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En Europa sigue fumando todo el mundo. Cuando esperan en un café de París, cuando están nerviosos, cuando tienen una entrevista de trabajo... cuando lo que sea. Incluso cuando buscan desesperados las llaves del coche en el bolso, porque en las películas europeas los coches aparcados cerca del Sacré-Coeur están cerrados con llave, no como en la 5ª Avenida, que solo tienen que abrir la puerta y arrancar, excepto eso sí, cuando el más despiadado de los asesinos les persigue. Entonces, y sólo entonces, tienen el coche cerrado a cal y canto. Aunque en el último momento logran arrancar quemando rueda - también son ganas -, saltan chispas de los bajos, se chocan con una pila de cajas vacías y pierden un tapacubos al doblar la esquina, en la que además, de repente, ya no pasa nadie por la calle. En Europa aún se guardan cosas en las cajas y se conservan los barrenderos, los carteros y las señoras con perrito al doblar la esquina, no como en las películas americanas, que ya no sacan los perritos a pasear. Claro, eso debe ser, porque el perro se las apaña solo, ya que le dejan las luces encendidas durante todo el día, y no como en Europa, que se toman la incomoda molestia de encender cada vez que llegan de la calle. También es cierto que aquí las puertas son blindadas y con dos vueltas de llave al cerrojo, cosa que en América es totalmente innecesaria, basta con cerrojín o una cadenilla. De todas formas, es suficiente con la patada de un tísico para tirarla abajo. Seamos serios, es cierto que el cine es el arte de hacer real lo irreal, pero para convencernos de la mentira que suponen veinticuatro fotografías por segundo, muchas veces necesitamos sentirnos identificados con esas cosas que nos son tan cotidianas. Y son esos pequeños detalles del cine europeo los que lo están haciendo más grande. La vanidad del cine americano lo está echando a perder, creyendo que nos pueden hacer tragar cualquier cosa. Es cierto que el lenguaje cinematográfico lo inventaron ellos, pero cada vez me resulta más difícil creer en una película en la que no hay perritos por las calles, los coches están abiertos, las puertas se abren a patadas, las luces de las casas están encendidas todo el día y sólo fuman los malos. José Cabanach |