Número 29, febrero 2002


Sorprende que Miguel Bosé (sí, el Bosé de los escenarios y el glamour, el Bosé de la catalepsia de nenas y madres) se muestre tan absolutamente frágil de cerca, como un pececillo de agua fría que te cuenta, con su pequeñísimo primer plano, las ganas que tiene de comer. Te lo dice todo, que le encanta la cocina, que adora Operación Triunfo, que pasa de los programadores de televisión histéricos con el morbo... Es un tipo al que no le va el rollo social sino que se preocupa por la gente (si se medita bien, la diferencia es descomunal). Ataca este año con Sereno, primero se nos va a Hispanoamérica, a las tierras por las que siente un cariño así como de rescoldo inextinguible, y luego se nos vuelve por aquí para cantarnos Morena y mía. Le pillamos ensayando con su banda a 30 kilómetros de Madrid.

Calibán.- Esto de los títulos de los trabajos discográficos me huele a pura operación de marketing, vaya, que lo de Sereno es más una idea repensada que fruto de tu personalidad.

Miguel Bosé.- ¡Qué va! Cuando te pones a escribir canciones en ningún momento estás componiendo para que te escuche la gente, trabajas por pura necesidad de expresar lo que quieres. Cuando nacen las canciones no existe la sombra del marketing. Si me gustan a mí, entonces me sirven. Luego escoges las canciones que más te apetecen y que te van a acompañar durante los dos años que dura la presencia pública del álbum. Hay una canción en mi último trabajo que se llama Sereno que, por cierto es la que más marcha tiene, y sencillamente me gustó el título. El disco lo he grabado íntegramente en casa... en pijama. En unas habitaciones se grabaron los pianos, en otras las guitarras acústicas... Además, es el primer álbum en la historia de mi carrera en el que hablo en primera persona y, sin darme cuenta, se me han escapado muchas cosas.

C.- Es tu trabajo más personal.

MB.- Siempre hay mucho de uno en las canciones, lo mismo ocurre con los escritores. Cuando los personajes hablan, siempre salen asuntos que pertenecen al escritor.

C.- ¿Rechazaste muchas canciones para Sereno?

MB.- Hice treinta y tantas canciones, aunque no todas acabadas. Entré con 16 a hacer maquetas y al estudio con 12, se grabaron 11 y una se quedó a las puertas. Como decía Picasso, yo no sé lo que es la inspiración, pero si viene que me pille trabajando. Siempre hay una parte de método en mi trabajo, bueno, hay días desesperantes en los que no sale nada...

C.- ¿Qué haces con las canciones sobrantes?, ¿te sirven para futuros trabajos o es material absolutamente muerto?

MB.- A veces reciclas pero cuando te pones a escribir partes siempre de cero. Mi trabajo es fruto de pequeños apuntes, y lo hago en distintos soportes, cintas, mini-discs...

C.- Y, ¿cómo te organizas?, me parece asombroso.

MB.- Pues, si te digo la verdad, de una forma muy caótica. No tengo reglas. Para empezar no toco ningún instrumento, simplemente construyo las melodías y veo si hacen falta las guitarras, las cuerdas... Lo que sí tengo es un gran instinto musical, como una especie de lenguaje que nace muy dentro de mí. Cuando tengo ya las melodías invito a mis amigos músicos a casa y empezamos a hacer rítmicas, arreglos... se prueban tonalidades, etc.

C.- ¿Hay que ser muy pragmáticos con el público joven para ofrecerles lo que les interesa?

MB.- Si tuviéramos la fórmula para poder siempre enganchar a los jóvenes todos los artistas estaríamos arriba, pero no se sabe cómo atinar. Los gustos cambian incluso en meses, vienen nuevas modas, nuevas tendencias... es imprevisible.

C.- ¿Te consideras un artista en el sentido pleno de la palabra, como Miguel Ángel que era al tiempo pintor, escultor, arquitecto? Tú has metido el pie en la televisión, eres cantante, actor...

MB.- Para mí el prototipo de artista ha sido siempre Leonardo, no sólo por su admirable capacidad de viajar por la ciencia y las humanidades sino por su habilidad para aprovechar sus cualidades. Hoy estamos viviendo un nuevo Renacimiento. Antes había mecenas y hoy patrocinadores. La tecnología está aportando mucho a cualquier profesión y está muy en conexión con el arte y la persona.

C.- Sin embargo, en el Renacimiento el hombre se situaba en un mundo en el que hacía pie: Dios seguía en el centro del universo, se situaba en una realidad que podía controlar... sin embargo hoy, y especialmente después del 11 de septiembre, parece que al hombre la realidad le empieza a resultar ajena, los miedos le comen y la desconfianza es mayor.

MB.- Los acontecimientos del 11 de septiembre los viví con una enorme rabia e indignación porque soy un tío que cree en el diálogo, en la palabra, en la comunicación, y esto lleva siempre a soluciones y a comprensiones. No se puede justificar la violencia en ninguna de sus formas: ni la agresión personal, ni la ecológica o psicológica, ni el terrorismo... La paz siempre es la solución más edificante. Los acontecimientos del 11 de septiembre se manipularon mucho mediáticamente, ya que se nos privó de información. Además, se utilizó el nombre de Dios en vano. De pequeño me enseñaron que Dios era amor, paz y construcción y aquí asistimos a una manipulación de su nombre. Y surge la pregunta, ¿por qué hemos llegado a esto?, por pura injusticia. Si desde el primer mundo damos a los más necesitados la dignidad que merecen no sucederían los dramas. Los países del Tercer Mundo no necesitan más antenas parabólicas sino más pozos, una estructura sanitaria adecuada y educación. ¡Y encima, Bush habla de dar 180.000 millones dólares para acabar con Bin Laden! En mí país sabemos lo que es el terrorismo y, sin embargo, cada terrorista capturado tiene un juicio justo.

C.- ¿De dónde te viene esa preocupación social tan acusada?

MB.- Del ansia de justicia y de mi condición de privilegiado. Siempre he sido una persona con muchas posibilidades ya que provengo de una familia que genéticamente me ha transmitido muchísimo y, además, unos medios espléndidos para una buena educación. Cuando veo gente imposibilitada para la educación me exaspero. El sentido de la justicia lo tengo muy acusado. La justicia está en la base del respeto, de la solidaridad y del mismo amor. Lo que es justo es justo.