La Unión Europea sigue siendo un gran desafío. Europa, al mismo tiempo una y múltiple (a causa de sus raíces cristianas y de la diversidad de sus culturas) se encuentra en una encrucijada. El euro es una historia interesante, un paso de gigante, pero ese papel moneda de níkel, que por cierto está empezando a provocar las primeras alergias, es el chocolate del loro de una unidad que tiene que basarse en comprender nuestras raíces culturales. La cultura europea no podría ser entendida en su integridad sin la referencia al cristianismo. La historia del mundo es rica en civilizaciones extinguidas, en culturas brillantes cuyo esplendor hace tiempo que ha desaparecido, mientras que la cultura europea se ha renovado y enriquecido continuamente en un diálogo, a menudo conflictivo, pero siempre fecundo con la fe cristiana. Ese diálogo es el fundamento de la cultura europea, ya lo decía Goethe: "Europa nació en peregrinaje y el cristianismo es su lengua materna". La humanidad de Homero, el ímpetu en la trascendencia de Platón, el sublime sacralismo de Esquilo, el sentido de la tragedia humana de Sófocles, la piedad de Marco Aurelio, etc., actúan como esos grandes catalizadores y precursores de cristianismo. Todo aquel milagro griego, como lo definía Ingres, permaneció para el cristiano englobado en su horizonte cultural. El cristianismo no apareció en la historia como una ideología, ya que respondía a las cuestiones fundamentales del hombre, a sus ansias de verdad. En Europa el cristianismo siempre tuvo capacidad de unión, pero sin ser totalizante, sin uniformizar. Como dice Paul Poupard: "El cristianismo crea una comunidad de personas solidarias sin depersonalizarlas". Por eso los distintos países europeos están llamados a poner en común sus historias privadas. Las culturas nacionales son fuente de riqueza, prenda de la unidad fundamental y de la apertura a lo universal sólo en el caso de que entren al trapo del diálogo. Por eso, el nacionalismo lleva en sí el germen del fracaso si no se purifica de ese pecado intelectual que produce la ilusión de creerse los únicos en tener razón. Está claro que la Europa cultural es anterior a la política y económica, a pesar de que hoy parece que es el único centro de atención. Y nuestra cultura está marcada por el sentido de trascendencia de la persona humana. A pesar del totalitarismo nazi y comunista, el hombre europeo ha resistido por la fuerza de su conciencia moral y de su libertad espiritual. Los sistemas opresivos totalizantes intentaban transformar el alma de los pueblos de la Europa Central Oriental antes de extender su influencia al resto del mundo, quitando a los hombres y naciones toda referencia trascendente. Los totalitarismos fueron una bomba de goma-dos contra la cultura europea. Tras los destructivos conflictos que han ensangrentado la Europa del siglo XX, diversos países han tenido el valor de tomar el único camino susceptible de llevar a la paz y a la unidad: el perdón. Así, Francia y Alemania. Esta última y Polonia. La unión de Europa seguirá siendo una utopía mientras no se base en el perdón entre los pueblos. Incluso los progresos científicos tienen que estar bañados de referencia ética. Entre las cuestiones cruciales del pasado siglo, la del "sentido de todo lo que existe" ha adquirido una importancia creciente a medida que el vacío de las ideologías ha dejado al hombre privado de referencia, como el náufrago sin brújula agitado por la tempestad. Educación Por eso, una de las labores primordiales para la construcción de la verdadera Europa es la educación, y no se puede transmitir nada esencial de una generación a otra si ello no es primero recibido como el hogar de su propia libertad. Muchos árboles mueren carentes de raíces. Un bien cultural sólo es tal si se intercambia entre dos libertades. Y la libertad no es la capacidad de decidir o disponer de uno mismo, sino un compromiso de una conciencia ante aquello que merece ser escogido y querido. Un educador es alguien que hace caminar del pasado hacia el futuro, de las raíces a los proyectos. Europa tiene el privilegio de una prodigiosa diversidad de instituciones educativas, desde las academias antiguas a las escuelas monásticas, desde las facultades medievales a las universidades de la Europa de las Luces, de la escuela catedral a la escuela laica. En esto radica incluso su fecundidad cultural: esta multiplicidad ha salvaguardado una relación abierta de Europa con su propio pasado y con su futuro y nos ha preservado de ceder a las tentaciones de los guetos. Las herencias culturales no se conservan tanto en los museos y las bibliotecas cuanto en las instituciones educativas. Son las piedras angulares de un futuro sensato. Por eso, antes que manejar sabiamente el euro, lo más urgente es restaurar la trama de la transmisión cultural, en palabras de Solzhenitsin: "es la hora urgente de sembrar lo que crece lentamente". Y es urgente que muchos países que pertenecían al círculo infernal del totalitarismo del Este entren en la gran casa europea. La filosofía europea La filosofía europea ha comprendido al hombre como una persona, como alguien no como algo, como un ser corporal pero que supera al mundo por el pensamiento, que decide y elige su vida - como arqueros que buscan un blanco, dice Aristóteles - que es libre, que puede ser feliz o desgraciado, que puede alcanzar el conocimiento de Dios, que desea vivir después de la muerte, siempre, incluso si no puede tener la certeza de ello. Y esa idea única del hombre como ser único e irreemplazable se la debemos a una serie de eslabones: Sócrates, Platón, Aristóteles, San Agustín, Santo Tomás, Descartes, Leibniz, Newton, Kant, Bergson, Ortega... Hay que volver en Europa a una filosofía sobre el hombre, aunque el horizonte público de la filosofía (el que ocupa el mayor espacio en los congresos, las cátedras, las revistas y los encuentros) consista en olvidar el pensamiento más creador del siglo XX, obviando las cuestiones decisivas y radicales a las que la filosofía nunca puede renunciar. Arturo Martínez Blanco
|