Número 28, enero 2002

POESÍA COMPLETA

Claudio Rodríguez
Editorial Tusquets

    Claudio rodrÍguez nacio en Zamora. En el colegio ya se apuntaban sus primeros escarceos poéticos. En el asomo de su primerísima juventud le empiezan a nacer los primeros versos de Don de la ebriedad, una pasada poética que puso los pelos de punta al mismísimo Vicente Aleixandre, con el que Rodríguez mantendría una profundísima amistad. Viajó a Inglaterra, donde fue lector de español, primero en Nottingham y luego en Cambridge. Recibió el Nacional de Literatura y el Príncipe de Asturias de las Letras. La muerte le emborronó sus últimos poemas hace bien poquito, en 1999.

    Por fin una editorial ha optado por recopilar la obra completa de este coloso de la poesía. Meterse en la selva de Don de la ebriedad (esa especie de Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Neruda, por su pureza, bisoñez e impresionante capacidad de arrojar ácido al corazón), es una experiencia única. En la obra del zamorano hay un interrogante permanente por todo lo que existe. Es un hombre que no se acostumbra a mirar las cosas y darle su calificación, "¿qué más, ¿qué más?", se pregunta en Música callada, "¿es que oiremos tan sólo, después de tanto amor y de tanto fracaso, la música de la sombra y el sonido del sueño?". La vida es demasiado hermosa para que el poeta piense que todo haya sido un sueño y se evapore como el rocío de los inviernos. Claudio Rodríguez se cuela en el interior de las cosas, "oye conmigo cómo crece el fruto, ¡cómo suenan la almendra, la manzana, el trigo!". Dice en otro momento, "no sólo estamos asombrados, mudos, casi ciegos frente a tanto misterio, sino sordos".

    El poeta vivió una convivencia de enamorado con el universo natural. El ritual íntimo de su quehacer poético le impidió decididamente hacer las veces de mero espectador. El espectador deja que los pájaros correteen delante de él y las nubes se pierdan entre las montañas, sin hacer caso más allá del movimiento, pero el poeta entra en diálogo con la realidad, "hay demasiadas cosas infinitas", no deja que se extinga sino que todo lo pesa, lo calibra... "la claridad viene del cielo es un don: no se halla entre las cosas sino muy por encima, y las ocupa haciendo de ello vida y labor propias", hasta el punto de que se siente interrogado por las cosas, como en Hermana mentira, "¿por qué me está mirando el aire?". Estas obras completas de Rodríguez son ocasión de admitir la duda razonable sobre todo lo que existe, ¿no será que las cosas apuntan a un misterio que exige respuesta?

DIENTES BLANCOS

Zadie Smith
Editorial Salamandra

    Tiene 26 años y ya ha escrito una obra maestra. Zadie Smith se ha llevado con Dientes blancos el reconocimiento de la crítica literaria mundial. No es que en ella se haya valorado su juventud como elemento esencial a la hora de concederle el galardón de la unanimidad, sino que la escritora londinense ha creado una obra de peso. Es original, divertidísima y con unas conversaciones mayúsculas, tan trenzadas como los guiones de las mejores películas Woody Allen. La obra es eminentemente cinematográfica, y se nota que la autora se ha formado en la cultura audiovisual, ya que la manera de presentar las situaciones es profundamente visual. La historia narra las peripecias de dos excombatientes de la Segunda Guerra Mundial, ambos casados y con hijos en edad difícil. Por sus páginas aparecen los temas candentes: la educación, la desestructuración de la familia propia de finales del siglo XX, los conflictos culturales.

    Hay, sin embargo, una visión marcadamente simplista de la religión, especialmente del Islam, haciendo prácticamente de Dios un enemigo del hombre, como un ser tan ciego y desconsiderado con el hombre como la misma Naturaleza, que a veces se le viene encima al hombre en forma de alud, de terremoto... Sin embrago, los personajes son creíbles, como si todos exigieran la necesidad de la salvación, la necesidad de una respuesta. A Dientes blancos le pasa lo que a Yonqui, de Burroughs que, a pesar de ser una fría descripción de la lepra de la droga, se convierte en un clarísimo alegato en su contra. Pues, de la misma forma, el drama de los personajes de Smith exige la necesidad del abrigo de la familia y de la unión de las culturas.