Número 29, febrero 2002

Chaqueta rojo chillón con solapas blancas, así vestía Constante tras la barra caoba de El Floridita. Allí llegó como cantinero desde Lloret de Mar en 1914 para hacer las Américas, y al terminar la Primera Guerra Mundial ya se había convertido en su dueño y todo un símbolo para La Habana. Fue él quien sirvió el primer daiquiri a Ernest Hemingway a principios de los treinta, cuando éste entró a toda prisa preguntando por los lavabos y al salir, con un aspecto mucho más relajado, probó el cóctel que estaba batiendo a mano.

- Está bien - dijo Hemingway -. Pero estaría mejor con el doble de ron.

Desde ese mediodía, el americano encontró en la primera banqueta de la barra, apoyada contra la pared de la izquierda, su mejor refugio para huir de la Ley Seca. Todos los días remontaba la Calle del Obispo, desde la habitación 511 del Hotel Ambos Mundos, para sentarse allí y escribir Islas del Golfo.

Diez años después, Constante continuaba el ritual, sirviéndole al americano un daiquiri con doble de ron. No le dijo nada, tan sólo posó la copa sobre la barra y hundió una pajita en la espuma blanca de la bebida, sabía que cuando "Papá" estaba pensando no escuchaba ni hablaba con nadie. Tenía la mirada perdida sobre el bullicio del local y entornaba sus ojos de vez en cuando como si a la memoria le costara trabajo despertar. Tamborileaba los dedos de su mano derecha sobre un puñado de folios mecanografiados en negro, llenos de correcciones a mano con tinta azul. Dio un sorbo instintivo y mecánico al daiquiri sin apartar la vista de ninguna parte, él estaba allí pero su mente estaba en Madrid.

Los bombardeos sobre la Gran Vía eran casi diarios, en aquel sofocante y agotador verano de 1937. Hemingway había aceptado un contrato como corresponsal de guerra para la Asociación de Prensa Norteamericana. Acababa de regresar del frente de Aragón cuando se encontró con un Madrid que resistía de forma extenuaste al hambre y las bombas. Desde su habitación en la primera planta del Hotel Florida, sus artículos daban la vuelta a medio mundo. Cada vez que se escuchaban las sirenas que anunciaban ataque aéreo, las calles quedaban desiertas, y el silencio sólo era roto por el silbido de las bombas que apuntaban a Madrid. Hemingway dejaba a medio terminar su bebida sobre la barra del bar del hotel para intentar fotografiar a los aviones.

Desde que un año antes se anunciara la marcha de cuatro columnas del ejército rebelde hacia la capital, el escritor de Adiós a las armas, preparaba la que habría de ser su única obra de teatro: La quinta columna, una denuncia sobre espionaje que atacaba desde dentro y que se desarrollaba, casi en su totalidad, en las habitaciones del Hotel Florida. Cada mañana abandonaba su cuarto para ir al frente en la Casa de Campo, enrollaba el manuscrito y lo escondía en el forro de su colchón.

Hemingway seguía apoyado sobre la pared de El Floridita, la cuna del daiquiri, con su codo izquierdo sobre la barra de caoba. Constante, cambió su copa vacía por otra llena, sin que ninguno de los dos se hubieran dirigido la palabra. El escritor apartó la pajita con su dedo índice y sorbió. El frío le hizo reaccionar.

- Constante, ¿cómo titularías una novela sobre la guerra de tu país? - Preguntó en castellano.

- "Papá", tú me das de leer, yo te doy de beber - contestó el barman mientras vertía el resto del anterior daiquiri sobre la pila.?

Si no había bombardeos, la ciudad intentaba recobrar algo de la normalidad de tiempos mejores. La gente salía a pasear y mirar escaparates vacíos, con tal de no tener que aguantar el calor recocido que se había acumulado durante el día en las casas, y distraer el hambre de cualquier forma. El Hotel Florida había sido tocado varias veces por los obuses de la aviación. Hemingway lo abandonaba junto a su compañera Martha Gellhorn, cuando el cielo estaba despejado, para bajar la Gran Vía y compartir tertulia con otros corresponsales en Chicote. Allí le enseñó a Perico como se hacían los auténticos daiquiris cubanos, que con el paso de los años había perfeccionado Constante.

Ya se había hecho tarde y El Floridita empezaba a llenarse de marines norteamericanos con ganas de bebida, Hemingway no quería tener los problemas de costumbre, y su nueva finca quedaba demasiado lejos de la ciudad como para entretenerse. Se levantó de su taburete, sin que le hubiera venido una sola idea. Había pasado toda la tarde intentando darle un nombre a su última novela, empezó a ordenar sus hojas golpeándolas por el canto sobre la barra. Cuando salió, La Habana era un hormiguero, empezó a caminar lentamente entre la gente cuando se oyeron las campanas del convento de Santa Clara que tocaban difuntos por alguna hermana fallecida. En ese momento encontró lo que había estado buscando, y lo anotó sobre la marcha en la portada según seguía caminando.

El taburete donde cada tarde se apoyaba Hemingway en El Floridita se conserva protegido por una cadena, el Hotel Florida recibió más de treinta impactos y fue derribado para dejar su hueco a El Corte Ingles de Callao, La quinta columna y Por quién doblan las campanas forman parte de nuestra historia, y los daiquiris de Constante cambiaron para llevar el doble de ron.

  José Cabanach