Número 29, febrero 2002

No ha sido fácil sustraerse a la tendencia editorial de poner un título de carácter informativo a esta, permítaseme la calificación, primera antología aproximativa a la condena del terrorismo de ETA por parte de la Iglesia, de la Iglesia que somos todos, no sólo la denominada jerarquía católica. Si de otros influjos nos hubiéramos llevado, el libro se hubiera podido titular quizá con las palabras del obispo de la diócesis de Logroño que dijo, en el funeral de Miguel Ángel Blanco, aquello de que "Caín se llama hoy ETA"; o las del entonces obispo de Málaga, monseñor Ramón Buxarráis, allá por los primeros años ochenta, que decía que "vuestras bombas estallan contra los pobres"; o las palabras del cardenal Tarancón, en la inauguración de la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, en 1978, cuando afirmaba que "no son cristianos quienes provocan o manipulan la sangre de las víctimas inocentes"... y así un sinfín de buenos titulares periodísticos que cada obispo, en cada diócesis nos ofrece en este libro.

Después de haber seleccionado, qué más dan las cifras en una antología, cerca de 480 referencias textuales explícitas de condena del terrorismo de ETA por parte de la Iglesia, que abarcan desde el primer atentado del 7 de junio de 1968 hasta el último, uno descubre un nuevo horizonte argumentativo, quizá poco o nada conocido por la opinión pública española: el horizonte de condena específicamente religioso, cristiano, católico, universal, que va más allá de los límites de la condena ética, que la asume y la trasiende, pero que se muestra en la especificidad de lo que significa la luz del hecho histórico de la proclamación del Evangelio de la vida.

No ha sido fácil el trabajo recopilatorio de este libro-antología. Las fuentes públicas son escasas y no están muy ordenadas, ni mucho menos informatizadas. Los boletines oficiales de las instituciones católicas y de las diócesis ofrecen un material imprescindible pero muchas veces no suficiente. Muestra de lo que acabo de decir es que a una semana y media de la aparición del libro tengo ya en mis manos dos importantes homilías de dos obispos, en dos pequeñas diócesis españolas, Huesca y Ávila, que dormían el sueño de la historia que se escribiría más adelante. El máximo imponderable en la preparación y realización de este libro ha sido la serpiente venenosa del tiempo récord. Un tiempo para hacer justicia; un tiempo para presentar una imagen distinta y distante de cuál había sido la condena, y el argumentario de la condena, de la Iglesia ante el terrorismo de ETA. Había que ofrecer una visión general, una visión global no circunscrita a una serie de diócesis más o menos implicadas, o a una serie de obispos más o menos polémicos. El descubrimiento de esta condena ha sido polifónico, en diversos movimientos, con variados géneros, siempre polifónico en lo sustancial y complementario en lo accidental.

Y si de sorpresas hablamos, no quisiera olvidar una muy importante: la homilía del predecesor de monseñor Setién en la diócesis de San Sebastián, monseñor Jacinto Argaya, quien en el funeral del presidente de la diputación de Guipúzcoa, don Juan María Araluce, un 5 de octubre de 1976, ofreció su vida como víctima expiatoria para que acabe el terrorismo. El texto dice así: "Me considero, soy me siento, padre de toda la diócesis. La conozco perfectamente. La quiero de todo corazón. No he logrado la paz en la familia. Veo, por el contrario, que mis hijos se combaten, se odian y se matan. ¿Cabe mayor pena para un padre? ¿Cabe mayor decepción paternal y pastoral para un obispo? En Aránzazu dije y ahora lo repito, consciente de la responsabilidad de mis palabras: si es necesario "que alguno muera por el pueblo", yo, Señor, ofrezco mi vida por Guipúzcoa, yo ofrezco mi muerte, sea la que sea, la que mandéis: natural o violenta; en el lecho o en la calle. Yo me ofrezco, con toda generosidad y verdad, como víctima de expiación. Acepta, Señor, por favor, mi ofrecimiento. Pero que mi muerte sea la última".

La condena de la Iglesia del terrorismo de ETA no se puede leer aislada de los acontecimientos históricos. Son ya muchos los años de presencia de la banda terrorista en nuestro país. Al margen de una diferente y evolucionada explicitación de los argumentos de condena, siempre ha estado presente el compás de que ninguna idea o ideología, ningún proyecto político o social, ninguna defensa de intereses, derechos o supuestos derechos de ningún colectivo, justifican la violencia, el asesinato. El magisterio de los pontífices, que por otra parte ha actuado como foco iluminador de muchas acciones y reacciones de condena, ha sido clarificador a este respecto: "El terrorismo es enemigo de la humanidad".

