Número 31, abril 2002

Se terminó la Cumbre de Barcelona. Una de las cosas que más me ha chocado ha sido el descaro de los países del Consejo de Europa a la hora de exigir niveles económicos, políticos y sociales a los candidatos del Este para formar parte de la Unión. Hombre, muchos de ellos no tienen ni tradiciones ni estructuras democráticas consolidadas... ¡y les estamos pidiendo el oro y el moro! ¿Por qué sólo se piensa en el dinero cuando nuestra labor tendría que ser la de una solidaridad tomada en serio? El presidente del Parlamento Europeo, Pat Cox, fue muy sensato cuando en el discurso de apertura dijo que la aritmética es una parte del aceite que engrasa la maquinaria, pero los puntos esenciales son mucho más importantes y suponen un desafío mucho más serio. Pues sí.

Irene Prieto Trincado


La noticia del asesinato del arzobispo de Cali muestra hasta qué punto la sociedad colombiana está secuestrada por la gente del horror. El arzobispo se mojó hasta los tuétanos en denunciar las consabidas conexiones del tráfico de droga y la guerrilla, y las no menos execrables relaciones entre el gobierno y los narcos. En este mundo que nos ha tocado vivir no hay espacio para la denuncia, al que se sale del corifeo de los que no hacen daño se le cortan las alas. La Iglesia está mostrando una actitud valiente no sólo en Latinoamérica sino también en otros rincones del planeta, como en el Sudeste Asiático y en infinidad de países africanos, pero las noticias sólo llueven cuando son titulares de periódicos.

Carlos Jiménez Butler


Si hablamos estos días de integración, uno de los ejemplos más claros de "acostumbramiento" a nuestro pueblo y plena incorporación a él es el del pintor napolitano Lucas Jordán. Estuve hace poco en la exposición del Palacio Real y me pareció increíble. No estoy muy de acuerdo con esto de las exposiciones itinerantes, que sacan los cuadros de sus casillas, trayéndolos de distintos rincones del globo, con la posibilidad de que se estropeen. Lo bueno de Lucas Jordán es que tenemos mucho en Madrid para disfrutarlo, en el Museo del Prado, en el Casón del Buen Retiro, en la iglesia de San Antonio de los Portugueses, en el Monasterio de El Escorial... Desde luego era el Mozart de la pintura, bien se mereció el apodo de "el rápido", se ventilaba los cuadros en dos pinceladas pero dejaba en ellos toda una tralla de espiritualidad y humanidad.

Dolores Ortiz