Número 31, abril 2002

En un Madrid donde los raíles de hierro, escoltados por adoquines de granito sin pulir, marcaban el camino de regreso, siempre de regreso y nunca de escapada, con el dulce traqueteo del tranvía, que nunca parecía tener prisa. Donde los serenos, siempre gallegos, asomaban con las primeras sombras del atardecer, estaba el cine como única salida a los sueños. Y en las tardes de invierno, como único refugio del frío.

Era entonces cuando el viejo escritor se volcaba sobre sus cuartillas, armado hasta los dientes con su afilada pluma, viendo correr el día a través de la ventana. Tenía que terminar su página si quería ir al cine. Ese era el trabajo que se impuso, todos los días, uno tras otro, para poder salir de casa con la condicional. Casi daba lo mismo una película que otra, un cine que otro. Madrid tenía un cine en cada esquina, y el viejo escritor los conocía todos y, todos le conocían a él.

Tras de sí, se cerraba suavemente la puerta del segundo piso, puerta izquierda y por su calle, de Zorrilla, también con nombre de literatura de otro tiempo, se le veía cruzar el enorme portal de madera, apoyado sobre el bastón negro, cubierto por un sombrero gris de media ala y envuelto en un abrigo de paño casi almidonado. De rostro enjuto, labios de tan fino, inexistentes, y mirada cansada, subía o bajaba el viejo escritor hacia algún cine de sesión continua. Cualquier tela blanca era buena para hacer volar la imaginación y dejarse llevar por los mares del Sur de la mano de Clark Gable o Gary Cooper. Y aunque sabía que desde hacía tiempo, jamás le cobraban para entrar en cualquier sala de Madrid, el viejo escritor siempre pasaba por la taquilla, aunque sólo fuera para dar las buenas tardes.

Era aquel, un tiempo de cines y películas. Cines de barrio con programa doble, donde se reunían los vecinos por "una cincuenta", donde el sonido mecánico y machacón del proyector era parte de la banda sonora y el duro papel de estraza gris envolvía el bocadillo de la cena. Era allí donde al viejo escritor le gustaba pasar las tardes, rodeado de la gente que no se queja sin razón. Nunca en los cines de estreno y demasiado refinados de la Gran Vía, donde la entrada costaba el doble y sólo pasaban una película, donde la gente no se conocía y se miraba con la desconfianza de un forastero, sin más dialogo que un cumplido gesto.

Al terminar, luz anaranjada en el patio de butacas y comentario general, acomodador que revisa los asientos en busca de algún céntimo fugado por el roto de un bolsillo, rara vez hay suerte. El viejo escritor recoge su sombrero, su abrigo y su bastón, y saluda a la gente que lo saluda. Piensa en los actores, para él las películas son los actores. Tal vez mañana escriba algo sobre ellos, quién lo sabe.

- Maestro, mañana echamos una de Jon Baine y otra de Sarita Montiel - le dice la taquillera mientras le ayuda a enfundarse en el abrigo color canela.

- Aquí estaré - responde él, tocando el ala de su sombrero mientras comienza a andar.

Las películas no duraban ni dos días en los cines de barrio, las latas pasaban rápidamente de una sala a otra, cada vez más mutiladas por los empalmes y desempalmes que los proyeccionistas tenían que hacer cada noche, a base de acetato y paciencia. Por el camino se iban perdiendo, primero fotogramas, luego planos, más tarde escenas enteras. Pero eso daba un poco igual, los besos ya estaban cortados de antemano, y además era difícil no ver varias veces la misma película en un programa doble, donde las latas se iban cruzando como en una trenza.

El viejo escritor caminaba lento hacia su casa, en otro tiempo se hubiera detenido en Gijón o el Lyon, para tomar un último café antes de meterse en la cama, y charlar con amigos de letras y generación. Echaba de menos a Baroja, a Valle, a Machado. Algunos ya no estaban, otros como si no. Era el último clásico, un clásico al que aún le quedaban cosas por publicar, al menos una hoja al día hasta que no pudiera sostener la pluma.

Los cines, a esas horas, también echaban sus escandalosos cierres de tijera, dejando tras ellos las fotografías y carteles de la sesión del día siguiente. Nuevas historias, que ya no eran de estreno, pero que todos esperaban con ansiedad, para poder soñar con el peinado de Doris Day, o compartir pista con Fred Astaire.

Pero poco a poco aquellos cierres, no se abrieron al día siguiente, y los barrios se quedaron sin su cine a cambio de un banco, que ya no les hacía soñar.

El Ave María, el Odeón, el San Carlos, el Lavapies, San Cayetano, Liceo, Progreso, Kursal, Falla, San Ignacio, San Remo, Consulado, Mónaco, Alvi, Fátima, Marvi, Lennx... nombres perdidos en el laberinto de la memoria, pero que fueron refugio de ilusiones y escondite de una época donde ninguna película podía escapar ni a la tijera ni al NODO.

A la noche, el viejo escritor de mirada triste se acostaba cada vez más cansado, pensando en lo que escribiría a la mañana. Leía en el ABC lo que había escrito el día anterior. Algunas veces sobre el cinematógrafo, otras, simplemente sobre las cosas de la vida. Y una mañana de 1967 dejó de escribir, dejó de ir al cine. Pero siempre, al final, su firma. Azorín.

Texto: José Cabanach
Fotos: Colección José Martín Barcia