Número 28, enero 2002


Muchos se preguntan cual es el secreto, dónde está la clave para que una película sea un éxito de taquilla y de crítica, para que una cinta deje de estar en el anonimato y pase al Olimpo de los dioses, a la inmortalidad, a convertirse, en definitiva, en todo un clásico, un símbolo, una referencia. Experimentados productores y sesudos directores, se encuentran a la caza y captura del secreto del éxito, están en busca de la piedra filosofal (tal y como hace el pequeño Harry Potter en la película) que dé forma y figura a sus sueños y, de paso, a los de los espectadores.

Hablar a estas alturas sobre el Manifiesto del las Sietes Artes de Ricciotto Canudo, puede resultar algo pretencioso e intelectualoide, pero nunca está de más recordar, aunque sólo sea de vez en cuando, que aquel primerísimo crítico y teórico cinematográfico del siglo pasado, tenía mucha razón con eso de que el cine es el Séptimo Arte, capaz de conciliar en sí mismo a los demás (a saber: arquitectura, escultura, pintura, música, poesía y danza). ¿Que por qué conviene recordarlo?, porque este arte total que es el cine está muchas veces expuesto a criterios puramente comerciales y se empieza a olvidar la responsabilidad impuesta por la palabra arte.

"El arte es una mentira que conduce a la verdad". Esta es una frase de nuestro internacional Pablo Picasso. Loco, genial, perturbado, magnífico, egoísta... el pintor malagueño sabía mucho sobre verdades y mentiras en el arte. Las misma verdades y mentiras que podemos ver hoy en día en las pantallas. Si el cine es realmente arte, no debería renunciar a esa búsqueda de la verdad de la que hablaba Picasso. Stanley Kubrick, Woody Allen, Wim Wenders, y tantos otros más, son grandes directores que han sabido conciliar esa búsqueda con sendos éxitos de taquilla. El buen cine no tiene por qué estar reñido con el público, aunque lo que nos quieran vender por activa y por pasiva sean películas como Replicant, Miss agente especial, Scary movie o Viaje de pirados. Estas y otras tantas cintas, no han hecho mejor taquilla que Amelie, Las flores de Harrison o Mouline Rouge, las cuales, sin embargo, aguantarán el paso del tiempo, que todo lo coloca en su sitio, mientras que aquellas pasarán al olvido.

Por tanto, el éxito de una película no se mide solo en su taquilla, hecho por otra parte muy necesario para asegurar el mantenimiento de la industria cinematográfica, sino también se mide por su perdurabilidad. Esto es lo que hace a una película ser eterna. ¿Y que dónde se sustenta la perdurabilidad, me preguntáis? Se sustenta en grandes historias. Argumentos atractivos y universales que aporten cosas nuevas al género al que pertenezcan los distintos films.

Sin poder generalizar y asumiendo la subjetividad de las listas y enumeraciones (ya se sabe, sobre gustos no hay nada escrito), podría poneros, a modo de ejemplo, comedias como La fiera de mi niña de Howard Hawks, en los 30, ¿Qué me pasa doctor? de Peter Bogdanovich en los 70 o Full Monty en los 90, que de un modo u otro han marcado estilo en cada una de sus épocas. Igual ocurre con el resto de géneros, Johnny Guitar o La diligencia en el Western, Ciudadano Kane o Un tranvía llamado deseo en el drama, Cantando bajo la lluvia o West Side Story en el musical...

Todos estas películas están asentadas en férreos guiones, ya sean originales o adaptados, de los que los directores, actores y técnicos han sacado el máximo esplendor. Y es que, qué verdad tan grande, "el secreto está en el esqueleto". El guión es el cimiento de cualquier película que se precie. Ya lo decía Hitchcock: "Los elementos más vitales en cualquier buen film son: en primer lugar, el guión; en segundo lugar, el guión; y en tercer lugar, el guión". La calidad de una película depende de la calidad del guión que siempre ha de tener un arranque que intrigue, un nudo que mantenga el interés y un final sorprendente. Ha ocurrido a directores como George Roy Hill, que no hubieran pasado a la historia sino hubiera sido por la llegada a sus manos de películas como El golpe, Dos hombres y un destino o El carnaval de las águilas. Y es que un director mediocre puede hacer una película memorable con un buen guión, pero nunca hacer una buena película con uno malo. Ni siquiera un gran director puede realizar una trabajo digno con un mal guión.

No es de extrañar que los guionistas norteamericanos se hayan puesto de huelga ante el olvido de su trabajo por parte de las grandes productoras. La de guionista es una profesión muy a la sombra, lo cual resulta cuando menos curioso, pues como ya hemos visto, de un guión dependen muchas cosas, entre ellas, el éxito o el fracaso de la película. Un guión no lo puede escribir cualquiera -aunque cada vez más lo escribe cualquiera, sobre todo en el cine español-. Es ahí donde habría que invertir, para aumentar la calidad de un cine que bien podría dar más de sí.

Eva Latonda