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Guelbenzu, José María, La conciencia que tiene el protagonista de la última novela de José María Guelbenzu, No acosen al asesino, recuerda a la de los héroes de la Antigüedad. Carlos Sastre pronuncia las siguientes palabras: "Me pregunto qué es lo que determina el destino de las personas. El mío, el tuyo... Y también por qué se cruzan. Yo atraigo la desgracia, no a todo el mundo le ocurre. A otros sí y yo soy uno de ellos y no entiendo qué o quién señaló mi destino y me empujó a la vida bajo esa señal. Y tú... a veces pienso si no contaminaré también los destinos de las personas que se cruzan conmigo. Pero hay otra gente que es inmune, que parece tener concedida la gracia de pasar por la vida sin que la seguridad de sus pasos se vea afectada por ninguno de los elementos que acompañan a la desdicha, que cabalgan junto a ella sin descanso, de día y de noche, sin que los afecte". El justo y doliente Edipo, la compasiva y ardiente Antígona, el joven Hipólito, el fuerte Heracles , cuando Charles Moeller estudiaba a estos héroes, en su excepcional libro Sabiduría griega y paradoja cristiana, consideraba que su marca era la del dolor. Un dolor que resultaba del mal infringido, caprichosamente por los dioses. La justicia de Zeus era arbitraria e impía; Homero la representaba como el resultado, siempre vejatorio, de verter sobre la vida de los hombres el líquido de dos jarras, de una de ellas procedían los males, de otra los bienes. Por eso Moeller llamaba a los héroes griegos los justos dolientes. Padecen el dolor que les procuran los dioses sin saber el porqué. No todos los griegos lo explican de la misma manera: Esquilo intentará justificarlo en la herencia de la culpa, Sófocles agudiza la contradicción pintando magistralmente el dolor de sus personajes y Eurípides se rebela, preguntándose e imaginando respuestas más afines a la naturaleza humana. El personaje que habla en esta última no |
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No desvelo nada porque aunque se trata de una novela policíaca, -el título nos da una señal muy clara de que parece tratarse de una novela de este género, No acosen al asesino-, el primer capítulo es la descripción del crimen a cara descubierta. Desde la primera página, sabemos quién es el asesino y hasta los últimos detalles de la manera de llevar a cabo el asesinato, la huida, el escondite, la coartada, el arma del homicidio, la destrucción de las pruebas, los engaños y disimulos... Cabría preguntarse entonces qué es lo que da cuerpo a la novela, o parecido, ¿qué es lo qué quiere hacer el narrador, dándole esta estructura donde el enigma, casi obligatorio en las novelas de este género, es tan poco secreto para el lector como para el autor del crimen? Probablemente estamos ante un intento de transgredir las normas del género. Porque aunque los críticos nos empeñemos en dar una fórmula para identificar las partes de una novela policíaca, es cierto que el número de transgresiones es mayor que el de fidelidades. Pero no es sólo un juego de infracciones respecto a la norma lo que queremos descubrir en la obra; se trata también de un intento por enfatizar el único dato que no conocemos del asesinato y que no por casualidad he dejado de enumerar, el motivo del crimen. No sabemos el motivo que ha llevado a Carlos Satre a matar al Juez Medina en un pueblecito del norte de España, en una colonia de veraneantes.
El asesino parece, a lo largo de la primera parte de la novela, impertérrito, como si él no tuviese parte ni culpa en lo que ha sucedido. Pero no es un justo doliente, en él hay libertad. El asesino no está cegado por la locura -como en el caso de Heracles cuando mata a sus hijos-, o como por el infortunio de la ignorancia -como en el caso de Edipo-, existe, sí, conciencia de acoso de la desgracia: parece que al mal, sólo se le puede pagar con el mal. En el primer momento se muestra como un personaje vacío, sin conciencia y orgulloso de esta imperturbabilidad respecto al mal que ha cometido. Es casi obligatorio comparar el crimen de Carlos Sastre con el del personaje de Mersault en El extranjero de Camus donde se mataba por un exceso de sol, casi sin querer, absurdam Primero será la naturaleza y sus contradicciones la que revele el desorden. El día de la muerte del juez hace calor y un día espléndido. De hecho la Juez Marco, personaje fundamental en la novela y la que instruye el caso, lo señala: "Miró al cielo, tan hermoso, y las luces de San Pedro titilando sobre la ría. ¿Por qué habrían elegido un día tan magnífico para matar al Magistrado Medina?" Después las intuiciones casi instintivas de varios personajes -Juanita, Dora, Fernando...- se irán abriendo camino hasta ir acosando al asesino y señalándolo como culpable. Y en último término la violencia de Carlos hacia sí mismo, cree que todo se debe a esa maldición arbitraria y amarga. No hay otra solución, ni otro camino posible, Carlos parece derrotado de antemano porque está pintado como un ser condenado al mal. |
