Número 28, enero 2002

El libro del mes
LOS VALORES
DE LOS GRANDES HOMBRES


Gustavo Villapalos
Enrique San Miguel

UN LIBRO SOBRE LOS GRANDES valores de los hombres y mujeres (para ser políticamente correctos) más reconocidos es siempre atractivo para bucear en torno a nosotros mismos, ya que es de cajón que cuando leemos la historia de un personaje célebre por querer afianzarse en un valor (que es ese presentimiento del bien al que todos los seres humanos estamos naturalmente inclinados), en seguida nos disponemos a la comparación con nuestro proceder. Y viene bien, porque el libro se transforma entonces en una herramienta de trabajo y no en un mero divertimento fácil de expulsar de nuestra vida. El libro de Gustavo Villapalos es una cala perforada en el grueso del alma humana. Quizá sepamos cosillas de Borges (que era un enamorado de Shakespeare, un viciosos de la dialéctica, de la expresión bella...), o de Martín Luther King (a lo mejor hemos leído su célebre discurso I’ve got a dream), o de Schubert (el autor de los bellísimos Improntus y Momentos Musicales), o de Tomás Moro (que murió pidiendo a su ejecutor que hiciera bien su trabajo y soltando un chiste). Pero, con la maldita costumbre que tenemos de saber insignificancias sobre los protagonistas de las revistas del corazón, quizá hayamos incorporado un método lineal de conocer al ser humano, quedándonos con su mera descripción biográfica o con una argamasa de anécdotas e historietas baladíes.

La mejor manera de entrar en el salón principal del alma de alguien es ponerse en frente de sus creencias y valores. Ya decía Ortega que las ideas se tienen pero que en las creencias se está. Y de esta forma no encontramos en Martín Luther King a un iluminado, a un agitador de conciencias dotado de una oratoria sin parangón, sino a un "creyente" que profesaba firmemente la igualdad de todo ser humano y tenía el convencimiento de que quien no tuviera presente esa circunstancia ofendía al sentido común, a la dignidad humana, a los más elementales principios y derechos y, sobre todo, al mandato de Dios. Y así también descubrimos en la conciencia social de Juan Pablo II una consecuencia de su vivencia de la fe, "fe para infundir - como dice el autor del libro - el ánimo, la esperanza y la felicidad allí donde la desmoralización, la desesperanza y el desconsuelo imperan".

En el libro de Villapalos y de su colaborador observamos que los hombres y mujeres de los que nos hablan quedan definidos, siguiendo la descripción de la arquitectura clásica, no sólo por un hermoso capitel, lleno de motivos gratos a la vista, sino de un fuste y de una base sólidas. Y ese pedestal donde se elevan es justamente el vértice de la racionalidad y de la coherencia que predican.

Dora Rivas