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La cosecha europea de este año ha sido espléndida: El hijo de la novia, Italiano para principiantes, La habitación del hijo, La pianista, Amelie... El secreto ha descansado en ese fuste dorado que es el guión. La clave de que una película te alcance a la entraña no está en un montaje de etiqueta, sino en el rescoldo de los retratos humanos, en las panorámicas del alma, en esos diálogos que te impiden ver a los actores porque tienes en la pantalla a tipos de carne y hueso. Ya nos había contado Woody Allen en Maridos y Mujeres que trocear una película con limpieza neurótica es un elemento absolutamente baladí cuando cuentas con unos diálogos que te narran la vida de cerca. De ahí que los chicos daneses de Dogma se hayan aprendido la lección y, en sus pesquisas por los deseos y sinsabores de sus personajes, les vaya ese estilo directo, de cámara al hombro, jamming, de improvisación a lo combo-jazz (estilo, por cierto, al que hace tiempo que se apuntó Ken Loach, soltando el collar de sus cuadrillas para que venzan los hermetismos de los guiones pétreos con pizcas de espontaneidad), haciendo de cada trabajo cinematográfico todo un homenaje al misterio del hombre. En palabras de Lone Scherfing, directora de Italiano para principiantes, "la promesa de buscar la verdad, retratar el momento y evitar los lugares comunes, siempre que sea posible, fue la regla Dogma que me tomé más en serio". Las mejores películas de este año son, sin duda Italiano para principiantes y La habitación del hijo. En ellas hay un elemento común: la ausencia de solemnidad a la hora de describir al hombre. En un monólogo inolvidable, el rey Enrique V de Shakespeare gritaba a los cuatro vientos que, a pesar de la corona, era un ser humano, ¡un ser humano!, que a él también le daban miedo las batallas, como al soldado más bisoño, y que la diferencia entre la majestad del rey y la insoportable levedad del plepeyo descansaba exclusivamente en el ceremonial de entronización, que parecía haber elevado al rey dos cuartas por encima del común de los mortales, y sin embargo... era un ser humano, muerto de miedo, empapado en sudor antes de la batalla de Agincourt. Esta misma ausencia de solemnidad se percibe en el padre de la película de Nani Moretti cuando, ante la muerte de su hijo, deambula por la vida como un cadaver y se aferra a lo que pilla para no desfallecer: la presencia de una antigua novia del hijo, el cariño de su esposa... un hombre sin esperanza en el más allá que ha hecho de su vida un mapa que no entiende y que nadie le descifra. Por otra parte, Italiano para principiantes es lo mejorcito, hasta la fecha, que ha salido de las manos-Dogma. Por encima de todo es una película de amor en la que la inocencia y verosimilitud de sus personajes es tan deliciosa que te partes de risa y te echas a llorar en décimas de segundos. La figura del pastor, partido en cuatro por la muerte de su esposa, es entrañable y la masa coral de personajes que pasan por las clases de italiano definen tanto al hombre como el David de Miguel Ángel o la Vista de Delf de Vermeer. Ya sabemos que el cine nunca nos podrá contar la verdad completa sobre nosotros mismos, el sentido de nuestro dolor, el paso aparentemente absurdo por la vida (para qué nos vamos a engañar, lo que llamamos cultura no puede responder cumplidamente a nuestros anhelos más profundos), sin embargo, sí que le podemos exigir que no nos oculte nada sobre nosotros mismos y por ese trecho se ha metido el último cine europeo. |