No quisiera terminar sin hacer una referencia a la autocrítica, también necesaria a la luz de la historia leída desde la petición de perdón propuesta por Juan Pablo II en el marco del Jubileo del año 2000, del que también, por qué no pensarlo así, es fruto este libro. Como ya escribió en su día uno de los más destacados teólogos de nuestra tierra, el padre Juan Antonio Martínez Camino: "Un repaso somero de la historia de ETA muestra que tal vez ninguna otra institución ha juzgado y condenado públicamente de un modo tan coherente y constante la trayectoria criminal como la Iglesia católica. No ha habido acomodación ninguna ni a la naturaleza del sistema ni al color de los Gobiernos: en todo tiempo, con los últimos gabinetes de Franco, con los de centro, con los socialistas o los populares, los obispos han dicho siempre que el terrorismo es intrínsecamente perverso". Otra cosa son las imprudencias pastorales, de las que se dan cuenta también en este libro, especialmente en su capítulo quinto, en algunos destacados editoriales de la revista Ecclesia.

Parafraseando al Zola del famoso affaire Dreyfus, "¡La Verdad! Nada puede vencerla; es indomable e inexpugnable, y surgirá con más fuerza aún del silencio en que intentan encerrarnos".

José Francisco Serrano


Cuando los Órganos competentes de la Conferencia Episcopal Española reiteran que la condena del terrorismo por parte de los obispos en España ha sido una constante en su proclamación del Evangelio de la vida, no están sólo construyendo una fórmula retórica de efecto público. La condena del terrorismo por parte de la Iglesia en España, en todos los lugares de la geografía y en todas las épocas de la terrible historia del fenómeno de ETA, es unánime en sus argumentos y en sus formulaciones. Un detallado análisis de contenido de estas condenas, tal como aparece en la Iglesia frente al terrorismo de ETA, nos muestra cómo la argumentación de los textos pertenece a la más pura originaria tradición de la Iglesia, la que nace de la Palabra de Dios, hecha vida en la existencia diaria de la comunidad de los fieles.

La Iglesia, en ningún momento, ha vivido al margen del fenómeno del terrorismo, ni se ha establecido en la ingenuidad de un ocultamiento de las causas y de los efectos que esta dramática realidad social ha generado en los últimos treinta y tres años de la historia de España. Lo que significa la amenaza del terrorismo es síntoma de las desviaciones profundas del corazón del hombre. Existe una mirada de la realidad propia de la Iglesia, que es la que se refleja en este libro; una mirada que supera los límites de un análisis sociológico, político o/y cultural de este fenómeno, siempre dependiente de los procesos metodológicos adoptados y de objetivos parciales.

Este libro tiene muy presente el contexto de la historia de España contemporánea y, de la historia de la Iglesia. Descubre cómo en los distintos períodos de máxima actuación de la banda terrorista hay una respuesta de condena del fenómeno de ETA en los términos y en el lenguaje propio de la Iglesia. Con la peculiaridad de que la palabra de la Iglesia sobre la condena de ETA y el fin de la violencia es una palabra cargada de esperanza con la que se ha querido evitar que existiese una dicotomía, una disfunción, entre la palabra pública de la Iglesia y la actuación de la Iglesia.

Es de destacar que esta publicación muestra con toda claridad que las condenas de la Conferencia Episcopal Española no son sólo coyunturales, de pasada; sino que se inscriben en textos de muy rotundo calado, o por su temática o/y por la instancia que las enuncia. Un ejemplo es la permanente referencia en los discursos de inauguración de las Asambleas Plenarias.

No se puede olvidar que este libro es una selección de textos. Si se recogieran y ordenaran todos los documentos de condena, emanados de los distintos organismos de la Conferencia Episcopal Española y, no digamos, de los obispos españoles en particular, habría que hacer una colección de muchos volúmenes. Máxime cuando esta doctrina moral sobre el terrorismo de ETA, clara e inequívoca, se inscribe dentro de un proceso más amplio de predicación y de educación en la fe.

Habría que reconocer, en especial, la reiterada continuada condena de la violencia terrorista por parte de los obispos en el País Vasco, sin excepciones. Una condena que tiene su expresión más señera en el ofrecimiento, como víctima propiciatoria para que se acabe el terrorismo, del obispo de San Sebastián, monseñor Jacinto Argaya, el 5 de octubre de 1976, en la homilía del funeral del presidente de la Diputación de Guipúzcoa, don Juan María Araluce.

Estoy seguro que con este libro la Biblioteca de Autores Cristianos prestará un inestimable servicio no sólo a los católicos, sino a todos los hombres de buena voluntad.

Antonio Mª Rouco Varela
Cardenal- Arzobispo de Madrid
Presidente de la Conferencia Episcopal Española