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Después de haber seleccionado, qué más dan las cifras en una antología, cerca de 480 referencias textuales explícitas de condena del terrorismo de ETA por parte de la Iglesia, que abarcan desde el primer atentado del 7 de junio de 1968 hasta el último, uno descubre un nuevo horizonte argumentativo, quizá poco o nada conocido por la opinión pública española: el horizonte de condena específicamente religioso, cristiano, católico, universal, que va más allá de los límites de la condena ética, que la asume y la trasiende, pero que se muestra en la especificidad de lo que significa la luz del hecho histórico de la proclamación del Evangelio de la vida.
Y si de sorpresas hablamos, no quisiera olvidar una muy importante: la homilía del predecesor de monseñor Setién en la diócesis de San Sebastián, monseñor Jacinto Argaya, quien en el funeral del presidente de la diputación de Guipúzcoa, don Juan María Araluce, un 5 de octubre de 1976, ofreció su vida como víctima expiatoria para que acabe el terrorismo. El texto dice así: "Me considero, soy me siento, padre de toda la diócesis. La conozco perfectamente. La quiero de todo corazón. No he logrado la paz en la familia. Veo, por el contrario, que mis hijos se combaten, se odian y se matan. ¿Cabe mayor pena para un padre? ¿Cabe mayor decepción paternal y pastoral para un obispo? En Aránzazu dije y ahora lo repito, consciente de la responsabilidad de mis palabras: si es necesario "que alguno muera por el pueblo", yo, Señor, ofrezco mi vida por Guipúzcoa, yo ofrezco mi muerte, sea la que sea, la que mandéis: natural o violenta; en el lecho o en la calle. Yo me ofrezco, con toda generosidad y verdad, como víctima de expiación. Acepta, Señor, por favor, mi ofrecimiento. Pero que mi muerte sea la última".
No quisiera terminar sin hacer una referencia a la autocrítica, también necesaria a la luz de la historia leída desde la petición de perdón propuesta por Juan Pablo II en el marco del Jubileo del año 2000, del que también, por qué no pensarlo así, es fruto este libro. Como ya escribió en su día uno de los más destacados teólogos de nuestra tierra, el padre Juan Antonio Martínez Camino: "Un repaso somero de la historia de ETA muestra que tal vez ninguna otra institución ha juzgado y condenado públicamente de un modo tan coherente y constante la trayectoria criminal como la Iglesia católica. No ha habido acomodación ninguna ni a la naturaleza del sistema ni al color de los Gobiernos: en todo tiempo, con los últimos gabinetes de Franco, con los de centro, con los socialistas o los populares, los obispos han dicho siempre que el terrorismo es intrínsecamente perverso". Otra cosa son las imprudencias pastorales, de las que se dan cuenta también en este libro, especialmente en su capítulo quinto, en algunos destacados editoriales de la revista Ecclesia. Parafraseando al Zola del famoso affaire Dreyfus, "¡La Verdad! Nada puede vencerla; es indomable e inexpugnable, y surgirá con más fuerza aún del silencio en que intentan encerrarnos". José Francisco Serrano |
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La Iglesia, en ningún momento, ha vivido al margen del fenómeno del terrorismo, ni se ha establecido en la ingenuidad de un ocultamiento de las causas y de los efectos que esta dramática realidad social ha generado en los últimos treinta y tres años de la historia de España. Lo que significa la amenaza del terrorismo es síntoma de las desviaciones profundas del corazón del hombre. Existe una mirada de la realidad propia de la Iglesia, que es la que se refleja en este libro; una mirada que supera los límites de un análisis sociológico, político o/y cultural de este fenómeno, siempre dependiente de los procesos metodológicos adoptados y de objetivos parciales. Este libro tiene muy presente el contexto de la historia de España contemporánea y, de la historia de la Iglesia. Descubre cómo en los distintos períodos de máxima actuación de la banda terrorista hay una respuesta de condena del fenómeno de ETA en los términos y en el lenguaje propio de la Iglesia. Con la peculiaridad de que la palabra de la Iglesia sobre la condena de ETA y el fin de la violencia es una palabra cargada de esperanza con la que se ha querido evitar que existiese una dicotomía, una disfunción, entre la palabra pública de la Iglesia y la actuación de la Iglesia. Es de destacar que esta publicación muestra con toda claridad que las condenas de la Conferencia Episcopal Española no son sólo No se puede olvidar que este libro es una selección de textos. Si se recogieran y ordenaran todos los documentos de condena, emanados de los distintos organismos de la Conferencia Episcopal Española y, no digamos, de los obispos españoles en particular, habría que hacer una colección de muchos volúmenes. Máxime cuando esta doctrina moral sobre el terrorismo de ETA, clara e inequívoca, se inscribe dentro de un proceso más amplio de predicación y de educación en la fe. Habría que reconocer, en especial, la reiterada continuada condena de la violencia terrorista por parte de los obispos en el País Vasco, sin excepciones. Una condena que tiene su expresión más señera en el ofrecimiento, como víctima propiciatoria para que se acabe el terrorismo, del obispo de San Sebastián, monseñor Jacinto Argaya, el 5 de octubre de 1976, en la homilía del funeral del presidente de la Diputación de Guipúzcoa, don Juan María Araluce. Estoy seguro que con este libro la Biblioteca de Autores Cristianos prestará un inestimable servicio no sólo a los católicos, sino a todos los hombres de buena voluntad. Antonio Mª Rouco Varela |