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Oti Rodríguez Marchante A pesar de (o tal vez, gracias a) su cara de mango de paraguas, Billy Bob Thornton es el modelo clásico de actor que absorbe egoístamente todo el interés de una escena, para desesperación de los otros actores que la comparten con él y que quedan reducidos a un elemento más del atrezzo o del mobiliario. No necesita el señor Thornton más cosa que su presencia, ni un aspaviento, ni siquiera un gesto (a su cara de mango de paraguas, le une su expresión de pomo de puerta), para ser el centro del plano. Dos películas actuales atestiguan este imperio de Billy Bob Thornton en el peso de la escena, Monster's Ball, terrible historia de carceleros pegados al fondo de sus existencias requemadas y ennegrecidas como el culo de un cueceleches, y The man who wasn't there, la última e hipnótica película de los hermanos Coen en la que interpreta a un barbero lacónico y con el mismo corte de cara que un Humphrey Bogart trajeado de saldo, con 39 de fiebre y unas paperas de exposición. A su absoluto control de él mismo y sus alrededores, este tipo con nombre de alguien que pasa por la acera de enfrente en un pueblo de Arkansas ("¡Eh!..., Billy Bob"), une otra cualidad misteriosamente contradictoria: la de que nadie re |