Número 29, febrero 2002

EL SEÑOR DE LOS ANILLOS

Finalmente ha llegado a España - y ha irrumpido con enorme éxito - la película dedicada a relatar la primera parte de El Señor de los anillos, la extraordinaria novela de Tolkien. En el curso de las últimas semanas no son pocas las personas que me han preguntado - y creo que formulaban el interrogante con sinceridad - por las razones del éxito de esta peculiar obra. Las respuestas fáciles giran en torno a la trama, a la calidad del oficio literario del autor (o cinematográfico del director), al derroche de imaginación… Todos esos factores son ciertos pero, a mi juicio, no agotan la causa del triunfo de Tolkien. En mi opinión, existe un motivo mucho más profundo y serio y es el de que Tolkien, de manera nada pesada ni pedante, nos traslada a un mundo en el que el mal absoluto se enfrenta con unos valores en buena medida ausentes de nuestra sociedad pero que conservan un enorme poder de apelación para millones de personas. Esos valores - que Tolkien calificó haciendo referencia al "alma naturaliter christiana" - brotaban de la cosmovisión cristiana del autor, un hombre que se convirtió al catolicismo en su niñez y que a lo largo de su dilatada existencia (llegó a ser octogenario) no dejó de profundizar en su fé. No era perfecto Tolkien. Por ejemplo, contribuyó decisivamente a que C. S. Lewis pasara del ateísmo al cristianismo pero nunca le perdonó que se hiciera protestante en lugar de católico. Sin embargo, reflejó como pocos la esencia preñada de elevación y nobleza que se desprende de la cosmovisión cristiana. En un mundo sustentado en visiones materialistas y pragmáticas, Tolkien recordaba que existen la lealtad y el honor, el sentido del deber y el espíritu de sacrificio, la valentía y la nobleza. Porque sus personajes no son santos inmaculados sino seres que pueden sentir dolorosamente el temible influjo y la casi invencible fascinación del mal pero, a pesar de todo, consideran que tienen que continuar peleando por el bien simplemente porque el mal ni puede ni debe triunfar. El éxito de Tolkien corresponde, al fín y a la postre, a que despierta en nuestro interior el recuerdo de algo inmensamente noble que desea trascender de nuestro ser para comunicarse a los demás. Ese anhelo, ese ansia, ese impulso que no terminamos de explicarnos tienen finalmente una meta, un punto de partida y una forma de realización que no son otros que la relación personal con Dios y el fluir de Su amor hacia otros a través de nuestra persona. Así lo sintió Tolkien - y C. S. Lewis y Williams y todos los miembros de su tertulia de Oxford - y así lo supo comunicar a través de un mundo maravilloso poblado de elfos, enanos y orcos.

César Vidal