Número 28, enero 2002

El retorno de Rilke

Existe una biografía antigua de Rilke escrita por Hans Egon Holthusen, valiosísima, que no parece que haya vuelto a reeditarse. Lástima. ¿Por qué aparecen, como surgidos de los últimos eriales, libros sin sustancia como el último de Boris Izaguirre y desaparecen grandes clásicos sin que nadie se altere? Es verdad que los días siguen su curso sin alteraciones, pero nos perdemos mucho desechando las perlas y quedándonos con piececitas de cristal. De aquella publicación se responsabilizó Alianza en su momento, pero se esfumó con el golpe de viento de los años. En ella se nos relataba la historia de uno de los artistas más asombrosos que ha dado la literatura poética de todos los tiempos. Del hombre de las mil ciudades, que se enamoró de la cultura rusa en cuanto puso sus pies en Moscú y se topó de bruces con los ojos del gran Tolstoi (que andaba a principios del siglo XX por los setenta años); que repudiaba e insultaba a París, a pesar de sus encuentros con Rodin, porque "es una ciudad muy grande y está al borde de la tristeza absoluta. París es difícil. Una galera". Rilke fue el hombre que se recluyó en Duino, cerca de Trieste, para componer sus famosas elegías en torno al misterio de la presencia sobrenatural en lo inmediato, definida en la maravillosa figura del ángel. Sus elegías duinescas son comparables en grandeza y espacio interior al Partenón o a la catedral de León.

La novedad que traemos a este rincón de los libros es que Hiperión acaba de publicar El libro de las imágenes, lo que pudiéramos denominar como primer poemario del escritor de Praga. En esa pieza primeriza se observa el calor de un hijo de la vida, "yo sueño con la vida, porque la vida es buena" y de un joven enamorado. En sus primeros versos ya suenan, como esbozos, las más redondas palabras de El libro de las horas: "Apágame los ojos: puedo verte; ciérrame los oídos: puedo oírte. Ampútame los brazos y te agarro con este corazón como con una mano".