora" de que no existe en la Naturaleza un propósito ni una finalidad última. Sin embargo, el autor pasa de puntillas sobre el enfrentamiento de Darwin con Wallace, que además de creer en la evolución del hombre, también creía en la intervención de un ser superior que confirió al ser humano una cualidad indudable, irrepetible y diferenciada del mundo animal. Pero Arsuaga no se atreve a entrar en esta historia, "la cuestión de si la mente humana surgió de golpe con Homo sapiens, o si es producto de evolución gradual, es una vieja discusión que ya enfrentó a Darwin y Wallace, y para la que no se sabe si algún día se alcanzará una definitiva respuesta".

Pues parece que esta es una cuestión de vital importancia, porque de la respuesta a esa pregunta depende que pueda cambiar radicalmente nuestra manera de ver la vida. No es lo mismo que la vida del hombre sea una ciega sucesión de acontecimientos sin ton ni son a que consideremos la posibilidad de que exista un Dios personal que ha creado al hombre y le haya conferido una dignidad y un estatus moral con el que advierta aquello que le conviene y lo que no. Tampoco es lo mismo que entre los seres humanos no exista ningún tipo de discriminación (ya que todos formamos parte de una misma especie con un mismo destino, unos mismos principios de conducta, un mismo patrón de dignidad), a que haya una humanidad de segunda división cuyo destino sea la extinción. Lo que está claro es que para responder a estas cuestiones primordiales hace falta meter la cuchara en un terreno en el que la ciencia no puede llegar y la filosofía se queda a las puertas.