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POESÍA COMPLETA
Claudio Rodríguez
Por fin una editorial ha optado por recopilar la obra completa de este coloso de la poesía. Meterse en la selva de Don de la ebriedad (esa especie de Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Neruda, por su pureza, bisoñez e impresionante capacidad de arrojar ácido al corazón), es una experiencia única. En la obra del zamorano hay un interrogante permanente por todo lo que existe. Es un hombre que no se acostumbra a mirar las cosas y darle su calificación, "¿qué más, ¿qué más?", se pregunta en Música callada, "¿es que oiremos tan sólo, después de tanto amor y de tanto fracaso, la música de la sombra y el sonido del sueño?". La vida es demasiado hermosa para que el poeta piense que todo haya sido un sueño y se evapore como el rocío de los inviernos. Claudio Rodríguez se cuela en el interior de las cosas, "oye conmigo cómo crece el fruto, ¡cómo suenan la almendra, la manzana, el trigo!". Dice en otro momento, "no sólo estamos asombrados, mudos, casi ciegos frente a tanto misterio, sino sordos". El poeta vivió una convivencia de enamorado con el universo natural. El ritual íntimo de su quehacer poético le impidió decididamente hacer las veces de mero espectador. El espectador deja que los pájaros correteen delante de él y las nubes se pierdan entre las montañas, sin hacer caso más allá del movimiento, pero el poeta entra en diálogo con la realidad, "hay demasiadas cosas infinitas", no deja que se extinga sino que todo lo pesa, lo calibra... "la claridad viene del cielo es un don: no se halla entre las cosas sino muy por encima, y las ocupa haciendo de ello vida y labor propias", hasta el punto de que se siente interrogado por las cosas, como en Hermana mentira, "¿por qué me está mirando el aire?". Estas obras completas de Rodríguez son ocasión de admitir la duda razonable sobre todo lo que existe, ¿no será que las cosas apuntan a un misterio que exige respuesta? DIENTES BLANCOS Zadie Smith
Hay, sin embargo, una visión marcadamente simplista de la religión, especialmente del Islam, haciendo prácticamente de Dios un enemigo del hombre, como un ser tan ciego y desconsiderado con el hombre como la misma Naturaleza, que a veces se le viene encima al hombre en forma de alud, de terremoto... Sin embrago, los personajes son creíbles, como si todos exigieran la necesidad de la salvación, la necesidad de una respuesta. A Dientes blancos le pasa lo que a Yonqui, de Burroughs que, a pesar de ser una fría descripción de la lepra de la droga, se convierte en un clarísimo alegato en su contra. Pues, de la misma forma, el drama de los personajes de Smith exige la necesidad del abrigo de la familia y de la unión de las culturas. |