Número 29, febrero 2002

"Back to the Future": sólo con escuchar esta expresión, los jóvenes norteamericanos del año 1985 sabían que se estaba hablando de la interesante película, dirigida por Robert Zemeckis, en la que se abordaba el problema del tiempo.

El argumento de la cinta nos presenta al intrépido Martin McFly, un joven que tiene en su amigo, el chiflado Dr. Emmett Brown, a su principal valedor. Un día, al no encontrarlo en su laboratorio se teme algo grave..., y más cuando descubre que es el responsable del robo de un cargamento nuclear que debía entregar a un grupo guerrillero libio.

Martin consigue volver a ver a Brown, pero sólo una vez, ya que es asesinado. De este modo, su única escapatoria consiste en viajar en el tiempo, en un vehículo especialmente diseñado para ello. Así, sin saber muy bien cómo, Martin finaliza su aventura allá en los años 50, en los orígenes del Rock and Roll, época en la que conoce a quienes serán su padre y su madre... y donde descubre, además, que si ellos no inician una relación seria, ¡él puede que nunca llegue a existir!

Regresar al futuro, lo miremos por donde lo miremos, no deja de ser un imposible metafísico. Sin embargo, la pasión que tras este viaje se esconde, se puede encontrar en otro no menos apasionante: aquél que trata de acometer el pasado. Y me explico; conviene volver al pasado para recuperar de "aquel lugar" todo lo que hemos olvidado y que, sin embargo, es tan inmortal como necesario para una vida humana. El viaje al "pasado" busca "recuperar el imperio perdido".

Así, la aventura que ahora se plantea, no es menos apasionante que la producida por Steven Spielberg. Es la aventura de quien quiere, no "regresar al futuro", sino "avanzar hasta el pasado".

Si regresáramos hacia el pasado podríamos recuperar para el futuro piedras tan preciosas como el asombro ante la naturaleza, el encuentro con el misterio de Dios, la fundamentación trascendente de la dignidad humana, el desciframiento del origen del hombre, la conciencia de creaturalidad, etc.