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Pero veamos un poco mejor su recorrido, el narrador con destreza va introduciendo los rastros que ha ido dejando el mal en la conciencia del personaje. Apenas cometido el crimen, Carlos no muestra ni un ápice de dolor por lo que ha hecho, sólo la presencia de Carmen -en la que ve, significativamente, que todos sus gestos se ordenan por obra del candor- irá permitiéndole reconocer la perversidad del hecho e ir reconociendo las señales que éste ha dejado. Es como si la hermosura y la presencia de la mujer amada, con lo que implica de signo de la belleza, abriera el abismo del desorden que ha creado con sus manos. La conciencia de Carlos se va dibujando como herida. Del personaje frío del inicio pasa a "no era que sintiese miedo, pero sí inquietud. Una inquietud semejante a la que había provocado la desaparición del sol y la entrada de la luz grisácea camino de la noche; una luz desfalleciente, que permitía ver y sentir aún que el mundo de alrededor quedaba inscrito en su entorno de visión, en efecto, mas una luz que también amenazaba sombras, oscuridad, confusión y que, además, iba haciéndose fría y desazonante". El miedo a ser descubierto y perder a Carmen se va ensanchando, pero también la pregunta por el mal: "apenas la soledad se adueñaba de él , lo perseguía la sombra del crimen. Cada vez estaba más lejos de contestarse a la pregunta sobre la verdadera razón de la muerte del Juez porque esta muerte le estorbaba de tal modo que se había extendido como un velo ominoso que lo envolvía en los peores momentos, casi sentía su tacto sobre la piel y a veces se agitaba él sólo como si quisiera rasgarlo. Además, ¿qué importaba ya la razón? Fuera la que fuere, el mal estaba hecho. El mal. Se sorprendió. Por primera vez lo llamaba el mal". Un mal que lo ha envenado y dentro de este fatalismo ya no tiene remedio: "Carlos cerró los ojos y sintió que la desolación lo cubría por entero (...) Ahora, la muerte cumplida le dejaba indiferente y seguía pensando que el gran sacrificado era él; que, intentando devolver el golpe no vino de mano ajena sino de su propia mano. Su decisión lo había envenenado y se le escapaba la vida sin remedio". En este momento de la narración Carlos, junto a Carmen, descubre con dolor su injusticia. Pero aunque este personaje femenino le ha encaminado hacia el descubrimiento del abismo en el que está su libertad, no podrá, por sí misma, mostrarle otra cosa. Lo máximo que llega a darle Carmen es la sensación de ser un hombre marcado por un hado maligno que pesa sobre él y acompañado por ese ángel de la desgracia que citaba al principio. Carmen sugiere el candor pero no lleva a Carlos al reino del perdón. Como magistralmente sabía hacer Sófocles, Guelbenzu exacerba la oposición hiriente entre el bien y la belleza y su negación, es decir la maldad y la fealdad. Del mismo en que antes hablábamos de que un gesto perverso manifiesta el mal en el mundo, una brizna de belleza revela el orden del universo. Y, sin embargo, la relación con Carmen, no será suficiente para librar a Carlos del mal. Le ayuda a ser consciente de la responsabilidad por lo que ha hecho, pero amargamente se ve cómo no puede ofrecerle más que la compasión a un ser acorralado, al que ahora hasta ella considera acosado.
Un problema que de manera más terrible se planteaba ya Guelbenzu en La Tierra Prometida, novela del mismo autor, publicada en 1991. Esta novela desgarradora, cuenta los terribles dramas de dos compañeros de universidad que, por casualidad, se encuentran en un aeropuerto alemán, alrededor de veinte años después. Los dos desprecian la fealdad, ha Los personajes de Guelbenzu añoran la libertad, tienen melancolía de la piedad -La "campanita azul", la llama Palacio en La Tierra Prometida-, son conscientes de haber ido estropeando lo más hermoso que tenían en las manos, pero siguen terriblemente confusos. La ternura y piedad no es más que un recuerdo de infancia o la presencia de una aralia en un bar donde se refugian una panda de desencantados. Las peripecias de los personajes se reducen, en el mejor de los casos, a una suma de parcialidades inconexas: "Total, todo acaba siendo ratos; ratos de amor, ratos de distancia, ratos de disputas, ratos de niñas, ratos de trabajo..., ratos. Y entre los ratos, angustias, tirones, saltos. Cuando jugaba con mis muñecas todo era continuo, no había ratos, todo era como un camino, como una música, un desarrollo que tiene principio y final y que lo cubre todo, una luz que permanece encendida ordenando la claridad y las sombras, o el paso del día por un jardín como el de la casa de papá en verano". Pero sus ratos no forman una historia, sus pasos no hacen camino, sus voces se deshacen en monólogos vacíos y sus manos, casi por acaso, se manchan de sangre. Pero, volviendo a No acosen al asesino, desde el título hasta la última de las figuras que camina por este pueblecito cántabro parece pedir una explicación para el mal que se hace violencia en el caso de Carlos, banalidad y escepticismo en el caso de la colonia de veraneantes, insatisfacción y vacío en la Juez Marco. Es así porque solamente las fieras pueden ser acosadas, los hombres estamos hechos para ser abrazados y serlo por una presencia excepcional que pueda crear una tierra prometida en esta tierra. Guadalupe Arbona Abascal |