Número 31, abril 2002


SUSANNA Y LA POSIBILIDAD DE DIOS

Susanna Tamaro se lo ha puesto francamente difícil a los lectores de novelitas rosas con sus últimas y desgarradoras historias, tres para ser exactos, a cual más durilla. Claudio Magris, parafraseando a Pavese, decía que la literatura de buenas intenciones era un camelo, que la gente estaba hartita de ensaladas de cositas bellas, de encuentros hechizantes y frases lindísimas pero huecas, de guiones tipo La casa de la pradera y otras hierbas, literatura que se acerca menos a la realidad que un discurso solidario del FMI. La Tamaro lucha en cada nueva entrega de ficción con la tentación de mostrarnos que la vida es una pista de patinaje para adolescentes.

"Respóndeme" es una provocación. En las tres historias propuestas, su autora quiere hablarnos, en un lenguaje de operación a corazón abierto, de esa posibilidad que tiene el hombre de ser capaz de Dios, de ser capaz de entender los meandros cotidianos de la trascendencia para hacerse tan inmediato como el último trabajo de Ismael Serrano. Y lo hace evitando el halo de facilidades que otorgan las apariciones, locuciones, iluminaciones y resplandores de ángeles de cartulina. De hecho, la protagonista de la primera historia es la hija de una prostituta que recibe todos los palos del mundo, incluidos los de la gente a quien se le pide un mínimo de cordura. Una chiquilla marcada por un lastre tan de mil demonios que vive en un desamparo inconsolable. Nadie le puede explicar lo que es el amor porque no lo ha visto, y se pregunta a diario por él, pero las respuestas nunca llegan. Un día conoce (sé que estoy destripando la historia, pero qué se le va a hacer, cosa de las buenas narraciones) a la persona equivocada, sin embargo despierta en ella (su nombre es Rosa) el amor tan ansiado. Vivía en una ciénaga de dolor y desesperación y de repente... la luz. "La fermentación de la ciénaga había producido alguna forma de energía. ¿Acaso no ocurrió lo mismo en los orígenes del mundo? En las pozas sin oxígeno los aminoácidos enloquecieron y dieron lugar a la vida. No enloquecieron solos sino con la ayuda de un rayo. Un rayo caído en el agua que produjo el cortocircuito". Pero ya digo, da con la persona equivocada. A pesar del pesar dramático del encuentro, Rosa aprende lo que es el amor: "darse al otro sin posibilidad de defenderse", un gran principio para estrellarse en una persona tan inapropiada.

Y es entonces, en mitad de una debilidad marchita por las nuevas coces, cuando a nuestra protagonista le vienen las ganas de rezar. Pero no lo hace por desesperación, ni por la urgencia en buscarse una tabla de salvación (como el que pilla el éxtasis para sobrevivir a una noche de fárragos) o de proyectar en Dios, a lo Feuerbach, lo que en ella echa de menos. La apertura de Rosa es consciente y luminosa como una manzana golden. Sabe que sólo la desnudez absoluta es el principio del encuentro con Dios y así se siente ella, estúpida, débil. Tras su apertura a la trascendencia, a Rosa no le sobrevienen las músicas celestiales, ni los regalos, ni las mercedes, sino una definición de lo que es el ser humano y una propuesta de cambio. El monólogo es potente. "Venimos al mundo y somos el himno mismo de la precariedad. Basta un virus un poco arrogante, un golpe ligero en la nuca para que nos deslicemos a la otra parte. Somos un himno a la precariedad y una invitación al mal. ¿Por qué es posible decir: Te mato y no es posible decir Te devuelvo la vida? La vida nació antes que el hombre, y ningún hombre es capaz, con su sola voluntad, de crear la vida. ¡Muere!, podemos gritar, pero no: ¡Vive! ¿Por qué? ¿Qué se esconde en este misterio?". En el texto de Tamaro la voz de Dios se filtra en el burbujeo de sus pensamientos y es menos elocuente que los primeros gimoteos de un perrillo, sin embargo, la ha situado definitivamente en un mundo en el que no puede optar exclusivamente por impartir la cátedra de la desesperación y del mal. Por eso no confía tanto en el uso de su voluntad como punto de arranque vital, cuanto en la confrontación de su vida con ese atisbo de trascendencia que se le ha puesto muy cerca. Así, tras las durezas verbales de Susanna Tamaro aparece siempre ese hombre/mujer capaz de Dios.